Entrevista Juan Carlos Girauta

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Juan Carlos de pequeño, con sus dos hermanas una navidad

Nací en Barcelona en 1961. En los dos parvularios a los que acudí están hoy el Síndic de Greuges y la Diputación de Barcelona, lo que añade un punto molesto a la nostalgia Pasé once años en los Jesuitas de la calle Caspe, me licencié en Derecho en la Central (hoy UB) y me saqué el MBA de ESADE. Un máster de verdad, de los que ocupaban dos años full time y costaban un pastón Durante la carrera monté un grupo musical y escribí ficción. Fui al cine compulsivamente y quedé para siempre subyugado por los discos del Genesis de los setenta. Sigo escuchando básicamente música de esa década, salvo cuando escribo, que recurro a la música antigua Ejercí, a etapas discontinuas, la abogacía, la docencia y la consultoría de empresas. Mi vida dio un giro cuando empecé a colaborar, casi por casualidad, en Libertad Digital, en el año 2003, y, para mí sorpresa, diversos medios de comunicación requirieron mis servicios, al punto que pronto pude consagrarme en exclusiva al periodismo de opinión en radio, televisión y prensa escrita. Nunca olvidaré el día en que me publicaron mi primera tercera en ABC. Ojalá mis padres hubieran podido verlo El segundo giro llegó cuando, contra todo pronóstico, entré en el Parlamento Europeo en las elecciones de 2014, como independiente en la lista de Ciudadanos, partido con el que llevaba seis años colaborando en distintas campañas y actos. Muy especialmente, en la intensa presentación por toda España de Movimiento Ciudadano, plataforma que creamos con Albert Rivera y el añorado Antoni Asunción, que había sido ministro del Interior con Felipe González Tras un año y medio en Bruselas, llegué al Congreso de los Diputados como cabeza de lista de Ciudadanos por Barcelona y me convertí en portavoz parlamentario de nuestro grupo. Un puesto que sigo ocupando con un sentido de la responsabilidad y del trabajo en equipo que no había necesitado desarrollar mientras fui un profesional liberal, un autónomo que solo respondía ante sí mismo. Es decir, hasta los cincuenta y tres años., nada menos He escrito una decena de libros, un puñado de relatos, poesía inédita y millares de columnas.

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Desde muy joven, un entusiasta del rock de los setenta 

—Muchas gracias, querido Juan Carlos, por hacernos un hueco en una agenda que intuyo muy abarrotada. Para los que hacemos Ataraxia es un auténtico placer poder charlar contigo distendidamente. Así, a vuelapluma, dinos con qué temas estás lidiando ahora mismo, estos días

—Son semanas de actividad política muy intensa, con las autoridades catalanas de vuelta al monte de la política de hechos consumados y con un Gobierno central extremadamente débil e hipotecado al nacional populismo. En otro orden de cosas, estoy muy satisfecho esta temporada con la publicación por entregas, a la vieja usanza, de mis relatos en Letra Global, la revista literaria de Crónica Global.

Eres un político admirado por muchos, que ven en Ciudadanos una posibilidad real de cambio en nuestro país, y también, seamos justos, detestado por unos cuantos con los que no te andas con chiquitas a la hora de cantarles las cuarenta. No obstante, antes de hablar de asuntos políticos, empecemos por cosas más agradables… ¿Has hecho siquiera unos cuantos días de vacaciones? ¿Nos cuentas dónde has estado?

—Unos cuantos días en Altafulla, Tarragona, y mucho descanso, lecturas y series de televisión. Y escapadas esporádicas a Vilassar de Mar, donde veraneé de niño y donde viví siete años, en dos etapas. Pasear por allí me reconforta y me vuelve a poner en contacto con el que fui y quiero seguir siendo. Aunque, para ser sinceros, cuando te reconocen por la calle nada es lo mismo. Como tú decías, se hace evidente quienes están contigo y quienes te detestan. Los políticos vivimos eso todo el tiempo en esta Cataluña rota.

—¿Eres de los que en verano se lleva libretas, portátil o tablet y móvil para seguir trabajando a ratos, o eres capaz de desconectar y aislarte del ruido del mundo?

—Por desgracia, me resulta difícil desconectar del todo. Eso tendré que trabajarlo. No es sano.

—Naciste en Barcelona, el 12 de marzo de 1961 —¡Caramba, veo que los dos somos piscis; eso ya es un puntazo, vamos a tirarnos flores!—, así que apenas levantabas unos palmos cuando asesinaron a Kennedy, en el 63; tenías 7 años cuando en París la intelectualidad levantaba los adoquines de las calles buscando la playa; unos 8 cuando el Apolo XI alunizó en Selene, y 9 cuando se separaron The Beatles… ¿Conservas algún recuerdo de esas imágenes que pudimos ver en blanco y negro en TV?

—Conservo muy vívidamente las imágenes de la llegada del hombre a la Luna. Estaba en un hotel de La Molina, con el colegio. Era verano. Los curas nos despertaron de madrugada a quienes lo habíamos solicitado el día anterior. Me veo en pijama, con otros niños, frente a un televisor, en un salón del hotel. Hay unos americanos llorando de emoción. De la separación de los Beatles en el año setenta no guardo memoria, aunque sí de todas sus canciones. Y cuando digo todas quiero decir todas.

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Con melenas (al viento)…

—¿Cómo transcurrió tu infancia? ¿Dónde estudiabas? ¿Eras líder en el cole, de los que eligen a los equipos en el patio? ¿Buen estudiante, de los que aprobaban, o de los que acababan, tras hincar los codos en verano, en la repesca de septiembre?

—En general fui un buen estudiante, a juzgar por los resultados. Pero sin mucho esfuerzo, para qué nos vamos a engañar. En los deportes, una nulidad. Mientras los demás jugaban al fútbol en el patio, durante el recreo, yo paseaba alrededor de aquel pandemónium de campo de fútbol donde tenían lugar varios partidos a la vez. Caminaba bajo los soportales con mi amigo Nacho, como peripatéticos impúberes, hablando de cosas importantísimas que ya ni recuerdo.

Prácticamente salté de Tintín al Cela de Pascual Duarte, a Sénder, a Delibes. Y parece que lo has adivinado, porque a los quince años me sumergí en Nietzsche. Si no recuerdo mal, la culpa la tuvo un librito de Fernando Savater. Y también los jesuitas, que a esa edad nos hacían leer al maldito, y a Sartre, y a Camus, y a Unamuno.

