Ofenderse o no ofenderse

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¿Qué ha pasado con el sentido del humor? ¿Ha evolucionado con los tiempos? ¿Somos nosotros los que hemos evolucionado? ¿Se ha convertido en arma arrojadiza de políticos, comunidades, lobbys, minorías religiosas, étnicas, culturales? ¿Por qué lo que nos hacía gracia hace treinta años ahora no despierta ni siquiera una sonrisa? ¿O será que nos provoca la misma risa, pero nos da miedo manifestarlo públicamente? ¿Qué ha pasado?

Hace más años de los que me gustaría, yo era un adolescente normal y corriente, con una marcada tendencia hacia el humor. Y más concretamente hacia una de sus más populares manifestaciones, el chiste. Era habitual que en reuniones de amigos o familiares me lanzara a contar chistes de manera compulsiva. Mi memoria era mucho mejor que la de ahora, y podía encadenar decenas de chistes sin repetirme. Chistes de mariquitas, de gangosos, de gitanos, de mujeres, de catalanes… en definitiva, de todo aquello que hoy resultaría ofensivo o políticamente incorrecto. Por suerte, o por desgracia, aquella era una época en la que, a diferencia de hoy, cuanto más “ofensivo” fuera el chiste, más divertido resultaba. Nadie se paraba a razonar que si contabas un chiste de mariquitas era por ser un homófobo que despreciaba y ridiculizaba a los homosexuales. Si el protagonista de uno de los chascarrillos era un gitano o un negro, a nadie se le pasaba por la cabeza pensar que fueras un racista. Es más, a menudo solía haber algún gitano en el grupo que no solo se reía, sino que también participaba contando alguno similar. Muchos chistes clásicos del típico catalán roñoso los aprendí de mis primos barceloneses cuando iba a visitarlos en vacaciones. Los catalanes contaban chistes de catalanes; los andaluces, de andaluces; los vascos, de vascos. Nos reíamos de nosotros mismos, y claro, ofenderse resultaba más que complicado, imposible.

Los catalanes contaban chistes de catalanes; los andaluces, de andaluces; los vascos, de vascos. Nos reíamos de nosotros mismos…

Eran otros tiempos, de eso no hay duda, y no voy a entrar a cuestionar si eran mejores o peores. Pero quizá, solo quizá, y es una opinión muy subjetiva, éramos mucho más inocentes que ahora y nuestras mentes estaban bastante menos contaminadas. O puede que ahora seamos más civilizados, quién sabe. El caso es que nuestra capacidad para ofendernos era mucho menor que ahora. ¿Éramos unos insensibles? ¿O es que ahora somos sensibles en exceso? Insisto: ¿por qué lo que antes era solo divertido, hoy es una ofensa? Y una cosa que siempre me ha llevado de cabeza; cuando se trata de ofender, ¿cómo medir realmente el grado de ofensa implícito en determinadas palabras? ¿Qué es más importante, la intencionalidad del presunto ofensor o la sensibilidad del supuesto ofendido?

Al final, por mucho que nos cueste admitirlo, todo es subjetivo, y encontrar el consenso en asuntos como este y en un país como el nuestro, es prácticamente misión imposible.

Lo digo porque puestos a ofender, habría que establecer unos parámetros que definan dónde están los límites. Porque se han dado algunos casos de personas que practican el humor, o incluso que se dedican profesionalmente a él, y que convierten en objeto de sus burlas a, yo qué sé, por ejemplo la iglesia o incluso la bandera nacional, pero luego se rasgan las vestiduras si alguien hace un chiste presuntamente machista o racista, o de cualquier otra índole que desde su perspectiva sea motivo de ofensa. Porque al final, por mucho que nos cueste admitirlo, todo es subjetivo, y encontrar el consenso en asuntos como este y en un país como el nuestro, es prácticamente misión imposible.

Así que tal vez, en lugar de analizar qué es ofensivo y qué no lo es, tal vez, como digo, deberíamos revisarnos a nosotros mismos, individual e introspectivamente, y preguntarnos muy en serio qué motivo oculto hay detrás de cada una de las ofensas que recibimos o creemos recibir.

En fin, que no digo yo que a veces no pueda haber motivos reales para sentirse ofendido, pero… ¿Puede ser que a menudo tengamos la piel demasiado fina o bien le busquemos los tres pies al gato, sin ninguna razón?

No quiero echar leña al fuego, pero me viene a la cabeza un pasaje de la Biblia, concretamente del Libro de Eclesiastés que dice “no seas presto a ofenderte, la ofensa reside en el seno de los insensatos”.

En cualquier caso, lo que no me parece muy coherente es que aquellos que defienden la libertad de expresión cuando un artista es condenado por hacer humor irrespetuoso, exijan que otros sean condenados cuando en este caso la burla va dirigida hacia ellos. Pero me parece que esa es otra cuestión. O tal vez no.

Hace años, como todos sabemos, existía una cosa llamada censura, que consistía en que determinadas personas se arrogaban el derecho de decidir qué era correcto y qué no. El cine, la música, la televisión, y prácticamente cualquier forma de expresión, era sometida a un riguroso escrutinio con el fin de eliminar palabras, imágenes o cualquier tipo de comportamiento que pudiera ofender a Dios o a la patria. Bien, pues parece ser que si nos descuidamos, otro tipo de censura, la de lo políticamente correcto, podría acabar por someternos a todos de manera mucho más sutil, pero no menos peligrosa.

Quizá va siendo hora de que los expertos trabajen en un nuevo procesador de texto que además de errores gramaticales, incorpore un detector de ofensas. O tal vez algún tipo de audífono que filtre las palabras…

No me cabe ninguna duda de que en los tiempos que corren, expresarse públicamente ya sea verbalmente o por escrito, pronto será considerado un deporte de riesgo. Así que se me ocurre que quizá va siendo hora de que los expertos trabajen en un nuevo procesador de texto que además de errores gramaticales, incorpore un detector de ofensas. O tal vez algún tipo de audífono que filtre las palabras para que estas lleguen a nuestros oídos puras e inocentes. Un momento… ¿eso no sería como volver a la censura? En fin, algo habrá que hacer, porque si no pronto acabaremos mirándonos todos con suspicacia y demandándonos los unos a los otros ante cualquier cosa que digamos y que sintamos que atenta contra nuestro honor. O bien como en aquel chiste, que cuando nos pregunten ¿Cómo estás? Responderemos “¡Pues anda que tú!”.

 

Jorge R. Rueda-firma

Puedes seguir al escritor Jorge Rodríguez Rueda en Facebook y en Twitter Si su novela, “Gente Corriente”, no está disponible en tu librería habitual puedes adquirirla en Amazon.

Autor- JJorge Rodríguez RuedaImagen de cierre de artículos

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