¿«Caja de resistencia»? ¡Algo huele a podrido!

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Todos hemos podido ver a Artur Mas —tremendamente envejecido—, a Joana Ortega y a Irene Rigau agradeciendo a esa intangible y difusa «Caja de Resistencia Catalana» el hecho de haber abonado en su nombre millones de euros —casi seis en total— al Tribunal de Cuentas, a fin de satisfacer el importe que se les ha reclamado en los últimos días como fianza por los hechos referidos a la famosa consulta del 9 de noviembre. Los tres citados, más Francesc Homs y algunos más —que deberán hacer frente conjuntamente al pago de la multa, aunque en proporciones distintas según su grado de responsabilidad—, han anunciado que recurrirán esa sentencia ante el Tribunal Supremo.  Pero de entrada, les guste o no, toca pagar por adelantado. Que de tener razón y ser absueltos en su recurso, el dinero ya les será devuelto.

Las propiedades —esencialmente propiedades inmobiliarias— de Artur Mas y del resto de encausados estaban embargadas por la malversación de fondos públicos que conllevó el 9-N, como aval de que las multas impuestas quedaban cubiertas con ese patrimonio personal. Pero hete aquí que la famosa «Caja de Resistencia» del soberanismo ha aportado, en los últimos días, el dinero que restaba para cubrir esa descomunal sanción.

La vuelta al año en 80 mundos.jpgEstamos hablando de mucho, de muchísimo dinero. De seis millones de euros que se traducen, hagan el ejercicio, se lo ruego, en casi mil millones de las antiguas pesetas… ¡Mil millones! Se dice rápido, ¿verdad? Y es que desde hace años estamos acostumbrados a medir la pobreza en euros, y cuando nos da por traducir la miseria a pesetas nos llevamos las manos a la cabeza. La mayoría de los mortales —usted y yo entre ellos— ni con el viento y los astros a favor veremos reunida y en nuestras manos ni la décima, ni la vigésima, ni la trigésima parte de esa fortuna. Jamás. Nunca. Ni aunque usted y yo nos unamos, nos llamemos Bonnie & Clyde y empecemos a asaltar entidades bancarias. Mil millones de pesetas… ¡Qué mareo, Dios mío!

Y ahora, díganme: ¿Esos mil millones de pesetas salen de la famosa «Caja de Resistencia»? ¿Es dinero reunido a base de pequeñas aportaciones, eurito a eurito, en un goteo incesante, efectuado por decenas de miles de adictos a la causa sediciosa? Permítanme dudarlo. Yo lo dudo. Lo digo mortalmente serio. Es más: no lo dudo, lo niego categóricamente. Y es que hay motivos más que suficientes como para poner en tela de juicio semejante filantropía nacionalista, por muy «mochales» que estén muchos de los seguidores de esta cuadrilla de fantoches iluminados, que lo están. Pero la pasta es la pasta. Intentaré explicarme.

Conversando sobre España y CataluñaEn los últimos meses recuerdo haber leído en prensa numerosos llamamientos efectuados por la ANC y otras entidades civiles que se ocupan de esa denominada «Caja de Resistencia» a llenarla, porque según decían estaba agotada, bajo mínimos, tras pagar fianzas, multas, y proveer de dinero a varios de los fugados que viven un exilio dorado, no lo duden, a costa del erario público y, sobre todo, a costa de los catalanes. Cataluña es esa Comunidad Autónoma en la que no hay dinero para sanidad, ni para educación, ni para hacer efectiva esa decepcionante ley aprobada por la totalidad del Parlament de Cataluña —una de las pocas leyes aprobadas por unanimidad en muchos años— destinada a garantizar una Renta Básica de Ciudadanía a ese 20-25% de catalanes que malviven bajo el umbral de la pobreza… ¡Pero cuando se trata de cubrir las espaldas a unos miserables que han fracturado la paz social con su demencia y han puesto en jaque al Estado, el dinero sale a espuertas, por arte de birlibirloque! ¿Pero, cómo, cómo es posible?

Piénsenlo. En las últimas semanas las noticias que hablan de la situación acuciante de ese payaso llamado Carles Puigdemont en términos financieros, son constantes. El expresidente no abrió la boca cuando se negoció la presidencia de la Diputación de Barcelona, ya en manos del PSC, porque su esposa, Marcela Topor, cobra la friolera de seis mil euros mensuales por un estúpido programa breve de televisión semanal. Según esa información —publicada por ABC—, Puigdemont se las ve y se las desea para reunir los 40.000 euros mensuales que necesita para mantener su nivel de vida y su circo mediático en Waterloo. Ayer mismo saltaba la noticia de que ahora estudia potenciar su canal de vídeos en YouTube para ingresar algún dinero adicional. Y para terminar, un dato significativo: sus repetidas llamadas a un millón de catalanes para que ingresen 10 euros por cabeza en el denominado “Consejo de la República” han fracasado… No llegan ni a sesenta y ocho mil los majaderos que han aportado esos diez euros.

Síguenos en FacebookPor lo tanto, recapitulemos: Si ni el expresidente logra cubrir las necesidades económicas que su vida de lujo supone, ¿de dónde salen esos mil millones de pesetas que se necesitan para liberar a Mas, Ortega, Rigau y Homs de su deuda contraída con los tribunales y evitar que pierdan casas y propiedades? ¡Mil millones! ¿Los aportan los jubilados del lacito, los de la barretina tractoriana, los cuperos y CDR’s que creen que esto es cuestión de dos patadas y un empujón final porque lo tenemos a la vuelta de la esquina y la República es imparable? Mucho me temo, queridos lectores, que todo ese dinero, o una parte importantísima de él, procede de dinero negro, de dinero robado, del famoso 3%, de los «misales» enviados por la “Madre Superiora” desde Andorra, o desde las islas Caimán —no lo sé, no tengo ni idea; todo cuanto aquí digo es mi hipótesis—, o lo que sería aún más grave e intolerable: de dinero público desviado por la Generalitat en una de sus imbricadas triquiñuelas de prestidigitación financiera.

Síguenos en TwitterMil millones. Repito: mil millones. Yo, como ciudadano catalán, exijo a los responsables de esa «Caja de Resistencia» que sus cuentas sean auditadas, colgadas en plaza pública. Y exijo a la Agencia Tributaria, al Tribunal de Cuentas o a quien corresponda, que analice con escalpelo y lupa de mil aumentos esos pagos. Tal y como haría un forense al diseccionar un cadáver.

Porque me niego en redondo a sufrir las consecuencias del proceder infame de esos miserables y, además, para colmo, salvar sus haciendas a costa de mi pobre bolsillo.

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Autor- Julio MurilloImagen de cierre de artículos

 

 

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