Abajo, en el cielo

abajo, en el cielo-interior

 

Henri Gaumont era un hombre absolutamente normal. Y normalidad es una palabra que todos entendemos e incluso agradecemos. Algunas personas son altas; otras, agraciadas; unos pocos son inteligentes y unos cuantos triunfan en algo o se hacen ricos. A los que no encajan en ninguna de esas categorías les denominamos gente normal, corriente. No significa que sean grises por gris que pueda llegar a ser su vida. Normal significa normal, ajustado a la media, a la norma. Sólo eso. Y hecha la aclaración –que como se verá más adelante es de suma importancia–, procederemos a una descripción de las peculiaridades que adornaban la vida del protagonista de esta historia.

No demasiadas.

A sus cuarenta y ocho años –cuando todo ocurrió–, Henri era un hombre casado, con dos hijos, encargado del almacén central de Martell & Prévost, una empresa de distribución de materias primas para el sector textil francés. Su vida tenía poco de excitante: despertador a las siete; inevitable atasco a la entrada de París a las ocho; croissant apresurado a las nueve, y cinco horas de teléfonos, pedidos, reuniones y tedio antes del habitual menú en la cafetería de la esquina. Para él, pasado, presente y futuro parecían entrelazarse en una prolongada línea de estabilidad emocional en la que el mayor sobresalto posible podía ser la derrota de su equipo, un súbito dolor de muelas o una multa por estacionar en doble fila.

Ninguno de los médicos que le trataron –muchos– prestó atención a esos datos. Después de todo eran de una normalidad absoluta. Lo que más remarcaron en sus informes era una cierta tendencia a la depresión. Se solía manifestar en estados de lánguida ausencia y suave melancolía. Pero ni una sola palabra sobre las gráciles y preciosas pajaritas de papel que hacía cuando se sumía en ese estado.

¿Qué hubiera pintado una referencia a las pajaritas de papel en un informe neurológico?.

Todo empezó un miércoles. A Henri Gaumont las cosas importantes le pasaban los miércoles. En miércoles, jalonados a lo largo de su vida, había conocido a su mujer, se había casado, perdido a un hermano, peleado para siempre con su suegro, visto nacer a uno de sus hijos y operado de una apendicitis que casi acaba con él. Mercredi.

Ese miércoles, Henri bajaba por las escaleras del edificio de Martell & Prévost. Se había cansado de esperar el ascensor. Además, pensó, es ridículo usarlo para bajar dos plantas. Llevaba varios albaranes y pedidos al departamento de envíos y paquetes. Asuntos rutinarios que todos los que viven en oficinas, de nueve a cinco, buscan como excusa para levantarse de la silla y darse un paseíllo dos o tres veces al día.

Lo último que lograría recordar Henri serían las piernas de Marie, del servicio de limpieza, que fregaba con parsimonia la parte derecha de los escalones. Unas piernas preciosas las de Marie. Suspiró.

El cubo, ni lo vio.

Un segundo después –a él le pareció un segundo, dos a lo sumo– abrió los ojos. En realidad habían pasado treinta y cinco meses.

Un corrillo de médicos le miraba con expresión entre asombrada y curiosa. Habían sido alertados por la enfermera de planta que al oír el estridente pitido de la maquinita a la que Henri vivía conectado abrió la megafonía general organizando un zafarrancho en todo el hospital.

No es necesario describir el revuelo que el regreso a la vida de Henri Gaumont supuso para los más eminentes neurólogos de París. Durante cuatro días le sometieron a todo tipo de exámenes y pruebas. No tardarían en darse cuenta de que se hallaban ante un caso único, desconcertante, extraordinario.

Al quinto día –hasta ese momento se había restringido la noticia al ámbito médico–, comunicaron a su esposa la milagrosa salida del estado de coma de su marido.

–¿Cómo ha ocurrido? –preguntó ella agarrada con las dos manos al asa de su bolso. Las lágrimas resbalaban incontenibles por su rostro, arruinando el maquillaje.