—Tu padre era abogado; tu madre, profesora, enseñaba catalán… Imagino que eráis una familia de clase media acomodada, con muchos libros en casa… ¿Empezaste a engancharte a los libros, como casi todos, con Melville, Daniel Defoe, Walter Scott, Jack London, Conrad, Verne, o te arrojaste directamente en brazos de “El Superhombre” de Nietzsche? ¡No me mientas, que yo recuerdo haberme “zampado”, muy de crío, las aventuras de “El Club de los Cinco” de Enid Blyton y me siento muy orgulloso! ¡Jajaja!

—Prácticamente salté de Tintín al Cela de Pascual Duarte, a Sénder, a Delibes. Y parece que lo has adivinado, porque a los quince años me sumergí en Nietzsche. Si no recuerdo mal, la culpa la tuvo un librito de Fernando Savater. Y también los jesuitas, que a esa edad nos hacían leer al maldito, y a Sartre, y a Camus, y a Unamuno. Un día, tendría yo quince o dieciséis años, me topé con una pieza en El Viejo Topo donde se especulaba acerca de la novela más importante jamás escrita. O quizá se trataba de la más influyente, no recuerdo bien. Como yo no había leído ninguna de las que aparecían, corrí a preguntarle a mi padre cuál era la mejor de las citadas: El hombre sin atributos, Crimen y Castigo, En busca del tiempo perdido, el Ulises… ¡Uh, la quinta no me viene a la memoria! Mi padre me respondió sin pensarlo un segundo: “¡Crimen y castigo!” Le dije que, siendo así, la leería inmediatamente. Pero él me cortó: “¡No! ¡Las vas a leer todas!” Por la noche las tenía en la mesa de mi habitación. Un montón de tomos nuevecitos. Quería que los estrenara, a pesar de que en casa estaban todas las citadas salvo la de Robert Musil. Cuando las terminé, meses después, le comuniqué que estaba de acuerdo con él. Me inclinaba por Dostoyevski. Sigo pensando lo mismo. A los diecisiete, tirando de la biblioteca de casa, me puse a leer a los clásicos. Consideré, y creo que tenía razón, que no se podía llegar a la mayoría de edad sin haber leído el Quijote, Hamlet, La Divina Comedia, Fausto y la Odisea. ¡Y ahora reparo en que leí a Joyce antes que a Homero! Qué desorden…

—¿Qué libros sueles escoger en la actualidad, cuando husmeas por las mesas y los anaqueles de las librerías históricos, ensayo, novelas? ¿A qué autores clásicos te encanta releer?

—Hace tiempo que leo más ensayo que ficción. Tengo una cierta fijación con el tema de la complejidad. Leo libros de ciencia de los que entiendo la quinta parte, como mucho. En novela, las últimas alegrías me las han procurado los franceses Houellebecq y Emmanuel Carrère. Aunque es arriesgado llamar novelista a este último.

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Muy joven, en la gala de los Premios Nadal

—¿Cómo transcurrían durante tu infancia —la añorada “arboleda perdida”, parafraseando a Alberti— los momentos felices? ¿Ibas con hermanos, amigos o primos a ver las sesiones dobles de «Can Pistolas», el cine Capitol, donde siempre proyectaban una de Tarzán y otra de indios de John Ford? ¿Eres cinéfilo? ¿Qué géneros y películas, clásicas o actuales, te han dejado huella a lo largo de los años? ¿Cuál de ellas podrías ver cien veces?

—Sí, era cinéfilo ya de crío. Me dejaban ir solo al Rialto porque estaba muy cerca de casa. Ninguno de los cines donde pasé tantas horas de dicha existe ya. El Novedades, el Fantasio, el Fémina, el Aquitania… Decir cine es decir cine americano. Y sin embargo, la película que más me ha impresionado es española: “El espíritu de la colmena”. Cada vez que vuelvo a verla me pregunto por qué resulta tan irresistible, tan hipnótica. Todo en ella es fascinante. ¡Esa vidriera! La prodigiosa Ana Torrent, el silencio…

La guitarra se convirtió en una auténtica pasión. Aunque no tardé en llegar a mi límite bastante pronto, obligado a tocar de oído y por la vía autodidacta, gocé durante muchos años con el instrumento.

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Sus amigos le obligan a cantar. Se sabe todas las de Serrat y todas las de los Beatles

Días atrás me topé con un vídeo que me encantó, en el que concedías una breve entrevista en una tienda de instrumentos musicales… ¡Y guitarra en mano te arrancabas con un tema de Serrat, y con otro, que no logré reconocer. Lo único que sé es que la inflexión de tu voz recordaba poderosamente a la de Ian Anderson, de Jethro Tull…! ¿Cuándo empezaste a tocar la guitarra?

—El tema al que te refieres era, en efecto, de Jethro Tull: “Wond’Ring Aloud”, una joyita del álbum “Aqualung”. Yo toco la guitarra por llevar la contraria. Verás. Cuando entré en los Jesuitas, quise estudiar piano. Aguanté menos de dos años porque me cansé de hacer escalas dos horas al día. Les dije a mis padres que me lo había pensado mejor y que prefería la guitarra, como mis hermanas. A ellas, mayores que yo, les daba clase un profesor particular, en casa. Tocaban canciones, hacían voces, parecían divertirse de lo lindo. Entonces mi padre, que generalmente no era severo, lo fue por una vez: “O piano o nada”. Escogí nada. Él vendió el piano que me había comprado, y a mí me entró un deseo invencible de tocar la vedada guitarra mejor que mis hermanas, y sin profesor. Me hice con un librillo de acordes y un cancionero. Con trece años, consagraba horas y horas a mi competitivo cometido. Creo que, en el fondo, aspiraba a demostrarle a mi padre que se había equivocado. Costó, pero en un par de años ya tocaba mejor que ellas. La guitarra se convirtió en una auténtica pasión. Aunque no tardé en llegar a mi límite bastante pronto, obligado a tocar de oído y por la vía autodidacta, gocé durante muchos años con el instrumento. La tenía encima viendo la tele en el sofá, aunque me limitara a marcar acordes sin tañer una cuerda. Hará unos diez años murió un íntimo amigo mío, médico, que era el mejor guitarrista que ha pisado la Tierra, lo creas o no. Entonces dejó de apetecerme tocar. Tengo una formidable Gibson J160, electroacústica, y no la saco de la caja. En ocasiones muy contadas, como una fiesta en casa de Albert Rivera, un mitin donde él mismo me instó a tocar y cantar Mediterráneo, o el programa al que te refieres, le arranco unos acordes y canto algo, solo para comprobar los estragos que el tiempo ha hecho en mi voz y la absoluta pérdida de la digitación.

