Palabras que cambian la Historia

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El 3 de octubre de 2017 el Rey dirigió un discurso a los catalanes, al conjunto de los españoles y a la comunidad internacional que, estoy seguro, pasará a la Historia.

 

Ahora, un año después de aquel día, sin haber ganado suficiente perspectiva y con una clase política aún sumida en el fracaso que hizo necesario aquella extraordinaria intervención del monarca, es difícil percibir la transcendencia de un mensaje —de unas palabras, en definitiva— que cambiaron un proceso que estaba conduciendo hacia la ruptura entre Cataluña y el resto de España. En un momento en el que irresponsablemente se repite que las palabras “no tienen importancia”, o en el que se mantiene que solo por las palabras no corresponde actuar o reaccionar, es bueno recordar que fue la palabra, el único recurso del que dispone el soberano en una monarquía parlamentaria, el que cambió el curso de los acontecimientos.

Fue la palabra, el único recurso del que dispone el soberano en una monarquía parlamentaria, el que cambió el curso de los acontecimientos.

Comenzaré diciendo que el Rey, con su discurso del día 3 de octubre se ganó a una parte muy importante de la sociedad catalana. Su intervención aquel día fue vista como un gesto de apoyo a la legalidad y al orden constitucional que muchos catalanes necesitábamos. Difícilmente percibirán quienes no lo hayan vivido la angustia que pasamos aquellos días, cuando esperábamos que en cualquier momento la bandera española fuera arriada de los cuarteles de los Mossos d’Esquadra y de las instituciones; cuando fue arriada, en algunos ayuntamientos, y las calles fueron tomadas por quienes acosaban a la policía y a los partidos constitucionalistas, cuando desde las administraciones se llamaba a participar en una huelga de país que era —habría que ser muy ingenuo para no verlo— el preludio de la separación efectiva de Cataluña. En aquellos días de incertidumbre el mensaje del Rey nos dejó claro a los catalanes (y también al resto del mundo) que Cataluña seguiría siendo parte de España y que el problema generado por la rebelión secesionista no era —todavía— un problema internacional; al menos desde la perspectiva española.

Agradecimos mucho entonces que, por primera vez, se dijera desde la instituciones con claridad que lo que estaba sucediendo era consecuencia de la inadmisible deslealtad de la Generalitat y que esa deslealtad no podría quebrar el orden constitucional español. Ese era el mensaje necesario, el que debía darse en ese momento y, además, el único que podía dar el Rey.

Si sonó duro fue porque, inexplicablemente, nadie antes que el Rey había hablado con esa claridad de lo que estaba sucediendo en Cataluña.

Porque pese a su dureza, el mensaje de aquel día 3 de octubre lo único que hacía era verbalizar lo que estaba sucediendo, llamar a las cosas por su nombre, y afirmar que el orden constitucional no cedería ante quienes querían violentarlo. Si sonó duro fue porque, inexplicablemente, nadie antes que el Rey había hablado con esa claridad de lo que estaba sucediendo en Cataluña. Por eso aquel mensaje fue también la muestra de un fracaso de nuestra clase política, que no había diagnosticado correctamente lo que pasaba en Cataluña, lo que había provocado que aún no se hubiera salido de la “fase de negación” y que, incluso, se pretendiera justificar o explicar el golpe contra nuestras instituciones. El Rey dijo lo que era y las cosas comenzaron a cambiar. Muchos catalanes se hicieron monárquicos ese día, porque —repito— aquel era un mensaje que necesitábamos. Escuchamos (escuché) su mensaje con la misma atención y angustia con la que había escuchado el de Juan Carlos I el 23 de febrero de 1981.