–No lo sabemos, señora Gaumont. Simplemente ha ocurrido. Existen casos similares. No muchos, pero sí muy parecidos –el doctor Barets, jefe de neurología del hospital, fruncía la nariz intentando aupar sus gafas. Era un tic que repetía cientos de veces al día. Todos le parodiaban.

 –¿Puede hablar, puedo verle? –Natalie Gaumont aún no creía lo que estaba viviendo.

–Sí, habla. Todavía le cuesta un poco, pero habla. De todos modos –el doctor hizo un inciso y se quedó mirando la mesa con cara de pasmarote–, es mejor que le diga la verdad: Henri no está normal. Lo cierto es que nunca hemos visto nada igual, ni remótamente parecido.

En ese momento una enfermera irrumpió en el despacho como un vendaval.

–¡Doctor Barets, está ocurriendo otra vez, está ocurriendo, corra, venga rápido! –espetó alterada.

El médico se levantó como impulsado por un resorte invisible. Tomó a la desconcertada mujer por la muñeca.

–Será mejor que lo vea con sus propios ojos, señora. No lo entenderá pero me ahorrará muchas explicaciones inútiles. Haga el favor de acompañarme –apremió, tirando de ella con afable determinación.

La señora Gaumont fue conducida por un interminable pasillo. Dos enfermeros se les unieron a mitad de recorrido. Descendieron en tropel, casi como una exhalación, por unas escaleras que desembocaban en el jardín trasero del hospital.

Allí, al fondo, entre un coqueto estanque de nenúfares y un homenaje en mármol a la maternidad, distinguió a su marido. Le reconoció de inmediato. Unas cuantas enfermeras parecían intentar dominarlo, abrazándose a sus piernas y a su cintura.

–¿Qué le están haciendo, doctor, por qué le cogen de esa manera? –preguntó la mujer asustada y medio ahogada por la carrera. Intentaba calzarse un zapato que se le salía.

–¡Para evitar que se eleve, señora; su marido levita sin previo aviso! –gritó el médico al tiempo en que se arrojaba a los pies de Henri Gaumont nada más alcanzarle.

A duras penas consiguieron entre todos frustrar su ascensión y anclarlo al suelo. Flotaba a casi un metro de altura. Una fuerza, invisible y poderosa, parecía reclamarlo desde lo alto como el imán reclama al metal.

 –¡Señor Gaumont, cálmese, por favor, su esposa está aquí, ha venido a verle! –se desgañitó el doctor.

–¿Mi esposa…? ¿Estoy casado? –Henri miró desde arriba mientras intentaba zafarse del mar de brazos y manos que le aferraban. Había perdido los zapatos y uno de sus calcetines en el forcejeo.

–¡Amor mío, soy yo, Natalie! ¿No me reconoces? ¡Natalie, tu mujer! –y al decirlo le tendía los brazos implorando su regreso.

Poco a poco el ataque, el acceso, el fenómeno –o lo que fuera aquello que parecía poseer a Henri Gaumont– comenzó a remitir. Entre todos consiguieron ponerle de pie, en tierra, al tiempo en que se arreglaban corbatas y faldas, se recuperaban zapatos y gafas y se alisaban peinados y batas.

Natalie Gaumont se abrió paso hasta abrazar a su marido ante la mirada atónita y el desconcierto de todos los presentes.

–¡Henri, mi vida, eres tú, has vuelto, has vuelto! –la emoción embargaba a esa viuda a medias que ahora creía poder recuperar la vida que una fregona le arrebató años atrás.

–¿Tú eres mi mujer? –interpeló él, mirándola con candor– ¿Sabes que estás boca abajo, amor mío?.

Ella le miró extrañada. Un gesto de incredulidad se dibujó en su rostro.

–¿Boca… abajo? –preguntó con voz trémula–, ¿qué quieres decir?

–¡Pues eso, que estás boca abajo; todos estamos boca abajo, amor mío! ¿No te das cuenta? –Henri Gaumont sacudía a su mujer por los hombros intentando transmitirle una revelación maravillosa de la que parecía ser único depositario– ¡Mira, mira, allá abajo, en el cielo!.

Ella buscó, estupefacta, la mirada del doctor. Necesitaba una explicación. Por unos instantes tuvo serias dudas de si estaba despierta o soñando.

