Una horda de clones amarillos

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La práctica totalidad de los testigos que han desfilado esta semana ante el Tribunal Constitucional, citados por la defensa de los encausados, son prueba irrefutable de que los independentistas son clónicos.

 

Se mueven como un solo ser, como un cuerpo social único, como una mente indivisible; animados por un espíritu grupal, colectivo, que les lleva a reaccionar de forma idéntica ante los mismos estímulos, dictados u órdenes. Lo hacen al unísono, en formación, sin titubeos, dejando a un lado cualquier otro asunto o interés personal. Podríamos bromear, y repetir o recurrir a los siempre socorridos argumentos que todos habremos utilizado en más de una ocasión durante estos últimos e interminables años; ya saben a qué me refiero: a que son el fruto enajenado de la abducción por parte de vainas extraterrestres depositadas junto a sus lechos, como en el clásico de ciencia ficción «La Invasión de los ultracuerpos», o a que fueron hipnotizados como los ratones de Hamelín al son del flautín o del pífano embriagador de un President caradura, corrupto e indigno. Sí, todo eso está muy bien. Añadan incluso, si lo desean, la idea de que les afecta una «disonancia cognitiva» —que bloquea sus receptores neuronales, creando una pantalla impermeable a cualquier razonamiento que no encaje con los patrones preestablecidos que les han sido inoculados—; sumen el irrefutable daño causado por el adoctrinamiento goebbeliano a que han sido sometidos como sociedad durante décadas; no se dejen en el tintero la sacrosanta inmersión lingüística; ni la lucha milenaria de un pueblo agraviado y oprimido desde 1714; en fin, añadan lo que ustedes quieran añadir… Pero ni todo eso reunido logrará explicar satisfactoriamente el misterioso funcionamiento de la mente, espíritu y voluntad endogámica y onanista de un colectivo irreconciliable en lo social, irrecuperable en lo psicológico, e indeseable en cuanto a convivencia se refiere.

No esperen que yo resuelva el jeroglífico, porque me siento incapaz. Pero permítanme, eso sí, que le eche una pizca de humor al asunto y me detenga en algunas características, anecdóticas si quieren, que forman parte de ese incomprensible común denominador o acervo étnico que les homologa y habita por igual. Veamos…

8896235152254169211A lo largo de esta semana han desfilado ante el tribunal Constitucional decenas y decenas de testigos convocados por la defensa de los encausados. Todos ellos, más allá de su pertenencia a la secta del lacito y sus  relatos y testimonios, que veremos a continuación, presentan algunas características comunes: proceden de pequeñas localidades y municipios de la «Tractoria profunda», de menos de dos mil o tres mil habitantes; no sufrieron la “brutal represión” de los sanguinarios Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, desplazados a núcleos urbanos más importantes; pudieron votar a placer en casi todos los casos; están comprendidos en un segmento u horquilla de edad que oscila entre los cincuenta y los setenta y cinco años… ¿Me siguen? ¡Sigamos!

El «relato» de cómo vivieron todas esas personas el 1 de octubre de 2017 es de “disco rayado”. Apenas hay diferencias significativas que los personalicen o adornen como seres individuales, plurales e irrepetibles. De entrada todos ellos afirman haberse presentado entre las cinco y las seis de la madrugada —¡alucinante!— en los colegios electorales de su localidad, sin finalidad o mandato específico. No tenían llaves. No estaban designados como responsables de la votación, ni a cargo de mesa alguna. Niegan haberse puesto de acuerdo entre ellos. Nada de WhatsApp o Telegram. Ninguno vio a policías o guardia civiles, solo a binomios pasivos de los Mossos. Ninguno sabe explicar cómo funcionó la votación, qué medios electrónicos la hicieron posible, cómo se aplicó el censo universal, qué control regía en las mesas, cómo se efectuó el recuento, cómo llegaron las urnas o de dónde salieron las papeletas. Estuvieron, todos ellos, más de quince horas al pie del cañón, porque no querían perderse ni el más mínimo detalle, porque ese era un día histórico destinado a perdurar durante milenios en la memoria de todo un pueblo. Pero que si quieres arroz: no se enteraron de nada, no saben nada, no recuerdan nada significativo, lo ignoran todo y se limitan a poner cara de merluzos ante cualquier pregunta capciosa que persiga acorralarles o evidenciar una contradicción. 

