Tiempo después

juan poz

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Lo irrepetible y protocanónico es, por definición, insuperable, y parte de la cultura popular: «Tiempo después», o el lastre de la fórmula magistral cuya eficacia aún, a ratos, funciona.


jose-luis-cuerda_1285681478_89343007_667x375Título original: Tiempo después  Año: 2018  Duración: 95 min.  País: España  Dirección: José Luis Cuerda  Guion: José Luis Cuerda (Novela: José Luis Cuerda)  Música: Lucio Godoy  Fotografía: Pau Esteve Birba  Reparto: Roberto Álamo,  Miguel Rellán,  Blanca Suárez,  Arturo Valls,  Carlos Areces, Manolo Solo,  Gabino Diego,  Miguel Herrán, Berto Romero, Daniel Pérez Prada, Antonio de la Torre,  Joaquín Reyes, Raúl Cimas, Nerea Camacho, Pepe Ocio, Secun De La Rosa, Iñaki Ardanaz, María Ballesteros,  Saturnino García, César Sarachu,  Javier Bódalo,  Joan Pera,  Estefanía de los Santos, Martín Caparrós, Fernando González, Marcos Zan, María Caballero, Luis Pérezagua,  Nacho López, Andreu Buenafuente,  Eva Hache, Daniel Romero, etcétera.


Cuando se ha entrado por derecho propio en la Historia del Cine, con una obra singular y al margen de todas las corrientes habidas y por haber, y además se ha dejado una impronta coloquial tan poderosa como la del título de la obra maestra de José Luis Cuerda: «Amanece, que no es poco…», que salpica con su ingenio de ascendencia senequista cualquier conversación culta o inculta que se precie, ¿a quién no le parece, en principio, una aventura condenada al fracaso intentar volver a reproducir la magia de aquella obra sin parangón posible? Sirva este preámbulo para afirmar que lo cierto es que he ido al cine con una prevención notable, propiamente a la defensiva, diría, por todo lo que acabo de decir, y porque el refrán famoso de las segundas partes, a pesar del Quijote, casi siempre suele acertar.

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No sabía qué iba a encontrarme, pero el concepto futurista y escasamente distópico del planteamiento, junto con un arranque hábilmente concertado entre la poesía de las imágenes y la seducción de la banda sonora me han abierto el apetito fílmico enseguida. El prodigio de la supervivencia del edificio Torres Blancas de Madrid, en medio de un paisaje de John Ford, con el eco de la estatua de la libertad en el final de «El planeta de los simios», de Franklin J. Schaffner, tiene suficiente entidad como para, de la mano de los canónicos guardias civiles que pasean por el reino de Bastos, ir abriendo las habitaciones de un vodevil que tiene momentos muy logrados, logradísimos me atrevería a decir, junto a *chirriaduras de alto voltaje… Como estamos en una suerte de 13, Rue del Percebe concebida como el reino de Bastos, opuesto al campamento de chabolas donde viven los agitadores que se pueden “despersonalizar” si dejan de ser la amenaza de pega que les ha tocado ser en el reparto del nuevo orden nacional miles de años hacia adelante, las diferentes realidades de los distritos de lo real que van apareciendo tienen la virtud de seducirnos en mayor o menor grado.

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Así, la historia de los barberos, con una estupendísima y natural interpretación de Berto Romero como fantasma del barbero-poeta asesinado por su fallido competidor, tiene mucho mérito, frente al guiño discreto del pastor y las ovejas de «El ángel exterminador», de don Luis Buñuel o el fallido de los jóvenes pasotas-filosóficos. Construida, como la precedente, por el método de la acumulación, hay, no obstante, un resto de hilo argumental que se parece mucho a un desarrollo narrativo clásico: el enfrentamiento entre el Reino y los chabolistas, quienes, como si de la Bastilla o el Palacio de Invierno  se tratase, se conjuran para asaltar el edificio donde reside el “otro” mundo: un reino que incluye un alcalde elegido democráticamente, y unos personajes simbólico-estrafalarios cuyas “ocurrencias”, usualmente en un tono cultista, van derramándose a través del metraje sin otra finalidad que servir de oculta crítica en clave elemental, a diestro y siniestro, de una situación política que se ha ido sucediendo, de forma ostensiblemente inmovilista, a través de los tiempos hasta ese futuro en el que todo sigue siendo desoladoramente lo mismo de siempre.

