Odisea electoral

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LA ODISEA DE UN SUFRIDO CIUDADANO EN UNA MESA ELECTORAL

 

Tengo un amigo que se llama Antonio. En realidad conozco al menos a treinta y dos tíos con ese nombre, pero lo que voy a contar se refiere a uno en concreto. Había pensado llamarlo de otra manera, para proteger su identidad, pero considerando que en España debe haber al menos un millón de Antonios, me ha parecido innecesario. Por lo que, a partir de ahora, cuando me refiera a mi amigo Antonio, lo llamaré Antonio.

También tengo una amiga llamada Violeta, a la que había pensado llamar Mari Carmen, pero puesto que no tiene nada que ver con esta historia, he decidido olvidarme de ella y ceñirme exclusivamente a Antonio.

8896235152254169211Antonio es un ciudadano cabal y respetuoso con la ley, por lo que cuando fue convocado para formar parte de una mesa electoral en estas pasadas elecciones, no trató de buscar ningún pretexto —ya saben: “no puedo estar sentado más de media hora por problemas circulatorios”, “tengo previsto un viaje a Pernambuco”—, pese a que el «regalito» le apetecía tanto como hacer el camino de Santiago desnudo, sin zapatos y en pleno agosto. Asumió su condición de elegido de manera estoica y solidaria, tratando de consolarse con la única parte positiva que encontró: los sesenta y cinco euros que le pagarían por todo un día de servicio a la patria. Aunque no sin antes evocar a todos y cada uno de los políticos que le iban viniendo a la memoria, a los que cubrió de amables improperios. Pero al final, como buen español, resignado y conformista, se dispuso a empollarse el manual de instrucciones que un empleado del ayuntamiento le entregó personalmente en mano, decidiendo que pasaría de acudir a la reunión previa en la que les explicarían personalmente cuales son las funciones de un vocal. Lo que no podía imaginar es que el panfleto de marras era tan extenso y farragoso como las instrucciones de uso y disfrute de un reactor de fusión nuclear; incluso —concluyó, sacando humo por las orejas— bastante menos inteligibles.

Empezó a ojear el manual, y se detuvo en la tercera página, donde se leía:

Funciones de los miembros de la Mesa electoral:

Ir a las 8 de la mañana al local electoral y presentarse en la Mesa que les toca.

Desalentado ante la perspectiva de pasar todo un domingo soleado encerrado en una sala, rodeado de interventores y papeletas, mientras todo su barrio desfilaba frente a él, Antonio, arrojó el manual al suelo con evidente hastío, decidiendo que no volvería a pensar en ello hasta el mismo día de las elecciones. Mientras, su mujer le dedicaba una mirada reprobatoria que venía a decir: “recoge esos papeles ahora mismo y ponlos sobre la mesa, que por donde pasas dejas huella, hartita me tienes…”.

Y llegó el día de las elecciones. A las ocho menos cinco Antonio se presentó en la mesa sin esforzarse por ocultar su fastidio. Le recibió un individuo alto y grueso, que, rebosante de orgullo, afirmó ser el presidente de la mesa. Era evidente que para aquel tipo presidir una mesa electoral representaba el momento cumbre de su vida personal, pensó Antonio —“hay que ser imbécil”—. Esa idea tomó más y más fuerza a medida en que durante la jornada iban presentándose amigos y conocidos, que le felicitaban como si en lugar de una mesa electoral, hubiese sido nombrado presidente de Estados Unidos, o le hubiera tocado el «Euromillón». Por suerte para Antonio, su familia estaba censada en otro distrito, por lo que evitó tener que pasar por el trance de encontrarse con ellos. A excepción, claro, de su mujer, que acudió a votar alrededor del medio día, aprovechando para entregarle un paquetito que le deslizó con total disimulo, como si contuviese medio kilo de cocaína en lugar de un maldito e intragable bocadillo de jamón y queso de pan Bimbo, sin tomate o mantequilla.

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Pero no nos adelantemos, que lo que explico fue ocurriendo a posteriori. Sigamos un orden cronológico. Una vez constituida la mesa, y cuando todo el mundo estaba en su sitio con las ideas más o menos claras sobre cuáles eran sus funciones, comenzó una silenciosa espera hasta que fue la hora exacta de abrir las puertas del colegio.

