Mi lucha, a examen

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Cuatro años y medio de lucha contra las mentiras, la estupidez y la cobardía: La doctrina nacional-racista de un pangermanista iluminado.

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He aprovechado la lectura que uno de mis heterónimos ha hecho de este libro para un proyecto sobre el que me abstengo de opinar, para hacer yo la mía particular: enfrentarme a él como si se tratara de la obra de un desconocido cuyo texto alguien nos pasa para que le echemos un vistazo, “a ver qué te parece”. Es decir, he tratado de hacer una lectura política del texto sin ningún condicionamiento histórico, como si el autor no hubiera sido el genocida que fue o como si estas ideas políticas nunca se hubieran o bien enunciado o bien llevado a la práctica.

Desde esta perspectiva, resulta evidente que el libro merecía semejante lectura atenta y que, al margen de los juicios que más adelante expondré, su lectura contribuye poderosamente a situar en el estricto nivel intelectual que les corresponde las aberraciones ideológicas que contiene, de tal manera que todo el mundo capaz de terminarlo queda avisado del potencial deletéreo que, para la convivencia interna y para las relaciones exteriores de un país, tienen dichas ideas, además de para la integridad física del discrepante, por supuesto.

Una lectura semejante permite descubrir también los aciertos organizativos, propagandísticos y estratégicos de un movimiento político como el que se articuló alrededor de las ideas que contiene el libro y, al mismo tiempo, permite esclarecer las causas que propiciaron su rápida ascensión en la tormentosa República de Weimar, con la que acabó. Estamos, pues, ante un texto político doctrinario de carácter fundacional con el que se entrevera una  autobiografía del fundador, una suerte de autoexaltación casi hagiográfica que busca la propia promoción para ocupar de forma indiscutible la jefatura del partido. Sobre el famoso carácter magnético de la personalidad de Adolf Hitler quizás se saque poco en claro con la lectura de su libro, pero que era un ser iluminado por un destino queda fuera de toda duda, y ya se encarga él de recordar que es portador de una misión trascendental para el pueblo alemán, y que nadie puede encarnarla como él, quien tiene la oratoria y la visión adecuadas para hacérsela llegar a las masas y seducirlas.

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La lectura y el comentario de Mi lucha es, a mi parecer, el mejor antídoto contra el fanatismo nacionalista, idéntico en todas las latitudes y épocas, y solo, en nuestros días, aparente y estratégicamente respetuoso con la legalidad democrática, de la que se aprovecha para ensanchar su base social. A pesar de que el libro tiene un evidente contenido autobiográfico, desde el que se asiste a la evolución política del autor como una reacción crítica contra el estado de cosas que encuentra en la sociedad de su época, tanto en Austria, como en Alemania, no es menos cierto que hay un evidente desorden en la exposición de su ideal nacionalracista, porque son frecuentes los saltos de unos temas a otros sin articular con solidez un pensamiento profundo, más allá de los eslóganes con los que se quiere persuadir a simpatizantes y a posibles adeptos futuros de acatar la obediencia ciega al Caudillo y al ideal del estado nacionalracista. De hecho, si alguna conclusión general puede extraerse de la lectura del libro es, paradójicamente, la honestidad del autor, quien, en primer lugar, dirige el libro a los convencidos de sus ideas: este libro no está escrito para los extraños sino para los adherentes al movimiento que pertenecen a él de corazón y desean ilustrarse a su respecto, y, en segundo lugar,  la exhibición, con pelos y señales, de todas las aberraciones ideológicas con que propone formar un gobierno totalitario en nombre de la nación germana, sin esconder ni suavizar ni matizar ninguna de ellas. En términos coloquiales: se le entiende todo. Y lo que no deja lugar a dudas es que nadie mínimamente letrado (pongamos el nivel de bachillerato) podría alegar a su favor, a la hora de exculparse por haberlo seguido –Gunter Grass entre ellos, por ejemplo–, que Hitler lo engañara. Es la sinceridad del mal, sin duda, pero sinceridad. No creo que la de la locura, porque, desde sus perversos principios fundacionales,  Mi lucha es un perfecto manual  de agitación política que contiene no pocos juicios que hoy subscribirían, como veremos, fuerzas tan dispares como Podemos, el PP, los nacionalismos y hasta el PSOE, a pesar de que la socialdemocracia, o mejor dicho, la destrucción de la misma, fue uno de los principales motores de la totalitaria actividad política del soldado que juró vengar la rendición del 18 y del acuarelista que vio en el arte de entreguerras el cáncer del espíritu nacional alemán.

