Peter & Julio: ¡Visto para sentencia!

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Buenas tardes, señores de Twitter…

Permítanme presentarme. Soy Julio Murillo, periodista de larga trayectoria, escritor y autor de varios libros en Planeta y en Edhasa, ganador de tres premios de novela histórica a nivel nacional. Mantengo cuenta en Twitter desde 2011 —en la actualidad como @JulioMurillo57— con unos 10.000 seguidores. Me dirijo a ustedes debido al hecho de que a lo largo del último año y medio vengo siendo objeto de una campaña de acoso y derribo por parte de usuarios de Twitter vinculados al nacionalismo catalán. Mi postura hacia ellos, en general, sin particularizar en nadie en concreto, siempre ha sido muy crítica, debido al inmenso perjuicio y destrozo democrático, emocional y económico que a mi juicio están causando en nuestra sociedad. Negar lo infame de su proceder, lo torticero de sus técnicas, lo deleznable de su táctica y estrategia, es como negar la evidencia empírica de que el cielo es de color azul cuando no hay nubes y luce el sol. No tienen límite, actúan siempre como una apisonadora, movidos por un espíritu grupal propio de un clan cavernario, cual jauría sin bozal, aplastando y silenciando cualquier voz disidente. Unos dan las órdenes y señalan —y a esos “unos” los conocemos todos— y el resto se lanza en tromba saltando a la yugular de la presa.

Debido a ese acoso, Twitter me ha bloqueado en este tiempo parcialmente la cuenta en dos o tres ocasiones, basándose en denuncias falsas o en tweets que yo había borrado tiempo atrás. No sé cómo lo hacen, ni de qué medios disponen quienes interponen esas querellas, pero logran, incluso, maravilla de maravillas, suplantar otras identidades o perfiles en esta red social, de modo en que el denunciante resulte ser un viejo amigo tuyo, que se lleva las manos a la cabeza y no sale de su asombro cuando se entera (por mensaje remitido por ustedes a su correo electrónico) de que su denuncia está en marcha y de que le agradecen su colaboración a la hora de poner coto a desmanes y conductas poco adecuadas. En esas ocasiones, lejos de protestar —pues el tiempo personal es muy valioso, y saber que uno pelea contra molinos de viento resulta absolutamente desalentador y disuasorio—, opté por resignarme y aceptar la suspensión temporal. Y al recuperar el libre uso y disfrute de mi cuenta decidí borrar, ayudándome de alguna aplicación, todos mis tuits. Todos. Decenas de miles. Imaginen cuál fue mi sorpresa cuando tras esos borrados masivos volví a ser denunciado y bloqueado, esgrimiendo como prueba inculpatoria “capturas de pantalla” de algo que ya no existía, pues había sido eliminado voluntariamente tiempo atrás.

Permítanme, señores de Twitter, reírme ante semejante despropósito, y, de paso, preguntarles: ¿Por qué resulta imposible, por muchas denuncias que se acumulen, cerrar cuentas de personas que celebran el golpismo, el quebranto de la ley, la convivencia y el orden constitucional; cuentas que se burlan del poder jurídico; que insultan, maltratan y desprecian a millones de ciudadanos, magníficas personas que jamás han hecho daño a nadie, denigrando a todo un país y brindando por su descrédito y humillación internacional? ¿Debo entender que todo eso es libertad de expresión y que lo mío, infinitamente más inocuo y humorístico, supone un abominable atentado al honor, al respeto y a las buenas formas?