Cierto que el mensaje de octubre no gustó a muchos catalanes, que esperaban un gesto de aceptación de la rebelión; pero, como digo, ese mensaje que algunos esperaban no era ni deseable ni posible: ¿nos imaginamos que el 23 de febrero de 1981 el Rey Juan Carlos hubiera dicho que invitaba a los golpistas a dialogar con el Gobierno a fin de encontrar una solución al problema? Se dirá que no es lo mismo sacar tanques a la calle que tractores, familias que ocupan colegios o Mossos d’Esquadra; que no es lo mismo entrar con pistolas en el Congreso que saltarse todas las normativas para aprobar en el Parlamento de Cataluña normas claramente contrarias a la Constitución; y es cierto que no es lo mismo; pero no es menos grave lo segundo, el intento de convertir toda la administración en una Comunidad Autónoma en la administración de un Estado denominado “República Catalana” (véase en este sentido la Ley de Transitoriedad, que es lo que establece) que lo primero, el plan el de subvertir el orden constitucional mediante la presencia intimidatoria de tanques por las calles.

También algunos dirán que en este caso son dos millones de catalanes los que esperaban ese gesto; pero ¿alguien no se da cuenta de que en 1981 muchos españoles estaban expectantes ante el golpe porque lo de la democracia y cómo iba no les acababa de convencer? La diferencia en estos casos no puede cifrarse en el apoyo popular, sino que está únicamente en la convicción con la que se defienden los valores democráticos; y mientras en 1981 los partidos políticos gozaban de esta convicción, no es esta la situación que vivimos actualmente, con un partido como Podemos que alienta la insurrección contra “el régimen del 78” y otro partido, el PSOE, que, pese a su apoyo final al art. 155, sigue manteniendo una peligrosa equidistancia con quienes pretenden subvertir el orden constitucional. Su negativa actual a reconocer que bajo el régimen nacionalista en Cataluña se conculca la ley y se vulneran los derechos fundamentales de los catalanes da buena muestra de que los socialistas o no ven o no quieren reconocer la gravedad del desafío nacionalista; un desafío que no lo es solo a la Constitución y a la unidad de la nación, sino también a los derechos de sus ciudadanos. Incluso el PP, que parece querer aparentar un mayor compromiso con la Constitución, tardó en llamar a las cosas por su nombre y todavía unos pocos meses antes del golpe de septiembre/octubre de 2017 la Vicepresidenta del Gobierno manifestó que Junqueras le había “decepcionado”, lo que muestra un escaso conocimiento de la magnitud del desafío que se estaba fraguando desde hacía años.

Ante esta falta de convicción de la clase política el discurso del Rey permitió que se hicieran visibles algunos de los elementos estructurales más básicos de nuestra democracia. No alteró el Rey su función simbólica, lo que sucede es que lo que deberían ser obviedades (en el marco constitucional todo puede ser discutido, incluso su reforma; fuera del marco constitucional no es posible el diálogo; la actuación de la Generalitat había sido desleal y no conseguiría su propósito) no lo fueron en el contexto de una clase política que había perdido el norte.

Quizás los muchos catalanes que no se indignaron por el atropello a la legalidad los días 6 y 7 de septiembre, que no se escandalizaron por la sustracción de nuestros datos personales o por la utilización de la policía autonómica para hacer seguimientos a políticos y ciudadanos no nacionalistas, que no protestaron cuando nuestros colegios fueron tomados para la realización de un acto ilegal, que no mostraron su desacuerdo con la huelga de país o que siguen pensando que quienes ahora están en prisión permanecen en ella por sus ideas políticas y no por estar investigados por delitos graves que en cualquier país democrático son perseguidos (utilizar recursos públicos para fines ilegales, impedir la actuación de la policía y de los tribunales, pretender derogar por la vía de hecho la Constitución…); quizá todos estos catalanes discrepen del discurso del Rey; pero somos muchos los que sabemos que la democracia ha de defenderse con convicción, y que en todos los países y épocas ha tenido opositores; opositores a los que hemos de escuchar y convencer; pero ante los que no podemos ceder.

Me da la sensación de que el Rey lo tiene claro. Ojalá todos lo tuvieran igual de claro.

Rafael Arenas

Autor- Rafael ArenasPuedes seguir a Rafael Arenas en Twitter y también en su página personal “El Jardín de las Hipótesis”

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