La lectura del libro me ha interesado mucho, porque, a pesar de mi prejuicio inicial, que iba a leer la obra disparatada de un fanático racista, me he encontrado con la obra meditada y  coherente de un fanático racista que se explica con suficiente claridad e incluso mesura, acaso porque él estaba convencido de que solo la oratoria era el vehículo para atraer a las masas a su magna obra de destrucción, no la escritura: Yo sé que los partidarios conquistados por medio de la palabra escrita son menos que los conquistados merced a la palabra hablada y que el triunfo de todos los grandes movimientos habidos en el mundo ha sido obra de grandes oradores y no de grandes escritores. No obstante, la unidad y uniformidad en la defensa de cualquier doctrina exigen que sus inextinguibles principios se formulen por escrito. Sea, por tanto este libro la piedra angular del edificio con que contribuyo al conjunto de la obra. Y lo dejo todo muy clarito y con las palabras justas. Lo mejor de la obra es, así pues, que no hay lugar para la ambigüedad ni para los dobles sentidos ni para los equívocos ni para los sobreentendidos, dice exactamente lo que quiere decir. Lo que ya en su tiempo se vio como una “novedad” frente a la ambigüedad de los discursos evasivos de otras fuerzas políticas. En términos modernos, no tiene diferentes “niveles de lectura”.

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He tenido la sensación  de estar, a lo largo de la lectura, en presencia de un auténtico ideólogo y sólido estratega, no ante un burdo ni vulgar histrión, a pesar, sin embargo, de ciertos deslices patéticos a que recurre en sus exposiciones, a lo que contribuye, sin duda, el marcado carácter autobiográfico del texto. Con un político, en definitiva. De ninguna de las maneras con un artista fracasado, con un cabo resentido o cualquier otro estereotipo con que se le suele caricaturizar. De hecho, me parece que a lo largo del libro da muestras de analizar con sutil psicología el momento social que le tocó vivir, la durísima posguerra del 18, y con bastante más inteligencia política que todos aquellos que, en su momento, despreciaron el potencial de su movimiento, como si su paramilitarismo y su fe ciega en el germanismo ultrarreaccionario, racista, místico y belicista al tiempo, fuera un episodio folclórico de la política. Hitler, y esa es la lección que cumple aprovechar hoy en día, fue un auténtico “animal político” en el sentido meliorativo que le damos al término, independientemente del sistema en que se desenvuelva quien así es descrito. Y lo que llama la atención es su capacidad de maquinación para crear, prácticamente desde la nada, de un viejo partido nacionalista, casi una agrupación de amigos, un auténtico movimiento de masas que convirtió en un estado totalitario. A lo largo del libro repite por activa y por pasiva que su modelo es el de la Iglesia Católica, lo cual lo acredita como buen lector de los movimientos históricos y sociales.