Lo raro no es que yo dijera ser maoísta con quince años. Lo raro es que hubiera tanta intelectualidad maoísta de verdad en Francia y, algo menos, en España en esos momentos, en 1976.

—Me resultó sorprendente, al fisgar en busca de datos o asuntos insólitos, una declaración en la que afirmabas que a tus quince años te hiciste maoísta… ¡para ligar! De verdad, me reí hasta el llanto, porque me hiciste recordar algo que te voy a contar… En la Facultad de Periodismo, entre los del grupo había uno muy ceñudo, con aire de pocos amigos, desgarbado, al que llamaban «el trotskista». El tío era feo de narices, pero siempre llevaba a una chica colgada del brazo. Una noche, de esas de ginebra barata, le pregunté si realmente era un admirador de León Trotsky, y echándose a reír, el muy cabrón, me confesó: “¿Trotskista, yo? ¡No jodas, ni de coña, pero tú no sabes lo que les pone a las chicas del PSUC creer que salen con un trotskista auténtico, no doy a basto!” Vamos, confiesa… ¿Cómo ligaba un maoísta en la Barcelona de 1976? ¿En qué consistía el flirteo? Supongo que era una relación nada heteropatriarcal, exenta de romance, algo muy distante y protocolario, tipo: “¿Practicamos instrucción sexual, camarada, y te leo algún fragmento del Libro Rojo al terminar?

—¡Ojalá! Pero esos ligues quinceañeros tenían poca vertiente sexual. Aunque, en fin, algo es algo, me decía. Yo creo que ahora son más precoces, pero solo en eso. Mira, lo que dije en aquella entrevista es rigurosamente cierto, y los adversarios políticos, como siempre, han intentado sacarle punta. Yo no podía ser realmente maoísta, porque no había leído a Mao ni sabía de su Revolución Cultural ni de su genocidio, ni que enviaba a millones de personas a campos que se llamaban, literalmente, “ninguna parte”. Es más, la poesía de Mao era una mierda. Yo decía que era maoísta, sí, y me moví con algunos conocidos, que veía muy mayores, de la Joven Guardia Roja. Y, en efecto, mi fin único era ligar. Los que se sorprenden, ¿acaso no recuerdan sus quince años? ¿O era yo el único que solo pensaba en las tías? ¡Vamos, anda! Aquello era un estilo, una estética interesante. Sin más. Corriendo los años leí el libro del médico de Mao. Pues bien, el Gran Timonel era un puerco. No se duchaba jamás. Nunca se lavó los dientes. Transmitía enfermedades venéreas sin parar a las muchachas que le servían. Un puerco asesino. Lo raro no es que yo dijera ser maoísta con quince años. Lo raro es que hubiera tanta intelectualidad maoísta de verdad en Francia y, algo menos, en España en esos momentos, en 1976. Dicho todo esto, luego comprobé que con lo que de verdad se ligaba era cantando Serrat. ¡Ah, cuánto le debo al noi del Poble Sec…!

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Con Inés Arrimadas en la Feria de Abril catalana

—Bromas al margen, la Barcelona de aquellos días, tremendamente progresista, libertaria incluso unos cuantos años antes de la muerte de Franco, era un estallido feliz, un crisol en el que se fundía teoría política, rockn’roll, hippismo, marihuana, lectura, cine, catalanismo… Todo eso nos condujo en volandas a la Transición, a la esperanza de un país nuevo, democrático, capaz de enterrar la herencia de un pasado frentista… ¡Y te encuentro, cronológicamente, militando en la Joven Guardia Roja! Eso implicaba estar ya muy metido en política ¿no?

—Descartada como te digo, aquella impostura estética como verdadera actividad política, mi verdadero interés por la política llega cuando entro en la Universidad. Son las clases de Derecho Político, y en especial el seminario sobre el Título VIII de la Constitución, que nos impartía el catedrático Jordi Solé Tura, lo que despierta en mí una verdadera conciencia del momento político, y una inclinación clara hacia el PSOE, aunque Solé Tura militara aún en el PSUC. Estuve bien guiado. También por las lecturas políticas que me recomendaba mi hermana mayor.

Las verdaderas dimensiones de la monstruosidad comunista las descubro hacia los veinticinco, cuando empiezo a leer a algunos disidentes del Este. Para mí las lecturas decisivas fueron “El pensamiento cautivo”, de Czeslaw Milosz, “Archipiélago Gulag”, de Solzhenitsyn, y una novela de Milan Kundera: “La broma”.

—¿Cuánto tardaste en descubrir que el maoísmo, el comunismo, el marxismo, el polpotismo, tampoco son la panacea universal y albergan en su histórico tanta demencia, crueldad y fanatismo como ese fascismo contra el que todos, por postura generacional, contracultural, combatíamos desde nuestras trincheras en la medida de lo posible?

—Las verdaderas dimensiones de la monstruosidad comunista las descubro hacia los veinticinco, cuando empiezo a leer a algunos disidentes del Este. Para mí las lecturas decisivas fueron “El pensamiento cautivo”, de Czeslaw Milosz, “Archipiélago Gulag”, de Solzhenitsyn, y una novela de Milan Kundera: “La broma”. Años después, la literatura al respecto fue enorme, y es insólito que, a estas alturas, tanta gente se declare todavía comunista. El libro negro del comunismo fue definitivo. Una obra muy corta, que debiera ser de lectura obligatoria y no puede dejar a nadie indiferente, es “Koba el Temible. La risa y los veinte millones”, de Martin Amis. Quien tenga alguna duda puede recurrir a dos obras de autores españoles, que están ahora mismo en cualquier librería que se precie: la inmensa “Los enemigos del comercio”, de Antonio Escohotado, y “Memoria del Comunismo”, de Federico Jiménez Losantos. Ambas maravillosamente escritas en un español elegante, preciso y recio.

Hay que acumular conocimiento yendo advertido acerca del peligro de atracción de las ideologías …/… La inabarcable complejidad del mundo no cabe en una ideología. 

