El Cártel de Malthus

El Cártel de MalthusPlantilla Jorge Sánchez de Castro

En pleno mes de agosto sólo podemos hablar de algo lúdico. O de inmigrantes en pateras. O de las dos cosas a la vez, como en el presente artículo, pues quiero hablar de crisis demográfica.

¿Lúdica la pérdida de población? Les ruego que lean hasta el final.

La crisis demográfica europea, que era una evidencia premeditadamente guardada en el armario durante decenios, por arte de birlibirloque ya es noticia de segunda página en los medios de comunicación, pues el «trending topic» se lo lleva el “calentamiento global”, obra del peligroso y machista, valga la redundancia, hombre.

No obstante, ¿podemos llamar al actual decrecimiento de la población, por ejemplo en España, crisis demográfica?

¿Acaso puede considerarse el descenso de la natalidad una política de Estado desde la muerte de Franco? Porque si fuera así no cabría hablar de crisis demográfica, sino de éxito del Estado malthusiano, del Estado obstaculizador de la natalidad.

Debemos a Thomas Malthus (1766-1834), clérigo y demógrafo inglés, los principios esenciales de la población. Quizás el más famoso sea éste: los medios de subsistencia crecen en progresión aritmética (3+3=6) mientras que la población lo hace en progresión geométrica (3×3=9), de no encontrar obstáculos. Centrémonos en éstos últimos.

Malthus los divide en su «Primer ensayo sobre la población» en positivos (sic) o represivos —guerras, epidemias, vicios, miseria—, y en preventivos —miedo ante las dificultades que supone el mantenimiento de una familia—.

Dando un salto desde Malthus a la modernidad, podemos comprobar que todos los obstáculos al crecimiento de la población están mal vistos. Por supuesto las enfermedades y la pobreza. También la abstinencia sexual. Pero sobre todo las guerras, aunque sobre las guerras en la periferia se haga siempre la vista gorda.  

Publicidad La Vuelta al Año en 80 mundos.jpgAhora bien, que se repudien no elimina un elemento objetivo: sin obstáculos, la población crece de forma desmesurada.

Por tanto, los llamados “Estados del Bienestar” arbitran una serie de medidas, aceptadas por la ciudadanía, a fin de evitar la expansión incontrolada de la natalidad: aborto, prohibición de la poligamia, esterilidad voluntaria, prácticas eugenésicas.

Son soluciones a la superpoblación que el Estado hace pasar por “instituciones civilizatorias”, porque excluyen la violencia en todas sus formas —guerra, hambre, explotación, emigración por causas económicas o políticas— e introducen el deseo y la voluntad individual como factores necesarios para su puesta en práctica.

Si el control numérico de la población fue siempre una de las funciones del Estado, lo que resulta novedoso es que lo haga sustituyendo, por ejemplo, los efectos de las guerras (eliminación forzosa e intensiva, sobre todo, de hombres jóvenes) por políticas que obtienen y aseguran los mismos resultados, pero que, sin embargo, provocan la sugestión de que el Estado es el proveedor y garante de un mundo feliz, indoloro, “cool”.

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Lo que en principio puede parecer ciencia ficción, esto es, que la misión malthusiana (controlar la natalidad y reducir la población) del Estado encuentre a sus propios habitantes como cooperadores entusiastas y agradecidos, se convierte en evidencia cristalina gracias a dos elementos.

«El arte de organizar lo social es el arte de organizar la hipnosis de las masas, pues sólo así se puede explicar que el pueblo considere su autodestrucción, supervisada por el Estado, un triunfo de la libertad individual.»

El primero es un imprescindible libro que será reseñado en otros artículos, titulado «Gaston Bouthoul, inventor de la Polemología», Centro de Estudios Constitucionales, Premio “Luis Díez del Corral”, 2017, del que es autor el que me atrevo a decir es el mejor escritor político español, el profesor Jerónimo Molina Cano, y del cual se extrae, entre otras, la conclusión de que el arte de organizar lo social es el arte de organizar la hipnosis de las masas, pues sólo así se puede explicar que el pueblo considere su autodestrucción, supervisada por el Estado, un triunfo de la libertad individual.

Y el segundo elemento lo constituyen una serie de datos que no se incluyen en el libro del maestro Jerónimo, pero que refrendan el acierto de la hipótesis de Gaston Bouthoul respecto al potencial sugestionador o hipnótico del Estado: el Imperio, esto es, EE.UU., tenía en 2016, según datos del Cirujano General de la Nación, 27 millones de adictos a las drogas y 66 millones de alcohólicos. De mantenerse las tendencias actuales uno de cada siete estadounidenses enfrentará un gravísimo problema con las adicciones en el curso de su vida.

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En 2016 murieron 63.632 personas por sobredosis de droga, un 21% más que el año anterior, pero entre estas muertes no se contabilizaron las causadas por accidentes laborales o de circulación debidos a estar bajo los efectos de las mismas, ni la violencia generada por el uso y tráfico de estupefacientes y las enfermedades derivadas de su consumo.

Los fallecimientos por la epidemia causada por las drogas supera en mucho las bajas en todos los conflictos bélicos en los que ha intervenido EE.UU. tras la Guerra de Vietnam.

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No obstante, únicamente el 10% de las personas con problemas de adicción reciben algún tipo de tratamiento, y sólo en 2017 se produjo la autorización del uso del cannabis con fines no médicos (lúdicos) en nueve Estados de la Unión y en el Distrito de Columbia. Es decir, el Estado del país más poderoso de la Tierra no tiene ánimo administrativo ni político de que la epidemia se extinga porque, en todo caso, se trataría de un problema “recreativo” al que hay que dar curso legal.

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Las consecuencias del reconocimiento por parte del Estado de que el consumo de drogas —y de analgésicos derivados del opio y de sedantes hipnóticos y de antidepresivos como el Prozac…— es un derecho individual a la felicidad, a la muerte digna, sin dolor, no deja lugar a dudas: en 2015 y 2016, por primera vez en 50 años, EE.UU. experimentó reducción en la esperanza de vida de sus ciudadanos.

El clérigo Malthus no podía imaginar la cuadratura del círculo: la eliminación masiva de la población por obra de la propia población, en nombre de su libertad individual, y a través de comportamientos que considera lúdicos; con la garantía jurídica del Estado y la supervisión técnica de sus servicios públicos de salud.

¿Estado del Bienestar?

Creo que se ha ganado otra denominación más precisa: “Cártel de Malthus”.

¿Crisis demográfica en el Estado del Bienestar?

Todo lo contrario: máxima rentabilidad y eficiencia del cártel malthusiano.

Feliz agosto lúdico.

Jorge Sánchez de Castro-FirmaPuedes seguir a Jorge Sánchez de Castro Calderón en Twitter y también en su blog «El único Paraíso es el fiscal»

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Jorge Sánchez de Castro Calderón

Estuve en la Facultad de CC. Políticas de la Complutense antes que Pablo Iglesias. Allí vi a gente de lo más variopinta… Un miembro de la Casa Real; un magistrado del Tribunal Supremo, que me anunció dónde iba a llegar, y hasta un gran maestro marxista que mudó en consejero “black”. También conocí a Tocqueville, a Marx, a Maquiavelo y al sabio español Dalmacio Negro. Incluso a Kelsen y Carl Schmitt, cuya disputa intelectual creo que ganó Don Carl. Si con esto no les basta, les invito a entrar en Ataraxia Magazine o en mi página “El único paraíso es el fiscal”.
 

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