Lo que resulta incomprensible, con todo, es cómo fue posible que una doctrina tan elemental, y una propuesta organizativa tan rígidamente jerárquica tuvieran tal capacidad de seducción. ¿Qué alemanes eran aquellos a quienes la promesa del sometimiento al dictado de un caudillo y a los intereses de un Reich que se deseaba milenario les enardecía? La derrota de la Primera Guerra Mundial no lo explica todo. Me parece evidente que el triunfo del nacionalsocialismo fue el triunfo de la plebe ignara, arrebatada poco a poco a los partidos de izquierda que no supieron defender la República de Weimar ni atraer a su discurso internacionalista a una masa herida en su amor propio nacional, una llaga en la que se recreó Hitler para, con la promesa del desquite y la venganza, cicatrizarla con el ungüento mágico del Reich inmortal y la conquista del mundo. Hitler los proveyó de sueños que eran ficciones, y de los que, salvo honrosísimas excepciones, como la descrita por Hans Fallada en Solo en Berlín, despertarían, casi sin enterarse, en el momento del hundimiento final. [Hans Fallada, por cierto, noveló con maestría excepcional este proceso incomprensible en una novela olvidada que merecería ser rescatada: Gustavo el férreo (Hay edición en español de José Janés, 1947)]

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Otra impresión que me ha provocado la lectura del libro es una extrañeza que supongo compartiré con cuantos intelectores lean estas líneas: que Hitler se refiera a su organización como un “joven partido” capaz de ilusionar a quienes se iban desengañando de los partidos tradicionales, “de toda la vida”. La percepción del movimiento hitleriano como un organismo joven que busca hacerse un hueco oponiéndose radicalmente a los mastodontes de la política alemana, a la casta…: nosotros los nacionalsocialistas sabemos que, con arreglo a nuestras ideas, el mundo actual nos contempla como revolucionarios y que nos marca con el estigma de tales, choca con la imagen de partido vetusto que se tiene de él sobre todo después de ver en qué se acabó convirtiendo. La realidad, sin embargo, es que Hitler era realmente un “joven” de 31 años cuando inició su escalada política y un relativo joven de 44 años cuando accedió al poder, algo absolutamente inusual en aquellos tiempos en que no había mandatario europeo que no bajara de los 60, por término medio.

Pero vayamos ya al contenido del libro, en el que Hitler, con estudiada estrategia nos narra su biografía como la de un ser que sale de un pueblo pequeño, Braunau am Inn, donde ha sido educado en una tradición conservadora rebosante de amor a su nación germana, no austriaca, porque el pangermanismo del autor, incompatible políticamente con un estado multiétnico como el austriaco, tiene su origen en el proceso mediante el cual Hitler pasa de ser un buen vecino de sus vecinos judíos a verlos como la raza maldita que quiere apoderarse del mundo y destruir la nación germana:  De débil ciudadano del mundo que era, me convertí en un fanático antisemita.(…) Al combatir a los judíos, cumplo la tarea del Señor. Hay, con todo, una conversión paulina y paulatina que, narrativamente, responde a la admiración que Hitler sintió siempre por la Iglesia Católica como una institución que aferrada a sus dogmas atravesó los siglos sin ceder nunca en lo esencial. Ese era el modelo, pues, del Tercer Reich gobernado por la raza aria excelsa, ante la cual se postrarían todos los pueblos del mundo: la Iglesia Católica. Si a ello añadimos que, para él, la Historia de Roma era la mejor instrucción que un ciudadano podía recibir en cualquier época, se nos cierra el inventario de modelos autoritarios en los que se inspiró su Führor, permítaseme la broma…

La contemplación de la diversidad étnica del imperio Austrohúngaro era otra realidad hiriente que le removía las entrañas al defensor de una teoría política a la que denominaba nacionalracista, y eso, sumado al retroceso que advirtió en la importancia de la minoría germana de Austria para el gobierno de la patria multicultural y multiétnica, fue lo que le empujó a “exiliarse” en Múnich, donde se sintió en su verdadera patria. Motivó su decisión el hecho de que, a su parecer, el Imperio austriaco se derrumbaría por no haber logrado la unificación lingüística:La homogeneidad de la forma ha de expresarse estableciendo en principio una lengua unificada del Estado; el instrumento técnico para esto debió haberse puesto violentamente en manos de la administración, porque sin él, un Estado unificado no podría durar. La única forma, además de crear una conciencia uniforme y permanente del Estado, finca en utilizar la educación y la escuela. Una declaración que, como es evidente, suscriben, por ejemplo, nuestros nacionalismos peninsulares sin ningún rubor, como ya avancé. Aquella heterogeneidad étnico-política austriaca la representó Hitler mediante la analogía con un motivo ornamental del Parlamento austriaco: Con simbólica ironía, los corceles de la cuadriga de la cúspide del edificio se alejan unos de otros hacia los cuatro puntos cardinales, representando así las diversas tendencias interiores.

