El hazmerreír final

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Desde hace ya bastante tiempo mi forma de explicar, o de narrar, el dichoso y eterno Procés filofascista catalán ha variado sensiblemente. Recuerdo que antes, cuando alguien no versado en materia me pedía que le explicara qué pasaba en Cataluña, me embarcaba en extensas divagaciones, sesudas y pormenorizadas. Si la pregunta giraba, por ejemplo, en torno a los motivos que habían impelido a un pueblo históricamente bendecido por el «seny» —ese mítico y falso “sentido común”, pragmático y propio de las tribus recolectoras y comedoras de cebollas del Noreste peninsular— a arrojarse en los brazos del populismo más cavernario y el totalitarismo más repugnante, yo me investía en un halo de Doctor cum laude en historia y antropología social y hablaba, largo y tendido, de los devastadores efectos de la crisis económica sobre las clases medias; de la imposibilidad de ofrecer a los catalanes un pacto fiscal «a la vasca», cuando estábamos al borde de la intervención y con la prima de riesgo desbocada, galopando por las nubes; de la vergonzosa huida hacia adelante de Artur Mas, asustado por el acoso de los podemitas neonatos del 15-M, y con órdenes de tapar, a toda costa, la vergüenza y el latrocinio del 3% de la «Costra Nostra» catalana y su inmundo contrabando de decenas de miles de «misales» entre la parte alta de Barcelona y Andorra y las Islas Caimán. Articulaba mi discurso sobre ese eje, sin olvidar, claro está, el taimado plan de abducción a largo plazo trazado por el energúmeno enano saltarín y padre de la patria; ya saben: su famoso programa nacional para reducirnos a todos, a base de riego por goteo e inmersión lingüística, a la condición de vainas verdes extraterrestres.

Claro, después de todas esas explicaciones, a mis interlocutores se les quedaba la cara a cuadros, como un patchwork, porque tanto maquiavelismo concentrado no cabe en una mente sana. La lógica no entenderá jamás a la sinrazón. Imposible.

8896235152254169211Pero con el andar del tiempo, reflexionando en los muchos años que esta cuadrilla de merluzos congelados nos ha robado la felicidad personal y la paz social, y harto de consumir energía y saliva en explicaciones, opté por una línea argumental distinta. Así, cuando ahora alguien me pregunta por el Procés zanjo el asunto de forma taxativa con un: “A ver, mire usted, este proceso hispanofóbico, etnicista, totalitario, xenófobo, supremacista y asqueroso a más no poder se divide en tres claros períodos: una primera etapa, entre 2012 y 2015, presidida por Artur «gastaespejos» Mas, en la que los catalanes constitucionalistas vivimos amedrentados, silenciados, insultados y ninguneados por esta horda de gorilas esquizoides, a los que no se les podía ni toser, y abandonados, para colmo, a nuestra suerte por el Gobierno de España; una segunda etapa, tras el “butifarréndum” del 9-N y la renuncia de Artur Mas —enviado a la «papelera de la historia» por los sudorosos cuperos del “mambo”—, presidida por Puigdemont, un espantapájaros enajenado, sin oficio pero con beneficio, escapado de un frenopático de alta seguridad, que acabó en el “morcilléndum-2”, la DUI y el take the long way home to Waterloo, que nos hizo reaccionar a todos como un solo ser, sacándonos a la calle y enfrentándonos a ellos a cara de perro, y, finalmente, una tercera etapa en la que las cosas han cambiado drásticamente y la tortilla ha dado la vuelta en la sartén…”

