Confesiones de un adicto a la tinta

Publicidad libro entrevistasPrueba nuevas cabecerasPlantilla Jorge R. Rueda

Escribir es como una droga, una adicción a la tinta, real o virtual. Cuanto más la consumes, más necesidad tienes de seguir haciéndolo. Y al igual que ocurre con las drogas, si intentas dejarlo, se apodera de ti una especie de inquietud, de desazón, de síndrome de abstinencia. La necesidad imperiosa de volver a juntar palabras y dar forma a una historia; de crear personajes, empatizar con ellos y sentirte como un Dios durante el proceso de manipular sus vidas: hacerlos sufrir, reír, sentir y, en muchos casos, usarlos como máscara tras la que escondernos y expresar nuestras ideas, amparados en la falsa sensación de seguridad que nos proporciona la creencia de que «todo parecido con la realidad es pura coincidencia».

Como con toda droga, conviene ser cauteloso y no abusar en exceso. Controlar su uso de manera responsable, a fin de evitar caer en la adicción. Lo sé por experiencia, aunque tengo que admitir que he tardado bastante en averiguarlo.

Tiempo atrás, cuando empecé a tomarme más o menos en serio lo de escribir, me tomaba mi tiempo, escribía sin prisa y con pausas. Dejaba transcurrir un periodo razonable entre un libro y otro. Asumiendo con naturalidad que no soy Ken Follet, y mucho menos César Vidal. Tenía claro que no aspiraba a ver mi nombre impreso en grandes letras en un cartón gigante expuesto en los kioscos, bajo la leyenda «Coleccionable. Las grandes obras de…» Me bastaba con dejar unos cuantos panfletos que algunos disfrutaran leyendo y que en el futuro sirvieran de testimonio de que pasé una vez por este mundo, aunque nadie se percatara de ello. Y así ha sido. La prueba es que desde que publiqué mi primer libro, en 2003, han pasado muchos años y solo he escrito cinco novelas y un poemario inédito. Muy poco, lo sé, pero a mí me basta.

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Lo cierto es que en los últimos años los intervalos entre libro y libro se han ido acortando, al tiempo en que me he aficionado a escribir artículos para diferentes medios digitales y algunas reseñas para mi blog personal. Debo confesar que de un tiempo a esta parte ha ido creciendo en mi interior una especie de prurito que me empuja a crear nuevas historias, si bien mi imaginación se empeña en conspirar contra mí, negándose a dar forma a un relato que de verdad merezca la pena ser escrito. Porque historias hay tantas como personas convencidas de tener la razón, pero… ¿Cuántas verdaderamente originales e interesantes? Yo creo que hay tan pocas como personas que de verdad tengan la razón.

Los ausentesPor otra parte está la espinosa cuestión del escaso, por no decir inexistente, interés que las personas de este país —por si me lee alguien desde Nueva Zelanda aclararé que me refiero a España— muestra por la cultura, en general, y la literatura, en particular. Y no digo que no se lea, hablo de literatura. Que hay una diferencia notable entre lectura y literatura. A quien piense que es lo mismo le invito a investigar por su cuenta.

Volviendo a mi hilo inicial sobre las drogas, diré que desde el día reciente en que tomé la decisión de dejar de escribir, estoy notando que, al igual que el yonqui que trata de desengancharse, últimamente no pienso en otra cosa que no sea en escribir otro libro. Y me jode, la verdad, y mucho. Pero estoy firmemente decidido a no dejarme vencer. Porque si se sale de las drogas, también se sale de escribir. Así que cuando siento el impulso, me refreno a mí mismo, diciéndome cosas como «¿Para qué vas a perder tu tiempo escribiendo libros que nadie va a leer? Mejor ponte a ver una buena película, o incluso a leer un libro de otro. Tienes cientos de libros en tus estanterías que ya están escritos, Roth, Connolly, Landero, Chandler, Durrell… escritores de verdad a los que nunca te parecerás por mucho que te esfuerces». Sí, ya sé que no es muy estimulante, pero es que se trata de eso, de hundirme hasta el punto de que se me quiten las ganas de escribir, y así ahorrarme la frustración de ver cómo mis libros son tan ignorados como las señales de limitación de velocidad. «Pero es que —me dicen algunos amigos escritores— tú no escribes para los demás, lo haces para ti mismo». Vale, y Woody Allen rueda sus películas para tener algo que ver los sábados por la tarde cuando está solo en su piso de Manhattan, ¿no? No sé vosotros, pero yo mis libros los escribo para los demás, no para mí. Y si a los demás no les interesan, pues para qué escribir. Es como la metáfora esa del tío que está gritando en el desierto, o en un bosque, o no sé dónde. La cuestión es que nadie le escucha y… ¡Uf, creo que no tengo ni idea de qué coño estoy diciendo!

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Así que, por ahora, y para no quitarme de golpe del vicio y tener que luchar contra el mono, me limito a dar vida y forma a estos artículos, columnas, o textos ligeramente reflexivos, que me permiten, al menos de momento, calmar mis ansias de escribir y de consumir tinta. Me consta que los lee más gente que diputados tiene PACMA. No sé si eso es meritorio. Pero algo es algo.

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P.D. Por favor no iniciéis una campaña para pedirme que vuelva a escribir. Y si lo hacéis que no sea a través de change.org. En cualquier caso, sabed que no responderé si no hay un mínimo de cincuenta mil firmas.

Jorge R. Rueda-FirmaPuedes seguir al escritor Jorge Rodríguez Rueda en Facebook y en Twitter Si su novela, “Gente Corriente”, no está disponible en tu librería habitual puedes adquirirla en Amazon.

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Autor- JJorge Rodríguez RuedaImagen de cierre de artículos