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Instalado en Múnich, se alistó en el 14 y a partir de ahí su origen austriaco quedó oscurecido no sólo por la identificación nacional pangermánica, sino por la decidida voluntad de convertirla políticamente en una realidad unificadora. El Anschluss no fue tanto un movimiento de política exterior cuanto la plasmación de un ideal nacionalista que le daba carta de naturaleza a un sentimiento popular, por más que fuera minoritario en Austria: Yo detestaba la mezcla de razas que se exhibía en la capital, odiaba aquella abigarrada colección de checos, polacos, húngaros, rutenos, serbios, croatas, etc., y, por encima de todo odiaba a los judíos, ese fangoso producto presente en todas partes: judíos y siempre judíos. Esperaba conquistar alguna vez renombre como arquitecto y, sea que los hados quisieran hacerme grande o no, consagrarme con fervor a mi nación (…) cumplirse el deseo más ardiente de mi alma: la unión de mi amado suelo natal con la patria común, la nación alemana.

Por lo que cuenta en su libro, Hitler estudió con verdadero afán de sacar provecho de esos estudios, a sus rivales y a los que podrían ser sus modelos, lo que incluye la lectura de El Capital, de Marx. En cierta forma, una lectura como la que yo ahora hago, permite comprender íntimamente las razones últimas de los movimientos totalitarios y racistas que se están produciendo en Europa, donde, supuestamente, el genocidio hitleriano había servido como vacuna para impedir que ese virus mortífero, el más letal de la historia de la humanidad, hiciera de nuevo su aparición. Leer con detenimiento cómo ciertas ideas en apariencia “patrióticas” encubren un afán totalitario y cómo ciertas técnicas de propaganda y cierta estética manifestante aspiran a seducir a las masas proclives al patriotismo y reacias al pensamiento crítico, me parece de obligado cumplimiento. El hecho de que añadiera el concepto socialismo a las siglas de un partido, que reniega de lo social y entroniza la individualidad y la obediencia ciega a la cadena de mando, nos indica claramente su capacidad para extraer consecuencias prácticas de sus estudios: El movimiento pangermanista (…) era nacionalista, pero ¡ay de mí!, le faltaba el contenido social indispensable para conquistar a las masas. Así pues, hemos de ver en esta biografía-ensayo una prueba inequívoca de cómo el encendido amor a la nación y a su grandeza es la coartada para imponer una doctrina como la que Adolfo Hitler trasladó a las páginas de su lucha, la defensa de la cual es hoy, afortunadamente, incluso delito penal en algunas legislaciones.

