¡Qué verde era mi Tractoria!

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He pasado un mes viviendo en Tractoria; ya saben: en esa Cataluña que llamamos «profunda», la de las pequeñas poblaciones rurales, comarcales. En concreto en el precioso Ampurdán. Y he podido conocer, de primera mano, un mundo que para los que vivimos en grandes ciudades, como Barcelona, puede parecer geográficamente muy próximo y emocionalmente muy distante a un tiempo; un mundo kafkiano, orwelliano, capaz de asombrar a cualquiera. 

Lo primero que golpea los sentidos al recorrer esas bucólicas poblaciones, rodeadas de campos, verdes prados y arboledas —¡Qué verde es mi Tractoria!—, son los miles de lazos amarillos, esteladas, pancartas, consignas políticas, graffitis y parafernalia populista nacionalista que inunda sus calles. Pero que nadie se equivoque, no transmite nada festivo, ni alegre, ni inclusivo, sino algo muy tétrico, como de película de terror.  Pero eso no es nada, es sólo el decorado, la mise-en-scène, de lo que les voy a narrar.

Me meto en la modesta cafetería de un pueblo de menos de 100 habitantes. En pocos minutos compruebas y tomas conciencia de que todos se conocen las miserias, los pecados, las herencias, la vida y los milagros. Es un microcosmos curioso. Y por supuesto se sabe, por ser secreto a voces, a qué partido vota cada uno de sus habitantes. Me entero de que cuando hay unos comicios las papeletas de los partidos constitucionalistas están situadas de forma estratégica en la mesa, para que cualquiera que se acerque a ellas sea identificado de manera discreta. Es un método de disuasión perfecto.

«Las papeletas de los partidos constitucionalistas están situadas de forma estratégica en la mesa, para que cualquiera que se acerque a ellas sea identificado de manera discreta…»

Una vez nuestro héroe no independentista queda marcado como una res, es sometido a una sofisticada condena al ostracismo. Si entra en el bar del pueblo, la gente gira el rostro y sigue hablando entre murmullos, que al enemigo, ni pan ni agua, y aún menos información. Todos saben que es buena persona, excelente vecino, afable, de los de toda la vida –aunque sólo tiene un apellido catalán, o ninguno– pero existe un cierto temor intangible a que los comisarios políticos de los partidos municipales independentistas les tachen de “colaboracionistas”. Quizás el «buen catalán indepe» sea un amigo de muchos años de nuestro protagonista, pero sin duda alguna evitará confraternizar en público con él, más allá del consabido ¡hola, buenos días! Y si alguna vez charlan, lo harán en un calle apartada, en una esquina poco transitada. Esas conversaciones furtivas cada vez serán más breves, porque de hecho les incomodan a los dos.

Tras varios días consigo hablar con uno de esos estigmatizados, y me cuenta su historia de modo pormenorizado. Imposible resumirla. Él y su mujer llegaron a la población procedentes de Barcelona hace ¡veinticinco años! Es un hombre culto, con dos hijos que estudian en la capital catalana, que hartos de la atmósfera asfixiante del lugar solo «suben» al pueblo en contadas ocasiones. Me cuenta varias historias, propias y ajenas, que ilustran la ruptura absoluta de relaciones, esa fractura que el independentismo niega a ultranza; transcribo únicamente la que le afecta a él directamente: “Mira, durante 17 años hemos mantenido amistad íntima con varias parejas de nuestra edad. Lo celebrábamos siempre todo juntos: nos divertíamos haciendo buñuelos en Semana Santa, compartíamos la noche de San Juan, la castañada, los panellets y las fiestas de otoño, la noche de fin de año; salíamos en bicicleta, hablábamos de todo, de cine, libros, historia; nuestros hijos han crecido juntos… Pero cuando empezó el puto Procés todo empezó a cambiar. Al principio, en 2012 y 2013, no de manera muy evidente, pero a partir del referéndum del 9-N de forma dramática. Una de esas parejas, la más próxima a mi mujer y a mí, gente de Barcelona, cargada de dinero, con propiedades, rentistas, se hicieron de la CUP… ¡De la CUP, imagínatelo, capitalistas viviendo a todo trapo levantando el puño! Nosotros veíamos lo que ellos decían en Facebook, y ellos, supongo, lo que yo comentaba en sentido contrario, a pesar del cabreo de mi esposa, que me decía que no me “significara” en el tema político en las redes sociales. Y ese fue el principio del fin. Nos bloqueamos mutuamente para no ofendernos. Es muy fuerte. Nos distanciamos; se acabaron los paseos, las cenas, las escapadas a la playa, las paellas… Han pasado casi siete años y cuando nos cruzamos por la calle, cosa que no es frecuente porque todos evitamos pasar por delante de la casa del otro, nos limitamos a un saludo tímido, distante, y a comentar cuatro tonterías sobre que si no llueve tendremos restricciones de agua este verano…” 

