Narraciones del exilio venezolano

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Debido a la inmensa crisis humanitaria que vive Venezuela, muchos de sus habitantes han tenido que renunciar a seguir viviendo en su tierra natal. Se han visto empujados hacia otras latitudes y con la vida en una maleta intentan superar esa realidad, pero sin poder desprenderse completamente de ella.

Recuerdo que, al inicio de este periplo que ha significado mi exilio particular, era difícil coincidir con venezolanos que fueran inmigrantes, más, ahora, ese acento dulce nos luce común fuera del país, ya que a lo largo de estos últimos cinco años «la salida» se ha incrementado exponencialmente, manejándose cifras que superan los 4 millones de personas que han decidido dejar su tierra para buscar la seguridad y la libertad lejos de ella. Está diáspora supera, por mucho, a los refugiados por las guerras en el Medio Oriente y muestra el drama de una sociedad venida a menos en muy pocos años.

Mis trayectos en taxi en pleno calor estival, particularmente intenso y húmedo en el sur de la Florida, han sido la localización perfecta para «entrevistar» informalmente a varios venezolanos que, gentilmente han compartido sus vivencias conmigo y me han permitido indagar en las razones de su partida de su casa, de su patria; todas esas personas que han huido de la represión, la cárcel, el hambre, la violencia y la desesperanza.

En el sur de este estado norteamericano confluyen diversas culturas con el denominador común de su latinidad, quizás por ello éste es el destino preferido para muchos de quienes han decidido echar raíces en el extranjero, en un país que, ciertamente, no nos resulta ajeno y se ha convertido en un refugio donde reinventarse. Me permito destacar de entre ellas tres historias que os narro a continuación. Sus nombres no son especialmente importantes e imposibles de mencionar cuando se huye de una tiranía, pero sí lo son sus vivencias… Solo espero que ojalá estas líneas sirvan de voz a cada uno de quienes me han confiado su realidad, ojalá lleguen a organismos que puedan realmente actuar para salvar una población que vive una crisis humanitaria sin precedentes en Hispanomérica.

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Solo 24 años y cientos de cicatrices.

Según las cifras oficiales, durante las manifestaciones del año 2014, fueron asesinados 43 jóvenes. Muy probablemente está cifra sea mayor de lo que se nos informa. Apresaron a más de 2000 personas, gran parte de ellas menores de edad que también fueron sometidos a graves torturas. Otros, con heridas importantes, tuvieron que huir a fuera del país. Este es el caso de uno de ellos, un estudiante universitario que fue herido gravemente en una de esas protestas, debiendo ser operado con carácter de urgencia y, aún convaleciente, tomó la decisión de salir unos meses de Venezuela, creyendo que con esto se salvaría de las garras del Régimen dictatorial de Maduro. Regresó meses más tarde y se encontró con la terrible realidad de que a sus padres les habían «expropiado» la hacienda y les habían dejado sin nada, sin medios económicos para vivir, mientras que él mismo se encontraba en la condición de «buscado por la justicia», por lo que pasaba a engrosar la enorme lista de perseguidos por el narcorégimen de Maduro. Salió del país por las peligrosas trochas que existen entre Venezuela y Colombia y, desde allí, llegó a los Estados Unidos. Actualmente trabajaba como conductor de Uber, lo que le permite mantenerse y pagar sus estudios de Ciencias Políticas, manteniendo permanentemente una idea fija, desde que llegó: recuperar la democracia en su tierra. En un corto trayecto de unos 17 minutos nos narró su huida, nos habló de su familia y de sus ilusiones. También me dejó está sentencia sobre Venezuela: «en el país existen ahora tres clases sociales: los muy ricos, entre los que se encuentran quienes siempre lo han sido y han tenido su dinero fuera, y los que se han llenado a costa de la revolución; los muy pobres, que cada vez son más; y aquella clase media ahora empobrecida que actualmente vive de las remesas de los que están en el exterior». Sin duda alguna, la mejor definición de nuestra sociedad en estos últimos años.

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«…pues yo era abogado, pero ahora conduzco un taxi.»

Entramos al estadio de los Marlin’s por el pasillo hecho por ese gran artista venezolano recientemente fallecido, Carlos Cruz Diez. Todo empezaba bien, y aunque el equipo no dio su mejor noche, gritamos y reímos, y aplaudimos a rabiar cuando salió a jugar el único venezolano del team mayamero. Luego del partido, llenos de emoción, mi hijo y yo nos desorientamos a la salida de un edificio construido cercano a la Pequeña Habana. Nos «rescató» un conductor de taxi, quien serena y educadamente nos comentaba que sería su última carrera del día. En seguida le capté el acento caraqueño y aunque él no daba con el mío, indudablemente mestizo, la conversación de forma rápida nos llevó al destino común a ambos: Venezuela. Cuando le pregunté qué hacía antes de llegar a la Florida, me contó que tenía una carrera exitosa de abogado con varios postgrados, uno de ellos en el propio Estados Unidos, hecho muchos años atrás. Me relató que antes de decidirse a salir del país le secuestraron a sus padres… uno de esos secuestros exprés que pueden durar un día y te vacían tus cuentas, sin garantía de que respetarán la vida de los secuestrados. Además, a su esposa y a él, les asaltaron varias veces, la última ocasión en su coche, en plena calle y a mano armada. Llevaba a su niño pequeño en el asiento de atrás. Fue la gota que derramó el vaso. No lo pensaron más. Lo dejaron todo y salieron con lo puesto. En los días que planificaban «la salida» sopesaron viajar a España, ya que al ser el hijo de españoles la vida en Europa les podría ser más fácil, pero el riesgo de vivir bajo un gobierno comunista con Podemos en el poder les hizo desestimar la tierra de sus ancestros. Comentaba que no deseaba por ningún motivo volver a vivir la destrucción de un país y plantearse, junto a su familia, un segundo exilio. Sí, Estados Unidos puede ser la tierra de las oportunidades, pero hay que trabajar muy duro para tener éxito, y nada lo garantiza. Aun así, es tierra de libertad y en eso, mi estimado abogado en su último trayecto del día, lo decía claramente. Pero aún retumba en mi mente su ceño fruncido y ese deje de amargura cuando respondió a mi pregunta sobre qué hacía él profesionalmente en Venezuela: «yo era abogado, me iba bien, nos iba muy bien…y ahora conduzco un taxi, pero vivimos seguros, mi hijo vive seguro y eso, eso no tiene precio».