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Las creencias –que no ideas– de la sociedad que emerge de la propuesta hitleriana son de sobra conocidas como para reproducirlas aquí, pero no es menos cierto que quizá todos aquellos dogmas indiscutibles deberían leerse en el contexto de su obra –la venta de la cual lo convirtió en millonario en su régimen, por cierto– para entender claramente la inconsistencia y la insolvencia intelectual de quien se atrevió a crear poco menos que un catecismo de obligada creencia. Se trata, en el fondo, de un mundo simplicísimo que él definió perfectamente en el apartado estratégico de su actividad política: Toda propaganda debe ser popular, adoptando su nivel intelectual a la capacidad respectiva del menos inteligente de los individuos a quienes se desee que vaya dirigida. De esta suerte es menester que la elevación mental sea tanto menor cuanto más grande sea la masa que deba conquistar, algo a lo que, sin duda, deben de asentir en un movimiento como la ANC catalana, por ejemplo, la lideresa del cual se caracteriza por ese uso estratégico de la propaganda, a juzgar por las explicaciones de quienes la siguen, que parecen darle la razón a nuestro autor: en una gran asamblea popular, el orador más eficaz no es aquel que más se asemeje a la parte instruida de su auditorio, sino el que conquista el corazón de la multitud. De ahí que su acción política no estuviera dirigida, de buen comienzo, al objetivo de conquistar representación parlamentaria, sino “legitimidad” popular: el tribunal más augusto y el más importante tocante a los que escuchan, no es la cámara parlamentaria sino la gran asamblea pública. Porque allí se reúnen miles de ciudadanos llegados con el fin expreso de escuchar lo que ha de decir el orador, mientras que en la cámara sólo se hallan presentes algunos centenares, la mayoría de los cuales lo hacen con el objeto de justificar el cobro de sus dietas de diputados y no para ilustrarse con la sabiduría de uno u otro de los “representantes del pueblo”. ¿No firmaría, hasta con entusiasmo, Podemos, semejante afirmación? ¿Y esta otra: los partidos políticos se prestan a compromisos; las concepciones ideológicas jamás. Los partidos políticos cuentan con competidores; las concepciones ideológicas proclaman su infalibilidad. Mientras que el programa de un partido netamente político no es más que una receta para el buen resultado de las próximas elecciones, el programa de una concepción ideológica representa la declaración de guerra contra el orden establecido, contra el estado de cosas existente, en fin, contra el criterio dominante de la época?  Como mínimo es sospechosa la coincidencia, ¿no? No niego que pueda achacárseme cierta descontextualización, pero la entidad autónoma de las afirmaciones indicaría que no solo Hitler sabía muy bien lo que se hacía, a nivel político, sino que hasta en sus más furibundos enemigos pueden brotar los renuevos de su doctrina. La radicalización de ciertas fuerzas políticas parecen seguir al pie de la letra juicios políticos como éste: la psiquis de la masa popular no es sensible a nada que tenga sabor a debilidad ni reacciona ante paños tibios. Y repetir estrategias de organización calcándolas al pie de la letra: el éxito decisivo de una revolución ideológica ha de lograrse siempre que la nueva ideología sea inculcada a todos e impuesta después por la fuerza, si es necesario. (…) El supremo cometido de la organización es evitar que posibles divergencias surgidas en el seno de los miembros del movimiento conduzcan a una división y, con ello, a un debilitamiento de la labor del conjunto. Debe cuidar, además, de que el espíritu de acción no desaparezca, sino más bien se renueve y se consolide constantemente.  Esa “acción continua” que en el ámbito catalán parece no tener fin, por ejemplo, llegándose incluso a promover la delación, a la identificación con etiquetas físicas de los “comercios amigos”, a visitar puerta a puerta para levantar acta de adhesiones y de desviaciones… Al fin y al cabo, sus promotores se saben de memoria un axioma nacionalista que es piedra angular de su movimiento: el sentimiento de comunidad que inspira la manifestación colectiva no sólo alecciona al individuo, sino que cohesiona y contribuye también a crear el espíritu de cuerpo. La voluntad, el ansia y también la energía de miles, se acumula en cada uno. El hombre que, lleno de dudas y vacilaciones, entra en una tal asamblea, sale de ella íntimamente reconfortado: se ha convertido en miembro de la comunidad. ¡Jamas debe olvidar esto el movimiento nacionalsocialista! Ha de entenderse rectamente el sentido de las analogías que establezco, porque mi intención es abordar la problemática del texto que analizo desde la experiencia del presente; enfrentarme, pues, a un texto político-biográfico con una mirada exenta de demonización a priori, y destacando, cuando ello se hace obligado, las semejanzas con formas políticas comúnmente aceptadas en nuestro presente. El juicio histórico sobre la aberración nazi es definitivo y no admite ni admitirá nunca ningún revisionismo, excepto el de los incomprensible seguidores que aún tiene entre los ignorantes racistas talibán que lo veneran, pero eso cae ya del lado de la vigilancia policial.