«Han pasado casi siete años y cuando nos cruzamos por la calle nos limitamos a un saludo tímido, distante, y a comentar cuatro tonterías sobre que si no llueve tendremos restricciones de agua este verano…» 

Tres o cuatro días más tarde, en una segunda población muy próxima, entablé conversación con otra persona. Cuando el hombre tuvo claro que los dos éramos de “la misma cuerda” se le soltó la lengua.“He perdido a muchos amigos. Ha sido para mí muy doloroso. La peor experiencia ha sido la ruptura de relaciones con alguien muy querido con el que incluso trabajé durante años. Cuarenta años de amistad… ¡bueno, más de treinta y ocho, casi treinta y nueve! —recalcula, mirando al vacío—  ¿Sabes tú lo que es eso? Éramos más que hermanos; habíamos asistido a los bautizos, comuniones y bodas de nuestros hijos, a los entierros de nuestros padres. No perdonaré jamás a los políticos catalanes, jamás, así enganchen una lepra y se mueran, pero tampoco perdonaré a estas personas, a los de a pie, porque es inconcebible que gente con una cierta cultura, entiéndeme, no son catedráticos, pero tampoco palurdos, se fanatice hasta ese punto y aliente tanto odio y tanta bilis. Se me rompe el alma cuando les veo en las concentraciones, en los actos políticos de protesta del pueblo, en los que yo y mi familia no participamos, riendo, agitando esteladas, insultando a España y llamándonos fachas a todos… ¿Yo soy un facha, yo que siempre he votado al PSOE, e incluso en los días de Anguita al Partido Comunista? ¡Hay que joderse! Desde hace años estamos solos en el pueblo, no hablamos con nadie… ¿Sabes quién es el único con el que hablo y sin apenas mediar palabras? ¡Con un tío joven, muy majo, forofo del Español, que está de dependiente en  el estanco! Entro, le guiño el ojo, y mientras le pago le señalo con el dedo los titulares del Ara y de El Punt-Avui, que están en el mostrador, junto a la caja, y el contiene la risa, se encoge de hombros y me viene a decir con expresión resignada y en total silencio: ¡Es lo que hay, paciencia, amigo!” 

«Hay estigmas, marcas, que son fatales, y de entre todas las posibles, la peor sin duda alguna es ser castellanoparlante. En esos casos ese suave murmullo golpea con más fuerza que un martillo en un yunque…»  

¿Tremendo, verdad? ¡Tremendo e intolerable! Pero es así. Nuestros héroes, que lo son, viven en estos pueblos de forma casi clandestina. Excepto algunos exaltados radicales, el resto de la población es buena gente por lo general. De algún modo les sigue compensando vivir donde lo hacen, porque el entorno es precioso, natural, casi idílico. Pero la marginación sutil, imparable, no se detiene, no tiene límite. Como todos se conocen empiezan a cambiar sus hábitos. Saben que cuándo entren en el bar, o en la clásica «fonda» o «casal» del pueblo, la atmósfera será incómoda. Por supuesto evitan significarse políticamente, jamás comentan nada, a diferencia de otros parroquianos, que no se privan de soltar lo que les viene en gana cuando ven en la televisión del bar imágenes del juicio en el Tribunal Supremo o de Torra llamando a resistir. Pero pese al silencio que se auto imponen desde hace años, hay estigmas, marcas, que son fatales, y de entre todas las posibles, la peor sin duda alguna es ser castellanoparlante. En esos casos ese suave murmullo golpea con más fuerza que un martillo en un yunque…

