Inmigración, racismo e insolidaridad

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Ya sé que se habla todos los días sobre la problemática de la inmigración. Que todo el mundo expresa su opinión en las redes, en la televisión, en la radio, en los bares (sobre todo en los bares). Y que el problema sigue creciendo, mientras lo único que hacemos es hablar. Se oye de todo, opiniones razonadas, vehementes, impulsivas, barbaridades, tonterías, y, eventualmente, alguna reflexión inteligente y sensata ¿Así que para qué voy a escribir sobre ello? ¿A quién le va a interesar lo que yo pueda decir al respecto? A nadie —supongo— y aun así voy a exponer algunas reflexiones y dudas que me vienen a la cabeza.

La primera duda que tengo es: ¿Por qué algunas personas se empeñan en vincular la inmigración con el racismo? Quiero decir que, si haces algún comentario en contra de la inmigración, o mejor dicho, en contra de la inmigración tal y como se está produciendo ahora mismo en nuestras fronteras, inmediatamente te tachan de racista. Si a un político se le ocurre decir que “no hay papeles para todos”, en seguida le acusan de racista, o de xenófobo, que viene a ser lo mismo. Y digo yo… ¿de no existir diversidad de razas nadie podría acusar a nadie de racista, verdad? Hagamos un ejercicio de imaginación y supongamos que no existen las razas. Que todos somos blancos, o negros, o asiáticos… me da igual. Supongamos que sólo hay una raza, la humana. Que las personas que llegan a nuestras costas tienen un aspecto exterior idéntico al nuestro. Que se llaman José Luís, Mari Carmen, Mariano, Conchi, Lorena, Rubén, o como queramos… con la salvedad de que hablan otra lengua, tienen otra cultura, quizás otra religión y, en la mayoría de los casos, no tienen la mínima cualificación para integrarse en el mercado laboral; o bien resulta que algunos no quieren ni siquiera trabajar porque les han dicho que en España si vienes de fuera y eres espabilado puedes vivir de puta madre gracias a las ayudas del Estado, mientras que otros optan por vivir del pillaje, porque han oído que en este país la justicia es tan seria como una película de los hermanos Marx. Y que cada oleada de esos inmigrantes —lo dicho: Paco, Lola, Juan, Pilar, Enrique…— supone un aumento repentino de la población adulta y pobre, en un país donde la tasa de desempleo es del 15%.

Bueno, en ese caso hipotético y surrealista, si alguien dijera que está en contra de esa inmigración, no se le podría tildar de racista, ¿verdad? Es como cuando tienes un vecino que es un guarro, que destroza el mobiliario de la comunidad, que hace ruido a altas horas de la noche, que no muestra ningún respeto hacia nada ni nadie. Si da la casualidad de que es gitano o moro y te quejas, dirán que eres un racista, aunque no te estés quejando de él ni de su raza sino de su infame comportamiento. No sé si la comparación es procedente o no, pero yo le veo similitud.

Todo esto para decir que, personalmente, no creo que el problema de la inmigración tenga nada que ver con el racismo. Y ahora voy a recurrir a otro ejemplo de esos que tanto me gusta plantear. Veamos: si tienes cuarenta y ocho primos (entre primos y primas), veintidós tíos y tías, más tus padres, tus abuelos, tus suegros, cuñados y cuñadas, sobrinos… ¡bueno, ya está bien!… y resulta que están dispersos por todo el territorio nacional, pero un buen día deciden que quieren mudarse a la ciudad donde tú vives, y te piden que los acojas en tu casa. Tú vives en un piso de ochenta metros cuadrados, y obviamente les dices que es imposible. Pero algunos te acusan de insolidario, de egoísta, y de no querer nada a tu familia… ¡En fin, creo que no hace falta seguir! Supongo que ya se ve por dónde voy.

Pues eso, que el problema va más allá del hecho de que estos inmigrantes tengan la piel oscura, o manifiesten una profunda aversión a comer carne de cerdo. El problema es que donde caben tres caben cuatro, pero no cuarenta. Donde hay trabajo para diez, tal vez pueda haber para doce, pero no para doscientos. Creo que es una cuestión de pura lógica y de matemáticas.

No hay duda de que un país como España —donde la población envejece de manera alarmante y descienden, del mismo modo, los nacimientos— debería agradecer que personas dispuestas a trabajar, a pagar impuestos, y a tener hijos, vengan aquí y se instalen con nosotros. Eso es innegable. Personas que aporten riqueza cultural sin que ello signifique destruir la nuestra. Y con esa intención, justo es decirlo aunque a algunos les sepa a cuerno quemado, a nuestro país llegan bastantes. Quid pro quo, un intercambio equilibrado y justo.

Lo que está ocurriendo es que además de la inmigración positiva, ésa que hizo grande a América —gracias sobre todo a Europa, que entonces eran los emigrantes—, además de esa inmigración, como digo, se está produciendo un fenómeno sin precedentes que tiene como consecuencia otro problema bastante serio. El de las personas que se niegan a integrarse en la comunidad que los acoge. Personas que, lejos de contribuir al desarrollo y crecimiento de la sociedad en la que han decidido vivir, prefieren aprovecharse de los beneficios que esa sociedad les ofrece, y exprimir al máximo todas las ventajas que de ella puedan recibir. Son personas que, en algunos casos, incluso desprecian abiertamente el modo de vida del país en el que viven y pretenden cambiarlo imponiendo sus tradiciones, exigiendo hacia ellas un respeto que ellos mismos no muestran hacia las tradiciones y costumbres de los demás. Personas, con frecuencia, agresivas, que se crecen ante la debilidad y permisividad de la sociedad occidental, recurriendo a la violencia como forma de defender sus derechos. Porque esas personas conocen todos y cada uno de sus derechos a la perfección. Mejor que usted y que yo, oiga. Si bien, por alguna razón, no les han informado adecuadamente de sus obligaciones, o quizás es que no muestran hacia ellas el mismo interés.

Sí, ya sé, algunos de ustedes me van a acusar de extremista, de insolidario, de exagerado, y de generalizar de manera injusta —amén de tildarme de ultraderechista, que eso lo doy por hecho—. Dirán que lo que estoy describiendo son hechos y casos aislados, imputables sólo a una minoría, y que en general la inmigración contribuye a enriquecer la sociedad y la economía de un país. Es posible. En cualquier caso, hablo desde mi experiencia como observador. Y quién sabe, igual es que esa minoría se mueve exclusivamente por los mismos círculos por los que yo me muevo. Lo que sí es cierto es que lo que he descrito, hace treinta años nos hubiera parecido ciencia ficción, pero hoy sólo parece exageración. No quiero pensar cómo será dentro de veinte años, igual hasta me quedo corto.

Mientras tanto, nuestro Gobierno, tanto el anterior como el actual, hablan, pero no actúan. Y cuando lo hacen es para incrementar el problema. Siguen viniendo cada día más —y es normal, si yo fuera uno de ellos también vendría— pero nadie, ni en España ni en Europa, es capaz de actuar con contundencia (lo de actuar con contundencia lo dejo a la libre interpretación de cada uno).

Personalmente no le veo buen arreglo a esto, así que, de momento me he comprado un Corán, y voy a ver si veo por internet algún cursillo de árabe, que los idiomas nunca vienen mal.

Autor- JJorge Rodríguez RuedaPuedes seguir al escritor Jorge Rodríguez Rueda en Facebook y en Twitter Si su novela, “Gente Corriente”, no está disponible en tu librería habitual puedes adquirirla en Amazon.

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