Permíteme un paréntesis, porque tengo una pregunta un tanto metafísica, etérea, a introducir en medio de este hilo narrativo… En la magistral película “Las invasiones bárbaras” de Denys Arcand, el protagonista, consumido por una enfermedad terminal, reúne, pocos días antes de su muerte asistida, a todos sus queridos amigos en una emocionante despedida. Juntos rememoran, entre risas, sus amores, hazañas, gamberradas, y, sobre todo, se ríen de todos los putos —con perdón ismos por los que han pasado a lo largo de la vida: maoísmo, marxismo, comunismo, budismo, hippismo, capitalismo, liberalismo, separatismo. ¿Crees que el ciudadano cosmopolita, formado, culto, libre del populismo del momento, es aquel que harto de monserga y teoría estéril, se pone en pie y exclama: “Se acabó el puto sufijo, a la mierda el “ismo”, YO SOY lo que soy”? ¿Es ese un acto de madurez y humildad al mismo tiempo? ¿Una liberación al estilo socrático: Sólo sé que no sé nada, dejadme en paz, basta de teoría, me sumerjo en la praxis”?

—Estoy bastante de acuerdo. Aunque yo más bien diría “Soy lo que soy y pienso ser lo que puedo ser”. Y jamás exclamaría “Basta de teoría”. Dadme teorías, porque soy curioso. Quiero conocerlas todas. Hasta las más aberrantes, como el marxismo o el nacional socialismo. El afán por conocer todo lo que el hombre ha producido no está en contradicción con vivir las experiencias según tu criterio, y en toda su intensidad. No significa comprar una u otra teoría en el supermercado intelectual. Hay que acumular conocimiento yendo advertido acerca del peligro de atracción de las ideologías. Yo no quiero adoptar ninguna ideología; las ideologías son modelos cuyos seguidores utilizan para ajustar la realidad a la visión omniexplicativa de algún otro. Cuando yo me declaro liberal quiero decir que tengo un ideario liberal, no una ideología. Un hombre intelectualmente honrado que profesara una ideología estaría obligado a adaptarla constantemente a los nuevos fenómenos, los nuevos contextos. La inabarcable complejidad del mundo no cabe en una ideología.

Al progre hay que ignorarle. Es un ser cargado de prejuicios que no aporta nada, y que se pasa la vida intentando que los demás se sientan culpables. Y que, a poder ser, le den su dinero para aplacar esa culpa.

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“Cuando llegamos al Congreso…”

—A colación de lo dicho: ¿Por qué los de izquierdas caen en la trampa de la superioridad moral, de creer que ocupan siempre el lugar correcto en la Historia? ¿Por qué los de derechas encallan en el sempiterno complejo de culpabilidad irresoluble? ¡Abomino de la estupidez, y lo digo desde un punto de vista casi cósmico, que conste en acta!

—Se retroalimentan en una relación perversa. Hay una izquierda seria y noble que no peca de ese sentido de superioridad moral. A quien hace eso prefiero llamarle progre. El progre se declara de izquierdas y ya ha cumplido con la vida. Ya no necesita demostrar nada. Ni siquiera necesita leer, prepararse. Se puede permitir todo, cualquier contradicción, porque sus intenciones son supuestamente buenas y quiere que le juzguen por ellas, no por lo que con ellas consigue. Mientras, él juzga severamente todo lo que no sea izquierda, va poniendo etiquetitas al prójimo (los fachas, las derechas, los neoliberales, o cualquier otra) y se echa a dormir, porque parte de la base de que el otro tiene malas intenciones. Como ves, con este esquema, los resultados de las acciones de cada cual no son relevantes. ¿Dónde está la retroalimentación? ¡En que la derecha vive acomplejada! De algún modo, legitima los juicios apriorísticos de los progres en una actitud permanentemente defensiva. En España, esto es tan extremo que casi podríamos definir al derechista como aquel que no se incluye en la izquierda pero acepta las categorías de la izquierda. Grave error. Al progre hay que ignorarle. Es un ser cargado de prejuicios que no aporta nada, y que se pasa la vida intentando que los demás se sientan culpables. Y que, a poder ser, le den su dinero para aplacar esa culpa. Y lo logran de las formas más imaginativas.

—Sencillamente sublime. Estoy totalmente de acuerdo. Sigamos. De la mano de Solé Tura, que militaba en el PSUC, entraste en el PSOE. Y ahí te quedaste durante unos cuantos buenos años, hasta cumplir los 25 (estamos en 1986). He leído que compañeros de partido te veían como a un facha por leer a Milan Kundera, y que saliste escaldado y por piernas por un tema de criterio sobre algo muy grave, relacionado con ETA, que no da para broma alguna… ¿nos lo cuentas, por favor?

—Lo he contado varías veces y estoy esperando que alguien relevante del PSC diga que miento para que hable otro testigo, una persona que estaba ahí, que también se marchó del partido y que hoy es un excelente columnista y un economista heterodoxo. Los hechos. Estamos en 1986, los socialistas gobiernan España desde hace casi cuatro años y el ministro de Defensa es miembro del PSC. En una de las plantas de la sede de ese partido, en la calle Nicaragua de Barcelona, que estaba bastante llena con motivo de alguna reunión, la gente rompe a aplaudir. ¿Qué sucede? —preguntamos. “¡Que ETA ha matado a Sáenz de Ynestrillas!” En el atentado murieron también el teniente coronel Besteiro y un soldado: Francisco Casillas.

Errático es que Echenique pasara de Ciudadanos, exquisitamente constitucionalista, a Podemos, populismo antisistema. Errático es que Espadaler pase de estar en un gobierno separatista a presentarse en la lista del PSC. Errático es que Mascarell elaborara el programa electoral del PSC, y, tras las elecciones, entrara en el gobierno de Artur Mas.

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—¡Uf, tremendo! Tras tus años en el PSOE, y en ese tránsito por buena parte del arco ideológico —que a algunos se les podría antojar un tanto errático—, llegaste al Partido Popular. Te presentaste como candidato en tres ocasiones: municipales, autonómicas y generales, sin salir elegido ¿No fue ese un triple salto sin red, más difícil de entender, en retrospectiva, que el camino hollado hasta la fecha? Nos gustaría que nos contarás cómo te sentías, en qué te cambió, a nivel personal, ideológico, ese tiempo en el PP ¿Supuso un peldaño más en la liberación del sufijo “ismo” del que hablábamos antes?