Charlo, a lo largo de los días, aquí y allá, de modo informal con nuestros amigos de la resistencia. En un pedestal deberíamos ponerlos a todos ellos. Me entero de más cosas. Por ejemplo de que apenas van a votar. Los más irreductibles lo hacen por correo, o llevando la papeleta metida en el sobre desde casa, para evitar la “marca”… Es mejor ser considerado sospechoso que directamente espía español. Lógicamente esto significa menos votos para los partidos constitucionalistas. Uno, de una población más importante (unos siete mil empadronados; censo electoral de algo más de cinco mil votantes), me cuenta lo siguiente: “Cuando se aplicó el 155 y Rajoy forzó elecciones autonómicas, el 21-D, aquí Ciudadanos obtuvo más de mil votos; eso significa el 20% de la población… ¡Poca broma, es mucho! El problema está en las municipales: el PP es residual, los cuatro “fachas” conocidos y señalados, y tanto Ciudadanos como ahora Vox, no tienen grupo, candidatura, no se presentan a la alcaldía… ¿Tú sabes lo que implica presentar aquí una candidatura de Ciudadanos, por ejemplo? ¡Significa que vas a cambiar ruedas de coche hasta decir basta, que te tirarán piedras desde la calle y no ganarás para cristales, ni para disolvente que borre la pintadas en tu garaje! ¡Y de Vox mejor ni hablar, que directamente te montan pira funeraria en la plaza del ayuntamiento!” 

«¿Tú sabes lo que implica presentar aquí una candidatura de Ciudadanos, por ejemplo? Significa que vas a cambiar ruedas de coche hasta decir basta, que te tirarán piedras desde la calle y no ganarás para cristales…» 

He tomado numerosas notas, he visto escenas en las que pude comprobar lo dañino que es esta sutil, y muchas veces burda, marginación. Estoy en un bar de un pueblo. Cuando el camarero –catalán de acento cerrado– escucha “¡una cerveza!”, en castellano, la sonrisa se le esfuma del rostro. Atiende profesionalmente, manteniendo el tipo, pero deja traslucir una antipatía que no puede evitar. Incluso yo, que estoy en la mesa contigua, siento la radioactividad. Ahora imaginen a los tenderos, a los vendedores, carpinteros, empleados de mantenimiento, dependientes de ferreterías, fruterías… ¿Cuántos de ellos se van a arriesgar a hablar en castellano? Sólo utilizan la lengua común en caso de necesidad, con holandeses, franceses y turistas de paso, que la pasta es la pasta, porque se arriesgan a tener que oír cosas como: “Senyor Josep, aquesta nena no m´agrada”. La pobre vendedora ya tiene los días contados. Otro vecino con el que pude charlar me explicó, por lo bajo, que dejó de ir a comprar vino a una bodega regentada por un par de fanáticos con mucho sentido del humor: “Cuando empezó el Procés, aquella manifestación que hizo que Mas abrazara el independentismo en 2012, esos dos empezaron a llenar su tienda de banderitas, de carteles denostativos contra todo lo que oliera a español… —cuenta con mueca asqueada— Ya sabe, cartelitos diciendo: «abrimos el 12 de octubre, fiesta de la España asesina, nada que celebrar», «tenemos a disposición de los clientes libro de reclamaciones y juego de pesas y medidas, no como en la puta España», o bien poniendo papelitos en la cesta de los huevos a granel, los de granja, con proclamas como «Tenemos huevos soberanistas, atrévete a romperlos» El colmo fue cuando pusieron una gran estelada a modo de cortina en la puerta de entrada, de modo que tenías que besarla y comértela si querías entrar a comprar. Muchos dejamos de ir, obviamente…”

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Por supuesto esta larvada violencia también alcanza el ámbito de los niños y adolescentes. Es tan sencillo señalar al muchacho que no va a clase de super héroe, con la estelada anudada al cuello, o bien que no habla el catalán con la soltura y el acento que sí tienen otros compañeros, que con frecuencia es el propio profesor el que se encarga de ponérselo en evidencia con impostada amabilidad… Indudablemente la crueldad de los niños en el patio del colegio hará el resto, mientras el maestro sonríe satisfecho de haber cumplido su cometido. Los retoños se tienen que dirigir con un tutor para que el árbol crezca recto. Y en Cataluña la escuela es absoluto adoctrinamiento. Hasta unos niveles que provocan vómito. Ya pueden negarlo. Es así. El niño, como comprenderán, vuelve a casa triste, a veces llorando.