La tercera etapa, en ella estamos, es la del ridículo cósmico universal del nacionalismo catalán; con un tercio de sus heroicos cafres delincuentes huidos al extranjero, viviendo del cuento y del dinero apoquinado religiosamente por una legión de bípedos cuasi Síguenos en Twitterpensantes que se rascan el bolsillo para llenar la “caja de resistencia” de la que viven a cuerpo de rey mientras construyen su «República 13 Rue del Percebe» en Bélgica, Inglaterra y Suiza; un segundo tercio con cara de acelga cocida está sentado en un banquillo, a la espera de una condena que todos deseamos que sea de las que marcan época; finalmente, el último tercio permanece atrincherado en el Palacio de la Particularidad de Cataluña, actuando como un comando de partisanos saboteadores, con el unabomber Quim Torracista —lo de “to-rracista” es ©2019 de nuestro querido Juan Poz— al frente, un Muy Hedorable Presidente cuya única misión es hacer el ridículo y causar sonrojo allá donde va.

Y es que esta tercera —aunque lamentablemente no última— temporada del Procés es, por antonomasia, la de la carcajada coral a mandíbula batiente, la de la burla descarnada y el sarcasmo llevado al límite, ante las asombrosas chapuzas, vergonzosas hazañas, patéticas payasadas y risibles hecatombes que generan esta colección de espantajos enajenados a su paso. Son como unos “Pepe Gotera y Otilio, sediciosos a domicilio”, con perdón del gran Ibañez. Ver cómo en el espacio de una semana, una sola semana, Síguenos en Facebookel Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo declara inadmisible la demanda de Puigdemont y Forcadell por la suspensión del pleno parlamentario del 3 de octubre de 2017; cómo inhabilitan a Rull, Turull, Sánchez y Junqueras en el Congreso, y a Romeva en el Senado; cómo la fiscalía se reafirma en su dictamen de rebelión y pide penas de 25 y 17 años para casi todos ellos; cómo se evidencia su manifiesta desvergüenza y mentiras en el asunto del «Informe de la ONU»; de qué modo tan claro y directo los empresarios reunidos en Sitges le dicen a ese bebedor de ratafía que se deje de monsergas e independencias etílicas y se preocupe de normalizar las cosas, y, finalmente, ver cómo les dan con la puerta en las narices a Puigdemont y a Comín al intentar acceder a las instalaciones del Europarlamento en Bruselas, no tiene precio. Impagable.

Por lo tanto, cuando se refieran al Procés no pierdan de vista esas tres etapas que hemos vivido y vivimos, que se sintetizan en miedo, rebelión e hilaridad. Cierto es que nuestra sociedad está rota por los cuatro costados, que esto no tiene arreglo alguno, que el capital de paz social, respeto y afecto, entre ciudadanos, convecinos, amigos y familia se ha perdido y ya nunca se recuperará, y que sin duda alguna ellos, esos seres superiores colgados de las ramas de un guindo, jamás bajarán de su árbol de intolerancia y odio milenario, como los buenos simios arborícoras que son y seguirán siendo, y tampoco pierdan de vista el hecho de que volverán a la carga, una y otra vez, porque son irreconciliables e irrecuperables para lo social. Volverán, sin duda alguna, a intentarlo, en el futuro, porque esa base social de fanáticos crecerá. De hecho, crece a razón de 350.000 nuevos votantes, adoctrinados por las madrasas nacionalistas, cada cuatro años. Les recomiendo que al respecto lean el preocupante artículo de Joan Puig que publicamos en este mismo número, con el título: “Cataluña, descanse en paz”.

Pero ahora mismo, toca reír, amigos míos, que de sufrir ya hemos sufrido suficiente; reír a carcajadas, sin piedad. A mandíbula batiente, hasta perderla y tener que gatear por el suelo para recogerla. Reír. Reírse de ellos, de la mañana a la noche, porque nada hay en este mundo que desarme y hunda más en la ignominia a estos felones filofascistas que comprobar que no solo el mundo mundial no les mira ni les hace caso, sino que, para colmo de oprobio y humillación, se ríe de ellos hasta la lágrima. Rían y sean felices.         

Julio Murillo-FirmaPuedes seguir a Julio Murillo en Twitter @JulioMurillo57

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