—¡Niego la mayor! No hay nada de errático en abandonar la militancia socialista a los veinticinco años y entrar en otro partido constitucionalista, el PP, a los treinta y cinco. No tuve ninguna militancia durante esos diez años. Había dejado de ser de izquierdas y, sobre todo, era, como he sido siempre, muy contrario al nacionalismo. A mediados de los noventa conocí a Alejo Vidal Quadras, con quien mantengo la amistad, y pensé que el PP era el único partido que podía plantar cara al nacionalismo en Cataluña. Ten presente que Ciudadanos no nació hasta el 2006. A Vidal Quadras se lo sacó de encima Aznar, craso error, cuando el Pacto del Majestic. Aún así, el PPC seguía siendo la única formación no nacionalista en el Parlament de Cataluña. ¿Por qué no iba yo a aceptar ir de relleno en listas gerundenses, donde ese partido no tenía apenas posibilidades y necesitaba ayuda? De relleno, repito. En las autonómicas, el cuarto, cuando solo podía salir uno; en las generales, el último de la lista (también podían aspirar a uno, y no salió ninguno); y en las municipales, por Castelló de Empúries, en las mismas condiciones? Quien quiera presentar esos gestos de generosidad y compromiso contra el nacionalismo, dando la cara en Gerona, como actos interesados, no sabe de lo que habla. ¿Quieres que te cuente lo que es errático? Errático es que Echenique pasara de Ciudadanos, exquisitamente constitucionalista, a Podemos, populismo antisistema. Errático es que Espadaler pase de estar en un gobierno separatista a presentarse en la lista del PSC. Errático es que Mascarell elaborara el programa electoral del PSC, y, tras las elecciones, entrara en el gobierno de Artur Mas. Errático es Vestrynge, que era el segundo de Fraga en Alianza Popular y que ahora actúa de conciencia marxista para el populismo de extrema izquierda. Errática es aquella Nebrera que pasó del PP a Convergencia.

(De mi tiempo en Bruselas) me quedó la frustración de constatar la inutilidad práctica de las decisiones del Parlamento Europeo cuando el Consejo decide ir por otro lado, y también el escaso eco que el trabajo de Bruselas tiene en España.

So sorry! Me jacto de usar los adjetivos con precisión suiza, pero he errado por completo. Llegamos a Ciudadanos. Fin de trayecto. En el seno de esta formación, en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, consigues escaño junto a Javier Nart… ¿Cómo se ve y se entiende la política lejos del terruño, desde el plano supranacional, desde Bruselas? ¿Es un ámbito deshumanizado, funcionarial, alejado y ajeno a la vicisitud cotidiana de la gente? ¿Qué quintaesencia incorporaste en el alambique de la experiencia personal en ese año y medio en el corazón de la UE?

—Fue una gran experiencia. Pude alejarme del ensimismamiento catalán y entregarme por fin a asuntos importantes. Estuve en la Comisión de Industria y me adentré en las políticas de I+D+I. Comprobé las afinidades de los antieuropeístas, como el Frente Nacional, Podemos y UKIP. La anti Europa hace extraños compañeros de cama. Hice amistades que aún duran, como la de mi admirado Paco Sosa Wagner, o mi compañero Fernando Maura. Todo se ve allí con más perspectivas y dispones de muchos medios para trabajar. Sin embargo, me quedó la frustración de constatar la inutilidad práctica de las decisiones del Parlamento Europeo cuando el Consejo decide ir por otro lado, y también el escaso eco que el trabajo de Bruselas tiene en España.

—Tras Bruselas, Ciudadanos te reclama en primera línea: Diputado en las Cortes Generales por Barcelona; Portavoz de Ciudadanos en el Congreso, y Responsable del Área Constitucional de tu formación… ¿No es demasiado peso sobre unas espaldas? ¿Puedes conciliar tu vida privada con la política, teniendo en cuenta de que además tu condición de abogado, columnista, escritor de libros, te reclama con frecuencia?

—De abogado no ejerzo hace muchos años. No he tenido tiempo de sacar ningún libro desde entonces, y he pasado de escribir una columna diaria a una semanal, que escribo los domingos por la noche en el AVE. La actividad política es muy exigente. No desconectas nunca. Pero, para mí, tiene la compensación de formar parte de un proyecto apasionante, dispuesto a modernizar y regenerar España, y a detener el avance del nacional populismo, un fenómeno europeo.

El Estado aguanta y aguantará gracias al extraordinario papel simbólico jugado por el Rey, y porque los jueces y magistrados, el Defensor del Pueblo y otras importantes instancias, cumplen con sus obligaciones. Aguantará porque somos una democracia perfectamente homologable con las primeras del mundo y un socio grande de la Unión Europea. 

—Abordemos ahora la situación política, a nivel nacional y autonómico. El día 11, en Barcelona, cientos de miles de independentistas, los harcore fans del nacionalismo, incapaces de aterrizar en la realidad, gritaron hasta la afonía, reclamando una libertad que ya tienen, en pleno siglo XXI, en el seno de una democracia consolidada, escupiendo odio a espuertas, espoleados por una clase política infame, corrupta y supremacista. ¿Le queda mucho recorrido al independentismo, sin hoja de ruta, desunidos, sin líderes, con juicios a corto plazo?

—Los separatistas no ganarán, pero todavía pueden molestar mucho. No ganarán porque la espiral del silencio se ha roto en Cataluña, porque el Estado aguanta y aguantará gracias al extraordinario papel simbólico jugado por el Rey, y porque los jueces y magistrados, el Defensor del Pueblo y otras importantes instancias, cumplen con sus obligaciones. Aguantará porque somos una democracia perfectamente homologable con las primeras del mundo y un socio grande de la Unión Europea. Aguantará porque nuestros socios no quieren que se desencadene una avalancha de secesionismos de decenas de pseudo naciones europeas sin Estado. Aguantará por mucho que en el Poder Ejecutivo mande transitoriamente un personaje inconsciente y temerario favorable al apaciguamiento con los golpistas y al pasteleo. Dicho esto, el nacionalismo va a seguir molestando, porque esa es su esencia. Se trata de una ideología destructiva. En el caso catalán, el supremacismo, que había sido evidente en el primer catalanismo político, y que se había disimulado durante el pujolismo, vuelve a mostrar su impresentable rostro. Junqueras cree que hay significativas diferencias genéticas entre catalanes y castellanos. Torra cree que los españoles tenemos taras genéticas. Esta vuelta a la genética en la política es cualquier cosa menos tranquilizadora. También es relativamente nuevo, y gravísimo, que el nacionalismo catalán reconozca abiertamente el ascendiente que tienen sobre él terroristas como Sastre, Otegi o Bentanachs. Resumiendo, una masa engañada por trileros, que habían hecho de la construcción nacional un negocio colosal, se ve más y más frustrada. Los excluyentes, los cultivadores del odio, cada vez más desatados, detentan un gran poder en su marco competencial autonómico, y siguen tratando de desbordarlo con una deslealtad congénita, incurable.