Al poco entró el primer votante; un señor de edad más que avanzada, vestido como en una de esas telenovelas que televisión española emite en la sobremesa, rasurado a conciencia, y con una nube de olor a Varón Dandy flotando a su alrededor que inundó toda la estancia. Su “buenos días señores” retumbó entre las cuatro paredes, seguido de un “y señoras”, en tono mucho más comedido, acompañado de un gesto reverencial dirigido hacia las mujeres que conformaban el equipo de la mesa y a los interventores de los partidos. A continuación, se dirigió a la cabina y tras más de diez asombrosos minutos en su interior, salió con los sobres correspondientes en una mano y su carnet de identidad en la otra. Se diría que había estado decidiendo sobre el sexo de los ángeles o el misterio de la Santísima Trinidad.

Mientras tanto, varias personas más habían ido penetrando en el aula y procedido según la costumbre. Así trascurrieron treinta espesos minutos, que a Antonio se le antojaron tres horas, sin incidencia ni anécdota digna de mención. Su cara de aburrimiento solo era comparable al entusiasmo reflejado en el rostro del presidente de la mesa, que parecía estar viviendo una experiencia religiosa.

Comprobaba la identidad de los votantes y se aseguraba de que estuvieran en la lista. Ésa era, básicamente, su función. El trabajo más inútil que Antonio había realizado en su vida. Así al menos es como él lo sentía.

Los ausentes“¿Dónde están las papeletas de Vox?, ¿Eh, dónde? ¡Porque aquí no veo ninguna. Esto es un escándalo!” Era doña Josefa, la pescadera. Todo el mundo la conocía, así que en cuanto escucharon sus gritos miraron para otro lado, como si nada fuera con ellos. Pero el apoderado de Podemos, un joven con la mitad de la cabeza rapada y la otra mitad con rastas, se acercó educadamente a ella, en un amable intento por mostrarse colaborador, y, de paso, hacer ostentación de su tolerancia. “Señora, ¿me permite que la ayude?” “¿Tú quién coño eres? Aparta. ¿No te da vergüenza llevar esos pelos? Quita, quita”. El joven ignoró su comentario y, aproximándose a una mesa en la que había ordenadas por partidos cientos de papeletas, cogió unas cuantas que le mostró a la mujer, diciéndole: “¡Aquí tiene sus papeletas, señora, que le aprovechen y viva España!”. Y se alejó, dejándola sumida en su refunfuño entre dientes, mientras cogía las papeletas y los sobres mirando a su alrededor por encima del hombro. Antonio observaba de reojo, descojonándose por dentro, pero manteniendo su semblante impertérrito, tan serio como en un funeral.

La cosa se fue animando a partir de las once, y hubo momentos en que la cola para llegar a las urnas era notable. La gente se saludaba con cortesía, pero sin privarse de largar comentarios jocosos y puyas cargadas de sarcasmo: “A ver a quién vas a votar, vecina”; “Pues a los tuyos no, descuida”; “Qué poquito os queda, se os acaba el chollo, cabrones”; “No estés tan seguro, y haz el favor de no insultar”; “No sé ni para que votamos, total no va a cambiar nada”; “Porque es lo que hay que hacer, Paco; si no votas luego no te quejes”; “Esto es una farsa, ni democracia ni hostias, son todos iguales”; “Pero, a ver, qué otra cosa podemos hacer”; “Yo nada más votaré a la alcaldía, Europa me importa una mierda, a mí lo que me interesa es mi ciudad”; “Pues debería importarte, Ginés, que lo que decidan en Europa luego nos afecta a todos”; “¡¡¡Bahhh!!!”; “¿Has visto a Ramón? ¡Está de interventor por Podemos. Madre mía, no me lo puedo creer. Con setenta años y se mete a comunista! ¿Pero es que ese hombre no ha aprendido nada?”.

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Ya a las dos de la tarde, aquello se le estaba haciendo más largo a Antonio que la segunda parte de “Los diez mandamientos”. Faltaban todavía seis horas para el cierre, y luego vendría el escrutinio, rellenar los formularios correspondientes, las actas, la entrega de sobres en el juzgado… en definitiva: ¡una pesadilla!. Estimó que llegaría a su casa de madrugada, y se consoló pensando que al día siguiente no tenía que trabajar.

Luego vino un parón. El parón. Que en democracia el condumio, es decir, el «comercio y el bebercio», es esencial. Sin eso no hay democracia, solo barbarie. Alguien preguntó si alguien quería un café. Antonio odiaba el café, no solo por su sabor, que encontraba áspero y aborrecible, sino también porque consideraba que era una droga socialmente aceptada, y él estaba en contra de eso. Bueno, en realidad Antonio estaba en contra de casi todo. Formaba parte de su carácter.

Las horas transcurrieron espesas como la melaza. Se iba acabando el día y no pasaba nada que en el futuro pudiese contarse como una anécdota divertida, digna de ser recordada. Algún que otro carné olvidado; un tipo que regresó a los pocos minutos exigiendo que le devolvieran el sobre porque había decidido cambiar su voto; y un individuo, cuyo nombre no aparecía en las listas, y que puso el grito en el cielo amenazando con denunciar hasta al policía municipal que logró calmarlo a base de paciencia infinita .