«La inmensa mayoría hace gala, pese a los estudios superiores de algunos, de un nivel cultural muy pobre, una capacidad de análisis limitadísima, y un dominio paupérrimo de la lengua española.»   

Todos ellos, sin excepción, cuando se les pregunta cómo convencían a los Mossos de que no intervinieran y les dejaran hacer a su antojo, afirman que alzaban los brazos; que se concentraban en las puertas; que se sentaban; que repetían la melopeya «volem votar»; que los recibían «haciendo» cánticos —sí, lo de «hacer» cánticos tiene mucho pecado…—; que estaban emocionados; que ese era el día más importante de sus vidas; que no sabían que lo que estaban haciendo fuera ilegal porque nadie les notificó por carta que fuera ilegal; y que cómo puede ser ilegal votar; y que sí, que sí, que algo habían oído por la televisión, pero que les hacía mucha ilusión y pensaban que esa prohibición no iba con ellos… Es decir, como Fuenteovejuna pero en versión tonto de remate catalán.

Síguenos en TwitterSin excepción todos resultan chulescos; se sienten superiores; reafirman que lo volverían a hacer una y mil veces; creen ser demócratas, pacíficos, alegres e inclusivos, cojonudos hasta decir basta; la inmensa mayoría hace gala, pese a los estudios superiores de algunos, de un nivel cultural muy pobre, una capacidad de análisis limitadísima, y un dominio paupérrimo de la lengua española. Lo mejor, claro está, es que todos ellos son feministas, universalistas, ciudadanos del mundo, solidarios y antifascistas. Y encantadores, porque contestan a algunos fiscales no ya por educación, que eso está demodé, sino por “imperativo legal”, que es concepto que les ha calado hondo y ahora repiten como cotorras, pues denota mimbres jurídicos. Nada nuevo, la impostura les enloquece.

La pregunta que cabe hacerse tras todo lo contado es la siguiente: ¿Cómo es posible que decenas y decenas de personas, más allá de compartir un idéntico fin político, estén cortados por el mismo patrón hasta en los detalles más nimios e insignificantes? Pues es Síguenos en Facebooksencillo: los nacionalistas separatistas constituyen una sociedad cerrada, hermética, impermeable, endogámica, onanista, ensimismada, infantiloide, agraviada, rencorosa, adoctrinada, etnicista, farisea y fanática. No esperen ver a ninguno de ellos hacer un acto de contrición o embarcarse en la más mínima reflexión. Nunca les escucharán decir: «Tienen ustedes razón, nos hemos equivocado, no lo hemos hecho bien; hemos sido unos totalitarios, les hemos maltratado, les hemos insultado, no se merecían eso, ése no era el mejor de los caminos a seguir…» Nunca. Jamás. A ninguno de ellos. Y es que son una horda de clones, de réplicas, tan feas como perfectas, de un arquetipo mental contra el que no hay nada que podamos hacer. Son «Caminantes Amarillos» que esperarán ante el muro cuanto tiempo sea preciso hasta que logren abrir brecha y derrumbarlo. Lamentablemente no tenemos ni acero Valyrio, ni Vidriagón que les contenga. Ni siquiera un mal 155, porque para mayor desgracia en el Trono de Hierro se sienta un verdadero inepto.   

Julio Murillo-FirmaPuedes seguir a Julio Murillo en Twitter @JulioMurillo57

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Autor- Julio MurilloImagen de cierre de artículos

 

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