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Con más de 50 años y a empezar de cero.

En el viaje al aeropuerto de Fort Lauderdale tuvimos la gran suerte de contar con un señor de formas correctas, cortés y muy simpático. El día acompañaba, con un sol hermoso y el cielo inmensamente azul, «caliente como Maracaibo», sentenció, riendo de buena gana.

Un señor entrado en canas, con tanta energía como la del joven de mi primera entrevista, pero que evidenciaba una sabiduría y experiencia que solo da una larga y provechosa vida. Le tocó empezar de cero cuando, en Venezuela, lo había tenido todo.

Después del referéndum revocatorio, en la Venezuela de Hugo Chávez, con motivo o sin él, los funcionarios del régimen se presentaban en las empresas, obligaban a bajar las persianas y colocaban una pegatina gigante con el rostro del «comandante eterno», y en mayúsculas aquella palabreja terrible: «EXPROPIADO». Esto condujo a la destrucción sistemática de la empresa privada y en consecuencia, al desabastecimiento hasta de los productos de la cesta básica alimentaria y al país a la miseria más absoluta.

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La expropiación era el modus operandi del régimen con el que intentaba tapar todas sus corruptelas. Los bienes, varias empresas, casas, propiedades, todo le fue «expropiado» a mi interlocutor y sin opción a defenderse. No había otro camino que el exilio, con más de cincuenta años a cuestas y muy pocos recursos en los bolsillos.

Hablando de la actualidad de Venezuela expresó su escepticismo sobre la situación política y económica del país, y la corrupción que ha ido minando todos los estratos de la sociedad. Sentenció que la oposición no es más que un brazo del chavismo, manteniendo el régimen, pues le conviene que éste perdure. Comentaba: «con ellos no vamos a salir adelante, no podemos salir porque son socialistas, es más de lo mismo. Y esto dentro y fuera de Venezuela».

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A todos les pregunté qué extrañaban de su vida antes de formar parte de la diáspora, y la respuesta se repetía en formatos diferentes. Con la emoción en el alma, enfáticamente, decían que lo extrañaban todo: la luz, los paisajes, los olores, la familia, los amigos… ; pero no, no echan de menos, ninguno de ellos, la Venezuela actual. Uno comentó: «extraño aquella Venezuela donde nací y me crié, donde estudie con libertad, pero ese país no existe».

Me quedé con sus historias y sus rostros, sus sonrisas y el trato amable. Agradezco infinitamente su cercanía y que me hayan confiado una parte de lo que son.

¿Compensa el desarraigo? Definitivamente no. El venezolano vive un duelo eterno, por lo que pudo haber sido y no fue ni será. Vive con un cordón umbilical que le mantiene unido a su patria, familia y amigos que sufren la falta de luz, comida, medicinas, la violencia en las calles, la inseguridad…, y sufre con un exilio que no resuelve su problema y que no termina de proporcionarle la estabilidad que tanto necesita, que tanto desea.

Carolina Rodríguez-Firma

Puedes seguir a Carolina en Twitter y también en su blog «Mi vida en una maleta» 

Otros artículos del Dossier Venezuela, de Carolina Rodríguez Cariño, publicados en los últimos meses por Ataraxia Magazine, por orden de aparición:

https://ataraxiamagazine.com/2018/12/01/venezuela-un-pais-en-la-memoria/

https://ataraxiamagazine.com/2019/01/01/de-la-luna-de-miel-a-la-represion/

https://ataraxiamagazine.com/2019/01/13/incertidumbre-en-venezuela/

https://ataraxiamagazine.com/2019/02/01/venezuela-cronologia-de-la-esperanza/

https://ataraxiamagazine.com/2019/03/11/venezuela-morir-en-la-oscuridad/

https://ataraxiamagazine.com/2019/04/04/instalando-el-socialismo/

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Carolina Rodríguez Cariño

Hispanovenezolana, con la suerte de nacer y crecer en la Venezuela democrática. Hija de padres docentes, quienes me han dejado como herencia valores, una formación y a creer, enseñar y practicar lo que se enseña. De niña fui testigo de los estudios de Maestría de mi papá y los de mi mamá, que les retomaba con 4 críos pequeños, lo que me permitió aplaudirle a rabiar con solo 10 años, mientras Ella subía al paraninfo universitario. Disfruté de mi casa con su “mata de mango”, de los juegos con mis 3 hermanos y muchos primos, el colegio y la universidad. Aunque en casa se hablaba de matemáticas y teniendo nutrida biblioteca de geografía e historia de mi papá, decidí que mi vida se imbuiría en las ciencias. Así que me gradué Médico Veterinario (UCLA-Venezuela), fui profesora e investigadora en la UCV durante 20 años, parte de los cuales los compartí con la Maestría y PhD en la UAB (mención Cum Laude y Premio Extraordinario de Doctorado). He sido profesora invitada en la UAB y la UdeC en Chile. Actualmente en España con marido e hijo, quereres compartidos y con Cuba entremedio; formando parte del grupo de patología de IDEXX laboratorios. 


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