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—¿Se librará una guerra encarnizada entre los restos de Convergencia, el PDeCat y ERC por la migajas del poder autonómico? ¿Las declaraciones de Junqueras, Tardà y Rufián, buscando rebajar la tensión, muy mal recibidas por los más radicales, apuntan en esa dirección?

—No seré yo quien especule acerca de supuestas querellas internas en el separatismo. Esos partidos dieron juntos un golpe de Estado y la metodología adecuada es tratarlos como a un solo fenómeno. La ex vicepresidenta SSS hizo lo contrario y la engañó Junqueras como a una china. Su gobierno se aferró a la errónea convicción de que el líder de ERC cumpliría porque era “de fiar”. ¡De fiar un personaje que llevaba años de gira, cada fin de semana, mintiendo por todos los pueblos de Cataluña sobre la existencia de un supuesto déficit fiscal gigantesco y contando que con la independencia ataríamos los perros con longanizas! Si rompen, que rompan. Si se unen, que se unan. Allá ellos. Nadie sensato debe albergar ninguna esperanza a partir de los problemas internos del separatismo organizado.

El nacionalismo es una patología. Hay pueblos que contraen ese mal, y los catalanes lo contrajeron, como tantos otros pueblos, a finales del siglo XIX. El victimismo es adictivo para quien lo practica, e insoportable para su entorno.

—¿Cómo demonios hemos llegado hasta aquí? ¿Es un mal cíclico al que estamos condenados los catalanes? ¿Es una enfermedad espiritual, anímica; algo inherente al carácter de un pueblo propenso al victimismo, la simpleza emocional y el martirologio más ridículo? ¿Son incapaces de discernir entre el bien y el mal, entre legalidad e ilegalidad? ¿Por qué hasta el santo Job preferiría cortarse las venas antes que tener que razonar con ellos?

—La enfermedad social. El nacionalismo es una patología. Hay pueblos que contraen ese mal, y los catalanes lo contrajeron, como tantos otros pueblos, a finales del siglo XIX. El victimismo es adictivo para quien lo practica, e insoportable para su entorno. La gente que se pasa el día quejándose no hace nada en la vida. Así que el nacionalismo opera en Cataluña de estas dos formas: destruye en la cuna lo que podría florecer, a base de suministrar mentiras y educar en el odio, y, por otra parte, sirve de formidable analgésico y estimulante a los fracasados y frustrados, que tienen a quien echarle la culpa de sus errores, cobardías y mediocridades. No era fácil aplastar el espíritu creativo y emprendedor de Cataluña, tan vigoroso, pero el nacionalismo lo ha conseguido. Nadie que crea en sí mismo y aspire a altas empresas vitales quiere quedarse ya en Cataluña, salvo que tenga una voluntad inquebrantable y grandes dosis de energía. Y eso es porque la infección es terrible, y porque el monotema enloquece.

Después del deprimente, pero realista, cuadro que te he pintado, tengo que explicar lo que creo que debemos hacer. Lo tenemos muy claro. De entrada, aplicar un 155 más largo, más amplio y más profundo que el anterior.

—Algunas notas de actualidad al respecto… Siguen marchándose empresas; el turismo nacional rehúye Cataluña —¡Y con razón, después de tantos insultos!; países como Alemania, USA, UK, Australia o Canadá alertan del riesgo que supone para sus ciudadanos pasearse por nuestras calles durante estos días; Barcelona desciende en el ranking de «lovely cities» del puesto séptimo al decimoquinto… ¿Cómo salimos de este pozo? ¿Cuántos años costará? ¿Cómo recuperamos a los abducidos por esta secta? ¿Eres capaz de vislumbrar la luz al final del túnel?

—Claro. Después del deprimente, pero realista, cuadro que te he pintado, tengo que explicar lo que creo que debemos hacer. Lo tenemos muy claro. De entrada, aplicar un 155 más largo, más amplio y más profundo que el anterior. Los separatistas siguen por sus fueros en las instituciones. Dedican una parte del Estado a trabajar y conspirar contra el Estado. Los medios públicos, que operan como eficaz aparato de propaganda separatista de forma permanente en todos los formatos imaginables, deben ser intervenidos esta vez. También los Mossos d’Esquadra, donde miles de funcionarios leales a la Constitución trabajan junto con otros que están dispuestos a colaborar en la destrucción de nuestro marco de convivencia. Una Alta Inspección Educativa, dotada de recursos, medios y capacidad sancionadora, deberá velar por una educación de calidad que forme a los niños catalanes en vez de adoctrinarlos, que saque de circulación las mentiras impresas con que se manipula a los chavales para que odien a España o, en el mejor de los casos, la vean como algo ajeno, distinto y distante. Y tiempo. Todo el tiempo de desintoxicación que sea necesario. No se trata de convencer a nadie ni de practicar un adoctrinamiento inverso. Se trata de que la Constitución, las leyes y las sentencias se cumplan en todo el territorio nacional, sin excepción. Y de que en Cataluña no haya ciudadanos de primera y de segunda. Todos somos de primera. Y que las instituciones y las administraciones públicas regresen a la neutralidad. ¿Costoso? Seguramente. Pero se hará. No te quepa ninguna duda.

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—Te he escuchado, en más de una ocasión, reclamar la autoría del concepto “matrix nacionalista”… Dime: ¿dónde está la pastilla, roja o azul, que consiga que todos estos orates iluminados se caigan del guindo? ¡Si ni siquiera les interesa hablar de más financiación, ni de más autogobierno!

—En Matrix, la película, Neo puede escoger entre tomar una u otra pastilla, y sabe que luego no hay vuelta atrás. En la vida real hay vuelta atrás muchas veces, aunque no siempre. La analogía llega hasta donde llega, y yo la apliqué para ilustrar la existencia de una realidad paralela: la orgullosa Cataluña de Pujol y Maragall, la del supuesto oasis, la de unos medios de comunicación complacientes, complacidos y dopados, que reflejaban nuestra tierra, nuestra sociedad, nuestra economía, nuestra cultura, de acuerdo con instrucciones políticas precisas y al servicio de un proyecto detallado y expreso, formulado en 1990. Por ejemplo, no vieron corrupción en el cenagal. Todo parecía funcionar normalmente, mientras en realidad nos extraían la energía vital. La verdadera calaña de los dueños de Matrix ya ha quedado clara. Media Cataluña la conoce y no traga más. Los otros no tomaron la pastilla adecuada.

