Enrollarse en un museo

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¿Soy el único a quien se lo parece? De todos los lugares del planeta, hay quien viene a enrollarse a los museos. Como asiduo visitante de las “casas de las musas”, lo tengo comprobado. He visto a parejas de adolescentes hacerse arrumacos frente a Las Meninas, frente a la Familia de Carlos IV e incluso frente al Guernica, que ya tiene pecado.

No se salva del roce afectuoso de los tortolitos ni la Victoria de Samotracia ni la Venus de Milo, asediada, ¡ay!, por multitudes de turistas que revelan con sus acciones que apenas saben lo que tienen ante sí. En lugar de admirar la belleza, se limitan a fotografiarla y seguir adelante como si fuese el anuncio de un piso que puede interesar a un conocido.

Pero volvamos al rollo, al lío, a la aventura y al tema. Quizás aquí comienza el desafío: ¿qué se traían entre manos aquellos chicos que se plantaron frente a mí en el Salón del Trono del Castillo Real de Varsovia? Andaba yo admirando el rojo vibrante y el brillo plateado de las águilas de Poniatowski cuando se me pusieron delante dos adolescentes. Él la abrazaba a ella por detrás mientras la guía explicaba la destrucción del edificio a manos de los malditos nazis en 1939. Aquel trono simbolizaba el canto de cisne de Polonia antes de que se la repartiesen Prusia, el Imperio Ruso y el Austriaco. Representaba la Constitución del 3 de mayo de 1791, la primera de Europa. Era el testimonio de la grandeza renacida y la gloria recuperada. Y ahí estaba el tipo con la chica como buscando el orificio de entrada de una bala perdida en algún lugar del torso. ¿Era un rollo o un lío? ¿Era amor o sólo deseo? ¿La sedujo en el Salón del Trono o venían explosivos de casa?

«Quizás exista un síndrome de Cupido que dispara la libido de quienes acuden a una pinacoteca o un edificio histórico.»

0287_BANNER_300x250_GIF_V01_CHICO_PLAYA_VANGUARDIADurante su viaje a Florencia en 1817, Stendhal presentó los síntomas del síndrome que lleva su nombre: “Había llegado a ese punto de emoción en el que uno encuentra las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”. Quizás exista un síndrome de Cupido que dispara la libido de quienes acuden a una pinacoteca o un edificio histórico. Eso explicaría por qué uno camina por los Uffizzi y ve a las parejas cogidas de la mano como si la belleza de los Botticelli los volviese más sensibles a los propios afectos.

Síguenos en TwitterLos artistas del Renacimiento sabían del poder del erotismo en el arte. David se prepara para arrojar la piedra que derribará a Goliat, pero su belleza humanística representa a Florencia, que no vence por la fuerza sino por la inteligencia. Las esculturas de Miguel Ángel celebran el cuerpo humano en lugar de ocultarlo. No debería sorprendernos que los amantes se vengan arriba cuando contemplan sus formas. Nada, pues, contra los flechazos de Eros emboscado tras los pliegues de Venus.

Ahora bien, hay jardines bellísimos como el de Bóboli o los de La Granja. Uno dispone de callejones cómplices en la Ciudad Vieja de Cracovia o en los prometedores canales de Venecia. Ahí están Central Park, Hyde Park y Fontainebleau. Vengan en mi auxilio todas las cúpulas de Europa, todas sus terrazas y sus miradores. Hay muchos lugares en los que encontrarse con quien se ama sin perturbar el disfrute de una obra que se exhibe en un museo.

Síguenos en FacebookMaquiavelo cuanta que, en su destierro, vestía sus mejores ropas al caer la tarde y se ponía a leer a clásicos como Tito Livio. El encuentro con la belleza exige cierto decoro. Mi profesor Fernando Pertierra decía que había que saber moverse en los sitios. Nunca fue más cierto que con un museo. Aquí están vedadas las carreras, las escenitas y los chupetones vampíricos. Uno puede disfrutar junto a quien ama de la pintura, la escultura o la fotografía, pongamos por caso, sin que eso implique un estallido hormonal que turbe la visión del visitante. El arte puede unir a los amantes no sólo en el tacto, sino también en la mirada.

Que las musas les sean propicias.

Ricardo Ruiz de la Serna-FirmaTiene perfiles en Twitter, en Facebook y en Instagram.

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Ricardo Ruiz de la Serna, entre otras cosas, escribe crítica de cine y libros. Le gustan el blues, el klezmer y el flamenco. Lee con devoción a Joseph Roth, a Bashevis Singer y a Anna Ajmatova. Es taurino, viajero y coleccionista. Ama el mar, el desierto y la montaña. Toma el café como los árabes, el té como los marroquíes y el arroz como los chinos. 

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