Afirmaciones como que no debe olvidarse que el propósito más elevado de la existencia humana no estriba tanto en defender un Estado o un gobierno, como en preservar su carácter nacional, nos son demasiado familiares a los españoles del siglo XXI como para que las aceptemos acríticamente como una formulación netamente democrática. De igual manera, no podemos asistir impasibles, intelectualmente, a la deslegitimación constante de la democracia efectuada por la doctrina de Adolf Hitler, basándose en la supremacía de la raza aria y en el individualismo como expresiones de un supuesto “derecho natural” que, no pocas veces, se ha esgrimido por partidos nacionalistas actuales:Al negar el valor al individuo, sustituyéndolo con la suma de la muchedumbre existente en cualquier época dada, el principio parlamentario, basado en el beneplácito de la mayoría, atenta contra el principio aristocrático fundamental de la naturaleza. La mayoría ha sido siempre, no solo abogado de la estupidez, sino también abogado de las conductas más cobardes; y así como cien mentecatos no suman un hombre listo, tampoco es probable que una resolución heroica provenga de cien cobardes.

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La política de propaganda, pues, formaba parte de la esencia de la creación del partido de la patria alemana. De ahí la necesidad de buscar altavoces como el periódico que, afín a sus ideales, acabó convirtiéndose en el órgano oficial de partido, el Völkischer Beobachter, lo que les sugirió que no habían de descuidar la ambición programática de nacionalizar la libertad de expresión: el Estado debe empuñar las riendas de este instrumento de educación popular [el periodismo] con absoluta determinación, poniéndolo a su servicio y al de la nación. Que la creación de canales de TV partidarios, como los autonómicos, tan onerosos, además, para las arcas públicas, o la instrumentalización de la TV pública por parte del gobierno de turno son tics autoritarios está fuera de toda duda, pero la lectura de Mi lucha nos permite observar y comprender que hubo un modelo de actuación previo nada recomendable.

Me es imposible, so pena de quedarme sin los pocos intelectores que me visitan, entrar en detalle de todas y cada una de las aberraciones ideológicas hitlerianas, pero no quiero dejar de mencionar lo interesante que es la lectura de la geopolítica hitleriana, quien, ya en 1928 fecha de la segunda edición, la primera es de 1925, expone con total claridad lo que habría de ser su política expansiva para conquistar territorios “dentro de Europa”, dadas las dificultades de conseguirlos en las colonias: la única esperanza que Alemania tenía de llevar a cabo una política territorial acertada consistía en adquirir nuevas tierras en la misma Europa. Las colonias no sirven para ese objeto cuando son inadecuadas para el establecimiento de europeos en gran número. En el siglo XIX ya no era posible adquirir por medios pacíficos territorios apropiados para esta clase de colonización. Semejante política sólo podía emprenderse mediante violentas lucha; en consecuencia, luchar por luchar, mejor habría sido hacerlo con el propósito de conquistar tierras situadas a las puertas de cada y no comarcas situadas fuera de Europa. ¿Cómo fue posible que afirmaciones así pasaran desapercibidas para las cancillerías europeas? ¿Y qué decir de advertencias tan explícitas como esta: nuestro objetivo de política exterior es asegurar al pueblo alemán el suelo que en el mundo le corresponde. Y ésta es la única acción que ante Dios y ante nuestra posteridad alemana puede justificar un sacrificio de sangre?  No vivíamos entonces en la era de la información, pero la información ha sido siempre básica en todas las eras, de ahí la criminal negligencia de quienes deberían haber leído con lupa este libro. Se optó por la indiferencia y la ridiculización, pero la lectura del libro demuestra que Hitler no era el loco que sí era, desde el punto de vista de la Historia, a toro pasado, sino un agitador inteligente, capaz de seducir a las masas y de llevarlas al éxtasis identitario, fuerza poderosa para cualquier locura:un alemán debe juzgar más honrosa la ciudadanía de su patria aunque en ella desempeñe el oficio de barrendero que la corona real de un país extranjero. De ahí a los coreados eslóganes sobre identidades diversas que hemos de sufrir en Sefarad, poca distancia hay, la verdad.