Irá cuajando la idea de que el proceso hacia la secesión ha sido un tremendo error que nos ha empobrecido como sociedad y que ha roto innumerables relaciones personales. Irá haciéndose evidente que fuera de la ley no hay nada.

He leído el texto de una interesantísima conferencia que dictaste, en la que tildabas al nacionalismo como una excrecencia del romanticismo del XIX, remontándote al movimiento Sturm und Drang, a Herder y a Goethe. Y uno de los párrafos de esa conferencia me llamó poderosamente la atención, te leeré un fragmento: “Siendo el nacionalismo homogeneizador, armonizador; estando siempre dispuesto a eliminar diferencias, y luego a limar las disidencias, y eventualmente a aplastarlas, resulta bastante fácil de entender que todo nacionalismo es intervencionista por definición. Siempre trabaja para modelar la sociedad, siempre acaba (o empieza) entregándose a la ingeniería social. Por eso no hay nacionalismo liberal”. ¡Pronunciaste esas palabras hace once años, en el 2007! ¿Podremos recuperar algún día a esa media Cataluña para la democracia, la convivencia y la paz social o viviremos lo que nos reste arrastrando este insufrible problema?

—Estoy convencido de que, haciendo lo que debemos, irá cuajando la idea de que el proceso hacia la secesión ha sido un tremendo error que nos ha empobrecido como sociedad y que ha roto innumerables relaciones personales. Irá haciéndose evidente que fuera de la ley no hay nada. Quizá en otras partes del mundo. Pero no en la España del siglo XXI. No en la Unión Europea. Y se regresará a la cuota de independentistas crónica de Cataluña, que está entre el 15 y el 20 %.

Sánchez y su gobierno han comprado entero el relato del separatismo. Pero enterito. Desde la chorrada esa de que todo empezó con la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, hasta la infamia de que somos los constitucionalistas catalanes los que crispamos…

—¿Cómo debería actuar el Gobierno ante las reiteradas soflamas de Torra y su camarilla, llamando a la desobediencia, a no acatar sentencias, a seguir poniendo en jaque al Estado? ¿Aplicará Pedro Sánchez el artículo 155 que reclamáis desde Ciudadanos, o sólo lo hará cuando nos estemos tirando los trastos a la cabeza? ¿Sería tal y como hizo Rajoy una medida descafeinada, un paño frío que apenas les pararía los pies?

—Sánchez hará lo que la mercadotecnia le indique como más adecuado en cada momento, para maximizar su tiempo en la Moncloa. Para poder jugar con su avioncito y su helicóptero y llegar a las bodas con cincuenta escoltas. Sánchez no sabe casi nada de Cataluña, y lo poco que sabe está filtrado por el PSC, que es peor que no saber nada. Así que, a lo mejor, su gurú le dice que actúe de otra forma y lo hace. Pero si juzgamos por su trayectoria en estos meses, Sánchez y su gobierno han comprado entero el relato del separatismo. Pero enterito. Desde la chorrada esa de que todo empezó con la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, hasta la infamia de que somos los constitucionalistas catalanes los que crispamos por no aguantar la ocupación masiva, con simbología secesionista, del espacio público.

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—Vox es una fuerza emergente, de las que gana adeptos día a día, en el segmento de la derecha. Seguramente te han preguntado esto en más de una ocasión, pero ahí va: ¿Cuál es el común denominador de Vox, PP y Ciudadanos? ¿En qué temas o asuntos tenéis una visión similar? ¿En qué puntos no coincidís en absoluto?

—No sabría decirte. Un común denominador es la defensa de la integridad territorial, pero destacar eso sería decir, por omisión, que otros no la defienden, lo que no sería justo. Más allá de las debilidades del sanchismo, el partido socialista está lleno de gente que defiende esa idea sin complejos. Sobre todo entre sus votantes.

El PDeCat será expulsado de ALDE, y será un acto de justicia, porque la vieja Convergencia se ha convertido en una formación más de la anti Europa nacional populista. Una de las que más problemas crea, por cierto.

—En Europa parecen estar hartos de la deriva y la irresponsabilidad pirómana del PDeCat ¿Expulsará ALDE, la Alianza de Partidos Liberales y demócratas de Europa, en la que también está Ciudadanos, al partido de Puigdemont el próximo 27 de octubre? ¿Qué significaría esa expulsión para la derecha nacionalista catalana?

—Se les expulsará de ALDE, y será un acto de justicia, porque la vieja Convergencia se ha convertido en una formación más de la anti Europa nacional populista. Una de las que más problemas crea, por cierto. Era absurdo seguir haciendo ver que estábamos ante liberales europeístas. También se hace justicia en otro sentido. Cuando Javier Nart y yo llegamos a Bruselas, en junio del 2014, los convergentes contaban en sus medios afines (o sea, casi todos los regionales) que Cs lo tenía muy difícil para entrar en ALDE. Y urdieron todo tipo de tretas en el Parlamento Europeo para impedir nuestro acceso a la familia liberal. Ahora son ellos los que van a ser expulsados, y no solo por sus actitudes políticas, sino básicamente por su corrupción, en tanto que Cs acogerá en Madrid este año el congreso del ALDE Party.

—Alguna vez has hablado de ello: ¿Sería una posible solución, o parte de la solución, respecto al tema catalán, sustituir al Senado, como inútil cámara territorial, por una Cámara de Presidentes Autonómicos o Foro de Comunidades Autónomas, en la que se pudieran abordar todo tipo de asuntos al más alto nivel?

—La Constitución establece que el Senado es la cámara de representación territorial; sin embargo, no cumple con ese papel. Por eso en Cs pensamos que, o bien pasa a convertirse en lo que tú dices, o bien debe desaparecer. Naturalmente, todo esto está supeditado a una reforma de la Constitución, que exige siempre amplios consensos.

—Todos somos conscientes de que el gobierno de Pedro Sánchez se aguanta con alfileres prestados por independentistas, podemitas y radicales vascos, a los que busca desesperadamente contentar —exhumación de Franco, cargos, acercamiento de presos— ¿Crees que en este órdago a la grande que vivimos, en términos de mus, tiene algún plan factible que pueda resolver y apaciguar ánimos o todo irá a peor en sus manos en breve?