«Indudablemente la crueldad de los niños en el patio del colegio hará el resto, mientras el maestro sonríe satisfecho de haber cumplido su cometido. Los retoños se tienen que dirigir con un tutor para que el árbol crezca recto…»

Sigo mi investigación de aprendiz de antropología social. Unas líneas más arriba he insertado el testimonio de alguien que me habló de lo dificilísimo, y peligroso, que resulta presentar candidaturas constitucionalistas en infinidad de municipios catalanes.  Confirmo, a base de seguir sondeando y hablando con unos y otros, lo ya apuntado: no hay voluntarios para presentarse en las listas de los partidos constitucionalistas. Su vida sería un infierno, baste echar un vistazo a los ataques de las sedes de estos partidos por toda Cataluña. O las amenazas en sus domicilios. Ni pensarlo. Prefieren vivir en modo “supervivencia” o stand by antes que arruinarse la vida. Por esta razón aumentan, en cada convocatoria electoral, las poblaciones de Cataluña donde no es posible votar partidos no independentistas. No es por que no pudieran cosechar votos, es porque hay verdadero miedo. Basta con recordar cómo recibieron a Inés arrimadas en Torroella de Montgrí, a base de vejación, gritos e insultos, y la escena final cuando se marchó de la localidad, desinfectando el suelo que había pisado. Atención: estamos hablando de una población en las que casi el 20% votaron a Ciudadanos. Es decir… 1 de cada 5 personas camina de puntillas por la calle, como si pisase huevos. “¡Hay que anular a ese 20%!” es la consigna.

Los independentistas saben que esta estrategia les funciona de maravilla, y por eso siguen y persisten en ese acoso sigiloso. Insisto que no toda la gente de estos pueblos comulga con esta agresividad, pero hay una ola que les arrastra y un miedo a ser tachados de “enemigos” y por ello prefieren vivir en paz y no buscarse problemas innecesarios, que la vida ya es suficientemente complicada. Los panfletos separatistas y, Síguenos en Facebookpor descontado, la contaminación persistente de TV3, construyen el marco mental: con coloridos mapas muestran infinidad de poblaciones en las que los partidos constitucionalistas tienen cero votos, cero regidores, cero alcaldías. La guinda del pastel es la repugnante y vil propaganda que lanzan a los cuatro vientos de la Europa democrática: un mapa de Cataluña donde el color independentista oculta la verdad, silenciándola bajo el clamoroso grito “¡Estamos oprimidos!”, “¡Aquí nadie vota a partidos constitucionalistas (es decir, fascistas), España quiere destruirnos!”, “¡Libertad, somos un pueblo democrático!”.

Supongo que todos los que vivimos en las capitales de provincia de Cataluña, o en sus principales ciudades, intuimos esta realidad que hoy les explico por haberla vivido durante unas semanas; pero vivirla es tenebroso, desalentador, triste, se lo aseguro. Tractoria es muy verde, sí, una postal que enamora y uno quisiera enviar por correo, pero no es un valle feliz. Vuelvo a Barcelona con sensaciones muy encontradas. Por un lado un malestar inevitable, una amalgama de sentimientos que me subleva el ánimo, y por otro con la alegría y el orgullo de saber que este país está lleno de héroes. Ser un héroe en Barcelona es muy fácil. No tiene ningún valor. Los verdaderos luchadores están allí.

Deberíamos dedicarles más atención, toda la atención. Y darles más voz y más cariño.

Joan Puig-FirmaPuedes seguir a Joan Puig en twitter como @avecesensayo

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