Y por fin llegó el momento que parecía que nunca llegaría. El presidente de la mesa anunció que eran las ocho menos cinco, y que no había ningún potencial votante en la sala, excepto los propios miembros de la mesa que votarían después del cierre.

Constituidas el cien por cien de las mesas electorales andaluzasAntonio llevaba años sin votar, y actualmente no había ningún partido que le motivara a hacerlo, pero cuando los demás empezaron a preparar sus sobres, supo que debía hacer algo, aunque fuese por puro disimulo. Entonces sintió la manaza del presidente cayendo sobre su hombro al tiempo que exclamaba “Antonio, venga, que te toca”. Una vez más, como sucediera en varias ocasiones durante el día, Antonio tuvo que reprimir el fuerte impulso de mandar a aquel tipo a la mierda. Sin embargo, lo que hizo, fue echar mano al montón de papeletas que tenía más cerca y coger una al azar. Cuando fue a doblarla para introducirla en el sobre leyó: “Partido comunista de los pueblos de España”. “Coño, pero ¿estos todavía existen?” —pensó mientras reprimía una carcajada—. Aun así, se quedó con ella y decidió que las otras dos también serían para ese partido. “Total, no creo que les vote nadie más”, cosa que pudo constatar al final del recuento.

Y empezó el escrutinio. Destaparon la primera urna y en el acto, los apoderados del PP, Ciudadanos y PSOE se lanzaron como buitres sobre ella, siendo interrumpidos por el vozarrón de Antonio, que exclamó: “¡Al que meta la mano ahí, se la corto!”. Todos se volvieron hacia él. “A ver, que según el manual, los votos solo los puede tocar el presidente. Creo”, “Eso es correcto, Antonio”. “Perdón”. “Bueno, pues vamos a lo que vamos. Si alguien no se comporta lo expulso de la sala”. Antonio pensó que el presidente de la mesa llevaba todo el día esperando la ocasión para decir eso.

Síguenos en TwitterAbrieron el primer sobre y el presidente lo leyó en voz alta, con un tono que a Antonio se le antojó correspondía a un Poncio Pilato anunciando la liberación de Barrabás. El siguiente lo leyó como si pusiera “and the oscar goes to…” Solo por la manera en que pronunciaba el nombre de los partidos, ponía de manifiesto su falta de neutralidad. “Menudo idiota”, pensó Antonio. Seguía abriendo sobres y mostrándolos a los demás como si fuese un árbitro mostrando la tarjeta roja a un jugador. “Partido comunista de los pueblos de España. ¡Coño, ¿pero estos existen todavía?! Perdón…” —exclamó. Era el voto de Antonio, que al escucharlo no pudo evitar esbozar una sonrisa malsana.

Una vez concluido el escrutinio, llegó el momento del papeleo: rellenar actas, formularios, listados y un largo etcétera burocrático. Hecho eso, se dispusieron a preparar toda la documentación para dirigirse al juzgado, donde entregarían todo y darían por concluido y enterrado aquel maldito y soporífero día. Tuvieron que hacer cola, aunque no tan larga como Antonio presuponía.

Síguenos en FacebookY por fin, a la una y veinte de la noche, Antonio cruzó el umbral de su casa comprendiendo por primera vez lo que debieron sentir los israelitas al llegar a la tierra prometida tras cuarenta años vagando por el desierto. Su mujer se había quedado dormida, con la televisión puesta, en el sofá, esperándole. No tenía ni hambre. Tan solo deseaba quitarse la ropa, darse una ducha, y meterse en la cama para no volver a pensar más en aquél interminable día. De hecho solo deseaba borrarlo de su recuerdo.

Al día siguiente Antonio se enteró de los resultados. Como de costumbre, todos habían ganado. “La vida es un circo, una feria de vanidades y banalidades”, pensó. Y no pudo reprimir una sonora y liberadora carcajada.

Jorge R. Rueda-FirmaPuedes seguir al escritor Jorge Rodríguez Rueda en Facebook y en Twitter Si su novela, “Gente Corriente”, no está disponible en tu librería habitual puedes adquirirla en Amazon.

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Autor- JJorge Rodríguez RuedaImagen de cierre de artículos

 

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. JorgeRR dice:

    Reblogueó esto en Licencia para escribir y comentado:
    Un relato inspirado en la vida real.
    Cualquier parecido con la realidad es puramente intencionado.

    Me gusta

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