El priapismo del fauno tractoriano

Publicidad La Vuelta al Año en 80 mundos.jpgFAUNO TRACTORIANOPlantilla Julio Murillo

Cuando el verano declina y los días empiezan a acortar de forma imperceptible, los sátiros y faunos —hijos legítimos o espurios de Pan y Dioniso— se sacuden la pereza, la modorra, la pegajosa galbana que es fruto de una calurosa canícula de copioso atiborre y consiguientes sesteos en el corazón de los bosques, en esos lugares frescos y apartados en los que ni las insaciables ninfas podrán, pese a su furor, perturbar su solaz.

Bostezan mientras se estiran y se rascan a placer las extremidades peludas, que en el caso de los sátiros griegos son de carnero, y en el caso de los sátiros romanos —mala copia de los helénicos—, de chivo de pelo hirsuto. Atusan con placer sus orejas puntiagudas y comprueban el estado de su cornamenta. Medio atontolinados enumeran mentalmente todo lo que tienen que hacer con evidente fastidio, porque les encanta haraganear como a todo bicho viviente, aunque rápidamente se animan al recordar que en breve deberán recolectar y pisar uvas al son de tamboriles, aulós, címbalos y flautas; trabajo divertido que invita al compadreo y que augura interminables y épicas borracheras, bacanales y orgías, etílicas y sexuales.

Los sátiros se parecen mucho entre sí, habiten en la longitud y la latitud en que habiten. Todos ellos son pícaros, perspicaces, recelosos, desconfiados; dicen ser alegres, festivos e inclusivos, aunque solo lo son en apariencia, porque todos ellos son unos bocazas cuyo sentido de la fraternidad y la generosidad termina allá donde deja de escucharse el badajo del cencerro de sus rebaños; es decir, son los precursores directos del célebre «campanilismo» —de campanario— que afectaba a los endogámicos Estados italianos durante el Renacimiento, donde uno que viviera a tan solo unos kilómetros de Florencia perjuraría hasta la muerte no haber oído jamás hablar de la capital de La Toscana, al igual que los galos de Astérix decían no tener ni  puñetera idea de por dónde quedaba la dichosa Alesia en la que César empotró a Vercingétorix y les dio «pal pelo» a todos. Por lo tanto, estos seres alfalfabéticos, peludos y epicúreos, medio humanos medio cabritos, o cabrones, son tremendamente territoriales y soportan mal las visitas de extraños, a los que acusan de venir con el malsano propósito de «mearse en sus sagrados pinos milenarios», o de ser unos bobalicones que babean cuando, embelesados, alaban —¡Oh, qué bonito es esto!— la belleza de la Arcadia feliz en la que habitan, y que ellos desean preservar a ultranza. Los sátiros son, por todo lo dicho, territoriales y endogámicos. De entre todas las ramas conocidas —corsos, padanos, bretones, flamencos, bávaros— los más herméticos, insolidarios, mezquinos y radicalmente independientes, son los sátiros vascos, y, aún en mayor medida, los catalanes, que poseen características muy singulares.

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El fauno vascuence cubre su cornamenta con Txapela, y el catalán, el denominado cabrito mayor tractoriano, lo hace con un ridículo gorrito frigio de color rojo. El primero, más bruto que un arado e impronta chulesca, elabora txacolí, mientras que el segundo enloquece macerando ratafía, que es un sucedáneo infame de la mítica ambrosía olímpica, pero de efectos igualmente devastadores. Cuando el fauno tractoriano trasiega ratafía en demasía se pone insoportablemente sentimental, y le da por cantar soporíferas melodías nacionales que resumen sus agravios, derrotas y odios viejos, lira en mano, tirando de un repertorio abominable, que incluye hits arcáicos como «La gallineta revolucionaria» o «El estacazo del fauno Siset». Con frecuencia, en sus peores curdas, le da por bailar en círculo druídico alrededor del dólmen de Vallgorguina la melopéyica danza conocida como «sardana sediciosa», que aburre hasta a las moscas y sume a todos los participantes en un sueño morféico irremediable.

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De todos modos, si algo distingue al sátiro autóctono catalán es su enconada defensa del derecho a decidir hacer lo que le pase por la entrepierna y el rabo, lo que implica patalear y berrear hasta el fin de los tiempos aunque no sirva de mucho. Este tipo de fauno considera que lleva siglos siendo objeto de robos, derrotas, agresiones, burlas y humillaciones por parte de sus vecinos, los temibles ñordos, y también de los tabarnianos, que son ñordos traidores, apestosos y violentos, pero de proximidad, porque se instalaron en su Arcadia feliz tiempo atrás y ya no hay quien los eche.

Por eso, a finales de verano, cuando despiertan de su letargo, o de sus aquelarres gastronómicos en Cadaqués, los faunos catalanes se empalman de inmediato; es decir, se ponen priápicos a tope, como es normal en todos los de su especie, pero en su caso mucho más, porque el vergajo del fauno catalán es, según se cuenta, arquetipo mítico por antonomasia; un ariete descomunal, en envergadura y extensión, capaz de derribar murallas, naciones opresoras y enemigos ancestrales. Arengados hasta el delirio por la Asamblea Nacional de Faunos Sediciosos, y por los Muy Honorables Líderes Cabritos y Cabrones —caldeando el ambiente desde las lóbregas mazmorras ñordas o desde el “exilio”— agarran sus banderas, sus hoces y sus carretas de bueyes con tracción a las cuatro ruedas y se plantan en la capital de Tractoria. Allí vociferarán a placer durante horas, hasta quedarse afónicos, amenazando con la guerra total, con la desobediencia, con la unilateralidad, jurando odio eterno y venganza, amenazando con liar la del Kraken, con o sin permiso de Poseidón.

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Y al final del día, como cada año y a la misma hora, los faunos catalanes regresarán a sus dominios comarcales, exultantes, convencidos de que la hora de su libertad está al caer, de que son los faunos elegidos por los dioses, de que son superiores a cualquier otro ser vivo, y de que el Olimpo entero les mira y se estremece ante su valor y osadía.

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No obstante, en las semanas siguientes, a medida en que se desinflen sus monstruosos vergajos, la sensación de euforia dará paso a un tremendo dolor testicular, aunque ellos no dirán nada al respecto, porque saben que deben sufrirlo como quien sufre almorranas en resignado silencio. Son conscientes, y la cosa viene de largo, de que cada once de septiembre, pase lo que pase, por mucha que sea la decepción posterior, por mucho que cunda el desánimo, por mucho que los líderes cabritos y cabrones les engañen, deben arrimar su vergajo, apuntando enhiesto y retador a lo alto del cielo, y participar en la gran erección nacional.

Aunque la cosa siempre acabe en gatillazo.   

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Autor- Julio MurilloImagen de cierre de artículos