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Para acabar, aunque el análisis pormenorizado de la obra daría para un ensayo, acaso oportuno y necesario, como memoria histórica del continente y para evitar esos renuevos de los que hablaba, quiero señalar el análisis que efectúa Hitler de la naturaleza federal del sistema alemán, porque su Reich laminó ese federalismo sobre el que nos deja en su volumen algunas reflexiones de absoluta actualidad constitucional en nuestro país. Partiendo de una definición como la siguiente: ¿Qué es un estado federal? Por Estado federal entendemos una asociación de países soberanos que, en virtud de su propia soberanía, se fusionan voluntariamente, renunciando cada uno de ellos en favor del conjunto a aquella parte de sus propias prerrogativas capaz de posibilitar y armonizar la existencia de la federación constituida. Esta fórmula teórica no tiene en la práctica aplicación absoluta en ninguno de los Estados federales del mundo y menos aún en los Estados Unidos de América. No fueron los Estados los que constituyeron la unión federal americano, sino que fue ésta la que previamente dio forma a una gran parte de esos llamados Estados. (…) La formación del Reich no se debió a la libre voluntad o a la cooperación de esos Estados, sino a la influencia de la hegemonía de uno solo de ellos: Prusia. (…) La cesión que los respectivos Estados hicieron de sus derechos de soberanía en favor de la creación del Reich fue espontánea sólo en una mínima parte; por lo demás, prácticamente no existían tales derechos o, si existieran, fueron llanamente anexados bajo la presión del poder de Prusia. No tarda en denunciar ciertas incongruencias del sistema que recuerdan las subrayadas por algunos partidos en nuestros días respecto del sistema autonómico: Ante todo, dentro del conjunto nacional representado por el Reich no podemos tolerar la autonomía política o el ejercicio de soberanía de ninguno de los Estados en particular. Un día ha de acabar y acabará el desatino de mantener por parte de los Estados confederados sus llamadas representaciones diplomáticas en el exterior y entre ellos mismos. Como se advierte, y a pesar de las diferentes situaciones históricas, hay una tensión centralismo-autonomismo que atraviesa la teoría política de siempre. Y en esas seguimos.

        Espero que se advierta lo imprescindible que me parece que las tesis del libro de Adolf Hitler –prohibido en muchas partes del mundo, por cierto– se lean tal como él las dictó –en su celda a Rudolf Hess, por cierto, buena parte de él– y sirvan no solo para escandalizar a quienes las lean, sino para robustecer argumentalmente su refutación y evitar peligrosos sucedáneos que pueden aparentar no ser secuelas suyas, como es el caso de un ideólogo racista como Sabino Arana, con quien su propio partido en modo alguno está dispuesto a ajustarle las cuentas, como sí lo ha hecho el mundo en general a la hora de condenar las tesis del nacional-racismo hitleriano. Aún, la patria, sigue siendo un alibi para los más bajos instintos políticos y morales.

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Juan Poz forma parte del elenco de escritores que da forma semanalmente a Ataraxia Magazine. Puedes seguirle en Twitter como @JuanPoz9 y también en su excelente blog de crítica cinematográfica «El Ojo Cosmológico de Juan Poz» y en su blog de crítica literaria «Diario de un artista desencajado»

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Autor- Juan Poz

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