–Señora, no me pregunte ni el cómo ni el porqué –el doctor Barets acudió en su ayuda tras captar lo apremiante de su mirada–; lo único que puedo decirle, y a duras penas, es que toda la información referida a nuestra posición en el espacio, al arriba, al abajo, y toda noción sobre peso y gravedad… ¡ha desaparecido del cerebro de su marido!.

–¡No entiendo nada, Dios mío, no entiendo nada! –balbuceó la mujer al borde de la locura.

–Señora, escúcheme: ¡acaba usted de verle volar, no hay nada que entender! –el doctor hacía verdaderos esfuerzos por rescatar a la mujer de la sinrazón en que parecía hundirse.

–¡No, no, no! –Henri Gaumont interrumpió negando con vehemencia– ¡No volaba, doctor; sólo me dejaba caer, ahí, abajo, en el cielo!.

Y al decirlo, señalaba maravilladoel océano azul de aire líquido bajo su cabeza.

Natalie Gaumont estaba pálida, parecía mareada, al borde del colapso.

–¡Hoy le ha visto volar, señora, pero créame si le digo –prosiguió el neurólogo– que ayer, a media tarde, su marido cruzó ese estanque caminando sobre el agua!.

La mujer no acabó de escuchar la frase, su cerebro forzó una súbita bajada de tensión para protegerse del mayor desatino que se había visto obligado a enfrentar. Se desplomó. La trasladaron rápidamente, en volandas, al interior del hospital.

A Henri Gaumont, como medida preventiva, le calzaron unos zapatos de plomo, de los que usan los buzos para caminar por los lechos marinos. Los fijaron con unas correas que cerraron con dos pequeños candados.

Ese mismo día, conscientes de que el asunto trascendía el ámbito de las competencias humanamente exigibles a unos médicos, la dirección del Hospital General St. Jacques informó al Ministerio del Interior.

Todo se llevó en el máximo de los secretos.

Una semana después, Henri Gaumont, el hombre que llamaba abajo al arriba y arriba al abajo; el primer ser que lograba vencer la fuerza que la gravedad ejerce sobre la materia; el anónimo ciudadano sin concepto predeterminado sobre lo posible o lo imposible, era discretamente observado, filmado y analizado por un comité de médicos, científicos y militares.

Así pudieron constatar que leía cómodamente sentado en el aire; que paseaba tristón por las paredes y por el techo –lugar en el que con frecuencia se detenía pensativo, oscilando como un murciélago–; que dormitaba como un bendito, suspendido a dos palmos del suelo e incluso, para colmo de asombros, que perseguía, en majestuoso vuelo rasante, una bellísima réplica del Concorde que había hecho en papel.

–¿Cómo es posible, señor Gaumont, que no entienda usted que hay un Norte y hay un Sur, un abajo para los pies y un arriba para la cabeza; acaso no puede asimilar que algunas cosas son imposibles? –insistió por enésima vez Bob O´Donnell, eminente neurólogo estadounidense que tomó parte activa en tan extraordinario caso.

–Ustedes no me creen pero digo la verdad: la humanidad entera vive boca abajo. Se lo demostraré –Henri intentó levantarse pero no pudo, permanecía atado por la cintura a una pesada silla–, sé que puedo demostrarlo…

–¿Cómo?

–Veamos. Éste es un planeta redondo, bueno… casi redondo. Nuestra posición, erguidos, incide perpendicularmente sobre el punto de la curva en el que nos situamos ¿no? –Henri acompañaba sus explicaciones trazando esferas y planos en el aire.

–Sí, más o menos… –admitió aburrido el científico.

–Nuestro mundo es como una motita de polvo, redonda, en un Universo infinito, sin límite, sin fin. Algo inapreciable. Si el Universo es infinito y se extiende en todas direcciones, convendrá conmigo en que no tiene centro ¡Bueno sí, y ahí está la paradoja: todo es centro y nada está en el centro! Por tanto no hay Norte ni Sur, ni arriba ni abajo. Así que todos estamos boca abajo con respecto a nuestra posición en la Tierra y lo único que debemos hacer es soltarnos… ¡déjese caer, es sumamente fácil! –concluyó Henri Gaumont.