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En esta ocasión, y dada la “lucha de clases” que se escenifica, entre las fuerzas reaccionarias y las fuerzas progresista, la aparición de personajes como el cura carlistón del trabuco remite más a García Berlanga que al propio antecedente de «Amanece, que no es poco…» En términos generales, y eso es básico para atraer al espectador, actores y actrices son determinantes a la hora de invitarnos a entrar en el disparate universal que hemos de aceptar como realidad. La elección, para papel tan destacado, de Roberto Álamo, no me parece la mejor, pero eso, como todo en este arte séptimo, va en gustos. Todos los demás están a la altura de los cometidos surrealistas (¡ya tuvo que salir el palabro…!) y Carlos Areces brilla al nivel del gran cómico que es, del mismo modo que Manolo Solo y Blanca Suárez, sobre los que recae gran peso de la película, junto a la pareja de la Guardia Civil, Miguel Rellán y Daniel Pérez Prada, todos ellos actuando al nivel del original del que parte la idea de esta secuela que el director salva a fuerza de puesta en escena, en esta ocasión.

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Distingamos, además, a César Sarachu, en el papel del enamorado Galbarriato, cuya actuación lamentamos que cese tan pronto. Y la fidelidad del Director que ha requerido, en sentido homenaje a «Amanece, que no es poco…», la presencia de Daniel Romero (el padre del cantante Jero Romero), “el del fandango”, quien entona el mismo fandango que en aquella con el mismo primor. Si la primera se rodó en escenarios naturales, como Liétor, que tuve la ocasión de visitar guiado por un hijo del lugar, la presente se ha realizado básicamente en estudio y en el interior del edificio Torres Blancas, de Saénz de Oiza, sobre el que tuve la oportunidad de ver un documental fabuloso en el que el arquitecto nos guiaba en una visita a edificio tan singular en una ciudad como Madrid, poco dado al aventurerismo arquitectónico, al menos hasta las Torres Kio, que uno recuerde…

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La puesta en escena, ya digo, es fundamental para apreciar las virtudes de esta película que en modo alguno pretende ser la “continuación” de lo irrepetible, aunque haya algo en ella de vieja “fórmula” de éxito que se repite, en parte, como un ensalmo para conjurar a los dioses protectores de la taquilla. Son muchos los productores, y son numerosísimos los actores y actrices que aparecen más propiamente como “cameos”, que como personajes con cierta entidad, como ocurre en el graciosísimo sketch del reclutamiento para la guerra contra los desposeídos.

Los encuadres, los espacios, los fondos, sobre todo el omnipresente del paisaje de los westerns de Ford, perfecto fondo del encuadre de la cama donde duermen, juntos, la pareja de la Guardia Civil, por ejemplo, las tomas cenitales o en contrapicado de la empinada escalera de acceso al edificio, a través de la cual se sube el carrito de las limonadas, pendientes, en todo momento, de que el Director ceda al guiño de «El Acorazado Potemkin», lo que no ocurre, gracias a Cuerda…, aunque sí que tenemos presente el motocarro de Cassen en «Plácido», eso sí. Mucho va de aquellos tiempos a estos, desde luego, pero Cuerda no renuncia a que se trace una línea cordial que una este presente con aquel pasado, y, en parte, he de reconocer que lo consigue. Es cierto, sin embargo, que buena parte de la artillería *gagística, sobre todo la relativa a la política, deja mucho que desear, porque tiene algo de ingenuo y manido al tiempo, como el rancio sabor de las nueces revenidas, por ejemplo, ya puestos a detallar…; flota en el ánimo del espectador, que Cuerda se ha dejado llevar por alguna que otra aportación de la cosecha propia de los muchos cómicos populares de nuestros días que aparecen, aunque quizás me equivoco y no les ha dejado meter baza ninguna, y lo que ocurre es que ha seleccionado a aquellos más adecuados al tipo de humor que ellos hacen por su cuenta, como el de los municipales, encabezado por Joaquín Reyes o el propio del barbero perdido en la aburrida nada de Berto Romero.

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Insisto, aunque hay no poco de explotación de una reconocida “fórmula” en la película, lo sorprendente es la vitalidad, la fecundidad de la misma, capaz, treinta años más tarde, de levantar una narración con tantos guiños que, solo la excelencia de los intérpretes es capaz de detener en pura, luminosa y jocosa mirada cítrica al presente, desde un futuro tan lejano.

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Juan Poz forma parte del elenco de escritores que da forma semanalmente a Ataraxia Magazine. Puedes seguirle en Twitter como @JuanPoz9 y también en su excelente blog de crítica cinematográfica «El Ojo Cosmológico de Juan Poz» y en su blog de crítica literaria «Diario de un artista desencajado»

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Autor- Juan Poz

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