Acoso sexual (y otras hierbas)

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El problema de moverse a golpe de consigna es que cualquier asunto de la envergadura que sea, queda reducido a un simple sí o no, a una idea básica, facilona, sin matices y sin contenido. Las cabezas ya no disciernen un contenido de más de 280 caracteres. No dan para más. Más que escuchar o leer, visualizan ideas a golpe de foto; lo más que llegan a asimilar es un vídeo del famoso de turno, y de ahí millones de seres no pensantes autoproyectan su vida para hacerlo suyo. Su simplicidad implica tener siempre a mano una causa que les haga sentir personas comprometidas con la sociedad, incluso poder creer que su vida tiene un sentido. No hay reflexión, no hay actitud crítica ni distancia alguna que matice el mensaje recibido; lo importante, en cada momento, es que lo ha dicho Menganita Pérez. Y todos sabemos que lo que dice Menganita Pérez va a misa. Bueno, a misa no, allí al menos quiero pensar que reflexionarían un poco.

Lo que se denomina en la actualidad dar «visibilidad a un problema», ha demostrado ser la mejor forma de trivializarlo, de banalizarlo, de despojarlo de contenido, y, como resultado, de desproteger a las verdaderas víctimas del asunto en cuestión.

No dudo de que muchas mujeres que han promovido y apoyado el movimiento #Metoo hayan sido víctimas de acoso sexual, del mismo modo en que no dudo de que miles de mujeres se han aprovechado de la fe incondicional de sus seguidores, y del pánico de los hombres a ser acusados de machismo, para adquirir notoriedad, victimizarse e incluso vengarse de superiores o compañeros para desquitarse de antiguas cuitas y agravios personales. No olvidemos que si antes el éxito se conseguía por la excelencia en el trabajo, ahora se consigue con más facilidad mediante la victimización. Dame una ola, la que sea, que yo me subo.

El último escándalo sobre acoso sexual ha tenido como protagonista a Plácido Domingo, de forma involuntaria, por supuesto. Es absurdo entrar en el fondo de unos hechos que supuestamente sucedieron hace 30 años y de los cuales no se aporta ni una sola prueba. Pero sí que llaman poderosamente la atención ciertas expresiones y comentarios de las denunciantes —siempre ante los medios, no ante los tribunales—: «me miraba de una forma que me incomodaba», «me dijo que no me fuera a casa», «me invitó a su hotel…»

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Cabe preguntarse si estas mujeres —algunas de las cuales presumen en su biografía de haber cantado con Plácido Domingo— estaban confundiendo propuestas de relaciones entre personas adultas o estaban siendo acosadas. La diferencia radica en algo muy sencillo: a una proposición normal se puede acceder, o no, sin consecuencias —ni negativas ni positivas— que afecten la vida profesional de quien la recibe, y en el segundo caso, decir no significa que puedes quedarte sin trabajo.

A todas estas mujeres que dicen ver en la mirada de un hombre una amenaza y se mesan los cabellos por semejante humillación, sería bueno explicarles cómo se siente una verdadera víctima de acoso. Porque el acoso sexual existe —¡vaya si existe!— y es una de las peores experiencias laborales y vitales que se pueden sufrir.

La mujer que es acosada acude al trabajo con una angustia insoportable que, más tarde o temprano, le hará visitar a un especialista. Su jornada laboral transcurre con una tensión corporal constante y un control total de sus propios movimientos, restringiéndolos al máximo, sin querer llamar la atención por nada, rezando para hacerse invisible; por la noche notará todos los músculos entumecidos y unas maravillosas contracturas. Lo que antes era natural, bromas, comentarios, se reducen a un absoluto silencio por su parte.

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Pequeñas cosas en las que nunca había reparado empiezan a ser importantes. Su forma de vestir irá cambiando poco a poco; si antes usaba faldas cortas o escotes, relegará esas prendas al último cajón de la cómoda. Mientras trabaja, de manera inconsciente, hace un repaso mental constante de su propio comportamiento, buscando su culpa en una posible provocación que haya desatado la conducta del acosador. Cuando oye sus pasos, que distinguiría entre mil formas de caminar, el corazón se le dispara y la tensión sube. Su cerebro se convierte en un bucle de pensamientos contradictorios, de posibilidades… Si se queda sin trabajo, si dice algo, si su marido se entera, si sus compañeros se han dado cuenta. Se pregunta si su no supondrá el cumplimiento de la amenaza explícita o implícita por parte del acosador. Estas líneas son tan sólo un mínimo apunte sobre lo que es ser acosada.

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Por todo ello, a todas las neopuritanas que tan alegremente hablan de acoso sexual simplemente porque alguien las ha mirado, y ellas han interpretado en esa mirada un deseo sexual amenazante, es necesario hacerles saber que esto no es una broma; no es algo que pueda ser utilizado como comodín para expresar el disgusto en el trabajo o la antipatía por un compañero o superior, es un delito contemplado en el artículo 182 del Código Penal. Cualquier denuncia de acoso debe ser puesta en conocimiento del departamento de recursos humanos, si lo hay en la empresa, y sustanciada, en su caso, ante los tribunales.

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Por todo lo dicho, por el sufrimiento de muchas personas que son objeto de esta conducta aberrante, me gustaría que se fueran muy a la mierda, pero mucho, todas aquellas petardas sin ética ni escrúpulos que, sin prueba alguna, acusan a diestro y a siniestro a fin de obtener su minuto de gloria en los medios, que no en los tribunales. Quisiera que se recuperara y volviera a ser aplicado el olvidado y denostado principio de presunción de inocencia de los hombres, que lo han perdido de hecho y de derecho.

El #Yosítecreohermana os lo guardáis, bonitas, para las noches de copas, la exaltación de la amistad y el feminismo cutre. Porque estamos hablando de temas muy serios, de cosas de mayores y de leyes, cuya conculcación puede acarrear la cárcel.

Carmen Álvarez-FirmaPuedes seguir a Carmen Álvarez en Twitter y también en su blog personal, en este enlace

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Autor - Carmen ÁlvarezImagen de cierre de artículos