Sánchez nos mintió a todos. Llegó al gobierno por la puerta de atrás prometiendo elecciones, y en cuanto probó las mieles de la Moncloa decidió quedarse allí. Este cambio le obliga a contentar a un abanico de formaciones populistas y separatistas que incluyen a Bildu. Por si esto fuera poco, se le van cayendo ministros entre graves escándalos. Y quizás el más grave de todos sea el de su doctorado cum fraude. Los ministros que no se le caen porque él no lo permite, le erosionan todavía más. Que todo esto afecte a sus expectativas electorales me importa muy poco, como comprenderás. Lo que me preocupa es que no haya nadie al mando en el gobierno para hacer frente a los que quieren romper España, ni para disuadir a los que quieren subirnos los impuestos cuando la clase media trabajadora empezaba a respirar un poco.

Está claro que tanto el PSOE como el PP han considerado el Estado como un botín. Su sentido de las instituciones es patrimonial. De algún modo perpetúan, más de un siglo después, el turnismo de la Restauración.

Sánchez está poniendo instituciones y empresas públicas al servicio de su partido, pulverizando la frontera entre Estado y formación política, premiando a muchos con sueldos astronómicos y cargos en TVE, Paradores, CIS o Correos ¿Hay forma de parar este despropósito? ¿Todo el mundo calla ante algo así, excepto Ciudadanos? ¿Es el Estado un botín a repartir?

—Está claro que tanto el PSOE como el PP han considerado el Estado como un botín. Su sentido de las instituciones es patrimonial. De algún modo perpetúan, más de un siglo después, el turnismo de la Restauración. Pero esto de Sánchez ha ido demasiado lejos. Ha hecho del dedazo un arte… ¡Qué dedo tiene este hombre! Quizá se haya sentido compelido a repartir para los suyos, como cuando a aquel político de la época del caciquismo, Natalio Rivas, le gritaron en un mitin una frase que haría historia: “¡Colócanos a todos!”

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—¡No conocía esa frase, me parece sublime! Sigo con el despropósito socialista… Ver y escuchar ayer a Borrell, en el que todos confiábamos, soltar lo de que Cataluña es una nación, o asistir al incesante contoneo de Miquel Iceta, buscando hacerse un hueco inexistente entre lo legal y lo ilegal en la pista de baile, es descorazonador… ¿Nos merecemos a un PSC así, al que muchos catalanes votamos en el pasado, nadando y guardando la ropa, carente de valentía y dignidad, apoyando al nacionalismo en infinidad de asuntos, lengua, enseñanza, municipios?

—Hace tantos años que no espero nada del PSC… ¡Treinta y dos, para ser exacto! Si Borrell me ha decepcionado no es por eso, pues él milita en el PSOE, no en la formación nacionalista de Iceta.

Hoy Podemos es menos peligroso para el sistema con el que quería acabar, porque su líder se ha convertido en un padre de familia con una hipoteca.

—¿Aún crees que Podemos sigue constituyendo un auténtico peligro para la economía, la sociedad, las instituciones y la cohesión de España? ¿Su crecimiento inicial, como partido, fue parte de una estrategia del PP para debilitar al PSOE?

—¡Hombre, que lo criaron, mimaron y amamantaron desde un grupo mediático es evidente! Y que el PP, o alguien muy poderoso en ese partido, quiso que así fuera, también consta. Seguramente creyeron que, al romperse la izquierda, ellos gobernarían por siempre jamás con mayoría absoluta. Ya ves cómo les ha salido la jugada. Por otra parte, hoy Podemos es menos peligroso para el sistema con el que quería acabar, porque su líder se ha convertido en un padre de familia con una hipoteca.

—Todos los partidos, en mayor o menor medida, hablan de reformar la Constitución, actualizarla, para asegurar el encaje territorial, pero a la gente de a pie no nos queda nada claro en qué consistiría esa reforma y a qué situación nos conduciría… ¿De abordarse, en un futuro a corto o medio plazo, qué artículos o asuntos estaría Ciudadanos dispuesto a estudiar y modificar, en qué sentido o medida y para qué?

—Lo resumiré, para no aburrir al lector: aclarar el reparto competencial, con especialísimo cuidado en la educación y el poder supervisor del Estado; establecer el poder residual del Estado para todo lo no previsto o legislado; nombrar todas las comunidades autónomas, imposibilitando la anexión de Navarra por el País Vasco; convertir el Senado en verdadera cámara territorial, reduciendo drásticamente el número de senadores, o bien suprimirlo; eliminar las onerosas y opacas diputaciones sustituyéndolas por consejos de alcaldes; incluir derechos relacionados con las nuevas tecnologías; eliminar la preferencia por el varón en la sucesión a la Corona; modificar la forma de elección del Consejo General del Poder Judicial…

—Terminamos, Juan Carlos. Cada día vemos a Ciudadanos dar batalla en frentes muy diversos, pero sobre todo proponiendo Proyectos de Ley, como la Tarjeta Sanitaria Única, o la eliminación del Impuesto de Sucesiones. Ahora mismo proponéis rebajar la fiscalidad de la Tarifa Eléctrica —que nos va a abrasar a todos este próximo invierno—, y reclamáis una selectividad unificada (informe MANU) que evite injusticias ¿Por qué todas las propuestas de Ciudadanos, benéficas y de pura lógica, son tumbadas? ¿Os habéis convertido en el partido político al que todos quieren cerrar el paso y asfixiar? ¡Enemigos de Podemos, del PP y del PSOE, eso no lo había logrado nunca nadie! ¿Algo estaréis haciendo muy bien, no?

—Es muy sencillo. El bipartidismo sabe que con nosotros se ha terminado la broma y empieza la regeneración. Y que el juego de competir por el gobierno de España es cosa de tres, no de dos. En cuanto a Podemos, se encuentra con un partido sin hipotecas y sin complejos. Trata de etiquetarnos a diario con todo tipo de infamias, sin éxito alguno. Encima, la demoscopia les dice que su bajada se ha consolidado y que el juego de competir por el gobierno de España es cosa de tres, no de cuatro.

—Esperemos poder acudir pronto a las urnas. Crucemos los dedos. Prolongar una situación tan inestable no es bueno en modo alguno. Muchas gracias, Juan Carlos, en mi nombre y en el de todos los que hacemos Ataraxia, por esta larga y agradable conversación. 

—Gracias a vosotros.

Autor- Julio Murillo

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Purificación dice:

    Tener políticos como Juan Carlos Girauta es un lujo que nuestro país se merce!

    Le gusta a 1 persona

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