La Cataluña que nos han robado

Un espía entre los nuestros

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1.17 h de la madrugada, acabo de volver de disfrutar de la fiesta de la Mercè y ha sido una noche deliciosa. A las 22 h nuestras caras se iluminaban con los fogonazos de los fuegos artificiales en la playa de la Barceloneta. A reventar de gente, muchos extranjeros, ambiente amable, sonrisas, risas. Hacia las 23 h paseábamos por los parques de la Ciudadela, donde una variedad de eventos alegraban a los visitantes… ¡Dios que buen ambiente! Entretenidos por un escenario al que el público subía a bailar y por una pantalla gigante, que proyectaba sus movimientos a cámara lenta, dibujando escenas psicodélicas al ritmo de una música trepidante. Una pequeña multitud se lo pasaba pipa, niños y mayores soltaban carcajadas. Adentrándonos en los jardines descubrimos un brillante espectáculo: una potente luz enfocaba una estatua, y su indumentaria cambiaba ante nuestros ojos, un audio conseguía darle vida de forma extraordinaria y tremendamente divertida, un alarde de creatividad. Por último, un magnífico espectáculo de luces y música logró en el palacio de la Ciudadela transportarnos a un viaje psicodélico de fantasía…

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Los ríos de gente que circulaban por el parque, eran, simplemente felices. Con una cerveza en la mano, y en la otra un Kerala indio, o un plato del Perú. El ambiente era festivo, alegre, una mágica sensación de libertad. Conversaciones intrascendentes y joviales en castellano, catalán, inglés, francés, etc. La química era espléndida. Entonces, mientras saboreaba un picante plato de arroz indio (os quiero indios, picante y repleto de sabrosas especias), un corrillo de americanos charlaba demasiado cerca de mí, así que no pude evitar escucharles. Hablaban sorprendidos de lo bien que se estaba en Barcelona, que habían aterrizado algo temerosos de las imágenes de manifestaciones, que imaginaban a una policía con tricornios, golpeando a la gente, etcétera. De repente, lo tuve claro —¡mierda!— y me di cuenta de la Cataluña que nos han robado.

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Hacía tiempo que no detectaba rostros enfadados, gritos de “llibertat!” con el ceño fruncido y el ambiente enrarecido. Por supuesto no vi ni atisbo de lazos amarillos, ni hordas agresivas y chillonas acosando a un comercio por no estar rotulado en catalán. Es decir: ni rastro de la Cataluña que el independentismo ha construido. Esta noche los catalanes hemos sido lo que somos, sin la dosis de medicina de TV3 y de la Generalitat: gente libre, feliz y privilegiada. Esta noche ha sido como despertar de una mala hipnosis en la que nos obligan a vivir en un mundo ficticio, terrible, orwelliano, oscuro. Lo juro, he sentido rabia, porque me prometí, tiempo atrás, luchar para no sucumbir a esa maldita y enfermiza hipnosis. Unas carcajadas —idioma internacional, lo siento indepes— me sacaron de mi melancólico estado, tiré a la papelera la lata de cerveza (y el mal viaje) y me uní a la marea de felicidad que deambulaba por el césped buscando el lago de colores que ahora iniciaba el espectáculo.

Gracias al independentismo somos una aldea vieja y envidiosa, en la han conseguido que mucha gente piense —¡ay, la hipnosis!— que vive una vida odiosa, bajo el yugo de una España oscura.

1.58 h de la madrugada. Tecleo con furia estas líneas, como si fuesen un exorcismo. Nos han robado la Cataluña real. Podríamos ser una mezcla de Boston, California, Londres y Paris, con un clima y geografía privilegiada. Con un talento y creatividad como los que rebosaban los espectáculos de los que acabo de disfrutar. Podríamos ser una Cataluña moderna, avanzada, innovadora, amable y simpática. Podríamos haber aprovechado los 8 años de artificiales disputas por un Estatut, que nadie quería, y los 6 años de maldito Procés —¡14 años en total!— que ha destruido la convivencia en Cataluña, para coger el tren de la revolución digital y ser el mejor destino del mundo. Podríamos…

Gracias al independentismo somos una aldea vieja y envidiosa, en la han conseguido que mucha gente piense —¡ay, la hipnosis!— que vive una vida odiosa, bajo el yugo de una España oscura, que les empuja a manifestarse y a luchar por una libertad de la que ya gozan aunque no lo saben. Se han cargado el “que cada uno hable en el idioma que le dé la gana”. Han destrozado la felicidad de tanta y tanta gente. Me temo que tendrán que pasar generaciones para que los historiadores valoren el daño infinito que han causado estos dirigentes a todos los catalanes.

Mi furioso teclear despertará a más de un vecino, ojalá también los despierte de esta terrorífica hipnosis llamada Procés.

Lo siento vecino, ahí va mi último y furibundo tecleo: ¡Nos han robado Cataluña!

Joan Puig


Puedes seguir a Joan Puig en twitter como @avecesensayo

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Mercedes Tamara dice:

    Es una situación es ya irreversible Veo.cada vez más lazos amarillos lo.que me da entender que estas personas son irrecuperables. Están en una realidad paralela. algo.que no saben que es

    Me gusta

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