Me encuentro ahora en la tesitura de que me cierren la cuenta por dos tuits que ni recuerdo… Uno dirigido a un miembro de la CUP (bueno, perdón, miembra), al que le digo que lo “suyo (su proceder infame) merece de bofetadas hasta en la partida de bautismo”, y el otro al celebérrimo Gabriel Rufián, al que tras mofarse de las celebraciones de Semana Santa y despreciar a los que profesan creencias de tipo espiritual o religioso en esa España a la que tanto detesta, le aconsejo que “se ponga un cilicio y se deje crucificar cual cordero redentor por el bien del mundo (independentista)”. Ese era el sentido sarcástico que subyacía en mi respuesta. Como comprenderán ustedes no entraba en mis propósitos coger una furgoneta, una cruz, una escalera, clavos y martillo, y arrastrarle, con lo gordito que está, hasta lo alto del Gólgota de Montserrat, y montarle allí un bonito cadalso, bien flanqueado, claro, por un par de ladrones irredentos de la Costra Nostra catalana del 3% a la que tanta pleitesía rinden los de su cuerda.  

Síguenos en TwitterNo sé si este tipo de respuestas intempestivas, destempladas, a quemarropa, que en ningún caso incitan a la violencia o pretenden canalizar o direccionar el odio de colectivo alguno hacia personas que promueven el fanatismo de forma continuada y bien probada, son motivos de suspensión. Ustedes deberán decidirlo. Y yo acataré lo que ustedes decidan, ¡fíjense!, del mismo modo en que acataré, cuando llegue el momento, el veredicto del TS que ha juzgado a esta colección de iluminados nacionalistas (lo siento, pero así los considero por su proceder) si opta por absolver a los encausados de los delitos imputados. Hasta ese punto soy ecuánime, equidistante —¡qué buen adjetivo es “equidistante”, ¡eh!, y qué mal se aplica!— y demócrata.

Síguenos en FacebookIntentaré abreviar. Disculpen ustedes la extensión y entiendan que me acojo al turno de última palabra, perplejo ante la arbitrariedad con la que se aplica la normativa al común de los usuarios en esta red. Siempre me he preguntado por qué no cierran ustedes cuentas de célebres políticos tuiteros marxistas cuando amenazan con azotar a una mujer hasta hacerla sangrar, o por qué no expulsan ustedes a famosos “acosadores machistas nacionalistas” cuando lanzan decenas de tuits vejatorios, violentos hasta lo intolerable, contra mujeres que pasaron por su vida a las que odian y amenazan con torturar y despedazar hasta la muerte. Seguro que saben de quién hablo, ¿verdad? ¡Cómo no lo van a saber ustedes si hasta el último de los llegados a Twitter sabe de quién estoy hablando! Lo que llegan a escribir este tipo de personas es de tal intensidad, en la escala de lo violento, que revolvería el estómago al Divino Marqués de Sade y le provocaría náuseas. En lo personal, a mí y a decenas de miles de usuarios de esta red nos han insultado y nos insultan a todas horas, con lenguaje grueso y soez, hasta la extenuación; nos amenazan con exterminarnos o arrojarnos al Ebro con un bloque de cemento en los pies; con echarnos de Cataluña a patadas; vejan a nuestras familias; publican nuestros datos y nos incluyen en listas “negras”; nos tildan de traidores, de ser escoria española, y buscan arrinconarnos y borrarnos del mapa a toda costa… ¿Sigo o lo tienen ustedes claro, señores de Twitter?

Aquí lo voy a dejar. Seguro que ustedes, sea quien sea el que me lea —a no ser que me lea un robot, en cuyo caso no sé si pulsar uno, dos, tres, almohadilla, o colgar directamente— son tan impecables en su veredicto como Petronio, que fue por antonomasia «arbiter elegantiarum», y no solo en el vestir sino en todos los aspectos de su proceder en la vida. Gracias por su atención y feliz sentencia. Si es condenatoria les ruego que no entierren mi virtualidad en camposanto catalán. Tengan piedad. Ábranme fosa, aunque sea osario común para seres de ADN defectuoso, en el sur y junto al Mediterráneo, en altozano soleado y libre de odios. Un cordial saludo. 

Julio Murillo-FirmaPuedes seguir a Julio Murillo en Twitter @JulioMurillo57

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Autor- Julio MurilloImagen de cierre de artículos

 

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