–Bien. Supongamos que eso sea cierto… ¿Y la gravedad, señor Gaumont, qué hacemos con la gravedad? A mí me encantaría acabar con ella, se lo juro. Imagínese la de carburante que ahorraríamos. Perdone que sea irónico, es una medida de protección como otra cualquiera –contestó el médico sonriendo suavemente.

–¡Una convención más! Otra absurda fijación de la mente colectiva que crea el mundo. El Universo es mental, el universo es mente. Lo que usted llama realidad es sólo un consenso  mantenido y perpetuado por miles de millones de personas empeñadas en transmitir sus limitaciones de generación en generación… ¡No existe el metro, maldita barra de platino iridio; es un mero acuerdo; ni el segundo, ni el minuto, ni la hora: en un universo infinito sólo existe la eternidad! ¡Pesamos por que estamos obsesionados por lo material! –sentenció Henri Gaumont mortalmente serio dando un golpe en la mesa.

–Eso es pura especulación metafísica, no tiene nada que ver con la realidad –Bob O’Donnell apartó de un suave manotazo un vaso de agua que estaba a su derecha.

Se hizo trizas contra el suelo pero ninguno de los dos se dignó a mirarlo.

–Las leyes físicas, Henri, no son una invención humana –prosiguió impasible el neurólogo–, son imponderables contra los que no hay nada que hacer. Con risas y pensamientos felices y polvos mágicos sólo Mary Poppins y Peter Pan vuelan, en las películas, pero nadie hace despegar un Boeing ni evita que un vaso se haga pedazos contra el suelo. Usted es…

–Yo soy una piedra en su zapato, doctor –bromeó Henri–; su dolor de cabeza de cada día.

–¿Una piedra? Bueno, digámoslo así. No hay explicación a lo que le ocurre, amigo mío, pero es posible que sí haya una solución –el médico se levantó dando por terminada la entrevista.

Un mes más tarde el comité científico que había trabajado en el insólito caso de Gaumont finalizó sus estudios sin conclusiones significativas; nada que pudiera esclarecer o arrojar luz suficiente sobre qué lagunas o pérdidas de información, en su cerebro, habían posibilitado semejante desatino. Se limitaron a levantar acta de lo observado, en un informe que incluía las conversaciones mantenidas con él, todo lo registrado por cámaras y micrófonos y casi tres mil fotografías que captaban al enojoso paciente posando en infinidad de posturas aéreas, a cual más inverosímil.

Henri Gaumont fue enviado a Estados Unidos. Permaneció dos meses en una instalación subterránea en medio de ninguna parte. Probaron con él una nueva técnica de vanguardia, nunca implementada, destinada a la implantación de recuerdos, aplicada durante el sueño, basada en la transferencia de impulsos neurológicos asociados a todo tipo de datos, sentimientos y sensaciones.

Cuando regresó a Francia, Henri pesaba setenta y tres kilos seiscientos catorce gramos.

La tierra lo reclamaba en esa medida.

Atardecía. Las calles de París brillaban revestidas de navidad. Natalie Gaumont caminaba cogida del brazo de su marido. Disfrutaba dejando que su mirada se paseara por los escaparates de las tiendas mientras su mente se entretenía en decidir los regalos y el vestuario de los días inmediatos.

Miró a Henri. Andaba ausente, distraído.

–¿Tienes frío, cariño? Anda, cierra el cuello de la gabardina y ponte bien la bufanda ¿Qué llevas ahí? –preguntó sonriente.

–Nada, sólo un papelito… –respondió él, mostrando la palma de su mano.

–¿Sabes? ¡Nunca he logrado entender esa obsesión tuya por las pajaritas de papel!

Henri Gaumont dejó que el pequeño pájaro resbalara entre sus dedos. Una ráfaga de viento helado lo rescató y lo transportó en sus alas. Se perdió, cayendo más y más, precipitándose hasta desaparecer, abajo, en el cielo.

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Autor- Julio Murillo

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