Entre dos fuegos

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«La Sra. Calvo ha reaccionado a esa amenaza directa, clara y notoria, pidiendo lealtad… ¿A los separatistas, al Sr. Torra? No: a la oposición constitucionalista.»

 

NO NOS ENGAÑEMOS POR MÁS TIEMPO. Los ciudadanos catalanes que se sienten constitucionalistas, unionistas, españoles, como quieran llamarlo, están (estamos) entre dos fuegos.

Hasta hace bien poco nos sentíamos agredidos por los sucesivos gobiernos de la Generalidad, que nos consideran una especie de apestados —de hecho el presidente Torra lo tiene escrito con palabras bastante más gruesas— a los que ignorar y someter; pero por detrás sentíamos un cierto respaldo, blandito, pero respaldo a fin de cuentas, del Gobierno de Madrid, o del Estado si prefieren.

Cuando las cosas se ponían muy muy feas el Gobierno, morosamente y a desgana, se desperezaba ligeramente, activaba unos cuantos recursos ante los tribunales, lanzaba alguna declaración, recordando que el Estado español seguía estando ahí, o incluso daba, a rastras pero lo daba, un puñetazo en la mesa desempolvando el inédito artículo 155.

La justicia, independiente en sus principios pero no tanto en los incentivos a su actuación, a su ritmo o a su rigor, salía siempre, a última hora, en defensa del orden constitucional, o lo que es lo mismo, de la libertad, de la democracia y de los derechos de los ciudadanos, con su maquinaria lenta y pesada, pero inexorable (a menos que el Gobierno, por diversos y sutiles medios, vacíe de contenido sus decisiones). Y uno tenía la sensación de que, aun pudiéndose hacer las cosas mucho mejor, esas cosas acababan sucediendo, y que en algún lugar algunos hombres buenos seguían defendiendo el orden constitucional frente al feroz ataque al que los separatistas lo están sometiendo.

Ese respaldo no siempre, más bien casi nunca, era visible y palpable a pie de calle, donde el ciudadano catalán no independentista se ha sentido siempre muy solo ante la desaparición no solo simbólica, sino real, de las instituciones y las leyes del Estado en la Comunidad Autónoma. Pero en última instancia se sabía que estaba ahí, como esos armarios con puerta de cristal, donde reza “rómpase en caso de emergencia” y que custodian un hacha, una manguera o un simple botón de alarma.

Desde que hace apenas un par de meses el Sr. Sánchez descabalgase al Sr. Rajoy de la presidencia del Gobierno mediante una maniobra impecable desde el punto de vista procedimental, pero deleznable desde la perspectiva ética (y más aún a la vista de cómo se está desempeñando un gobierno que se pretendía poco menos que provisional), esa sensación de remota seguridad empezó a debilitarse de forma evidente. Y en las últimas semanas esos catalanes no separatistas hemos visto cómo no es ya que no tengamos el mismo respaldo anterior, no es ya que no tengamos ningún respaldo: es que recibimos fuego nada amigo desde lo que antaño fueron nuestras líneas de retaguardia. Estamos literalmente entre dos fuegos.

Desde que se sentó en el sillón presidencial, el Sr. Sánchez y su gobierno se han volcado en hacer gestos conciliadores hacia los separatistas, que como era de esperar no han correspondido con nada que se asemeje ni remotamente a una voluntad conciliadora: amenazas, desplantes, ofensas, insultos y desprecios ha sido todo lo que se ha obtenido a cambio. De unos días hacia acá, esos gestos conciliadores han subido un peldaño, y se han transformado en muestras de desprecio, cuando no hostilidad, hacia los constitucionalistas.

Así, el Gobierno de España no ha sido en absoluto contundente en su defensa del juez Llarena ante la justicia belga en la estrambótica querella presentada por los letrados del Sr. Puigdemont (“le defenderá un abogado belga”); el propio magistrado ha tenido que abandonar literalmente por piernas su residencia en Cataluña, ante el silencio del Gobierno que tolera que la portavoz de la Generalidad azuce a la jauría contra el juez; la amenaza real de la Generalidad de sancionar a quienes retiren los símbolos separatistas no ha merecido ninguna respuesta por parte del Gobierno de Madrid; los actos de homenaje a las víctimas de los atentados de agosto de 2017 en Barcelona y Cambrils estuvieron trufados de provocaciones, manipulaciones, utilización y ofensas a los símbolos del Estado que fueron obviados por la administración central…

Todo ello puede considerarse una vez más “gestos de conciliación”. Pero lo verdaderamente preocupante, en mi opinión, ha sido la reacción de la vicepresidenta Calvo a la estupefaciente declaración del Sr. Torra anunciando que no van a limitarse a defenderse del Estado, sino que van a atacarlo. Es decir, el representante del Estado en Cataluña —que eso es el presidente de la Generalitat— anuncia que va a dedicar su gestión a atacar al Estado que le paga su generoso sueldo. Por cierto, no ha hecho otra cosa desde que llegó al cargo. Y digo “llegó al cargo” y no “gobierna” porque su gabinete es totalmente inoperante: ha hecho dejación absoluta de sus funciones y de sus competencias autonómicas para volcarse en la guerra contra el Estado.

Vuelvo a lo que iba: la respuesta de la vicepresidenta Calvo (lo peor de los gabinetes Zapatero, corregido y aumentado) ha sonado en los oídos de los no separatistas como un verdadero disparo procedente de la retaguardia. La Sra. Calvo ha reaccionado a esa amenaza directa, clara y notoria pidiendo lealtad… ¿A los separatistas, al Sr. Torra? No: a la oposición constitucionalista. Es decir, a Ciudadanos y al Partido Popular. Ni una palabra de advertencia al golpista que preside la institución autonómica catalana. Pero sí el reproche a los constitucionalistas por quejarse. Es decir, la misma política que la Generalidad pretende aplicar a quienes retiren lazos amarillos de la vía pública.

Estamos entre dos fuegos. Vienen tiempos muy difíciles, porque el gobierno del Sr. Sánchez nos ha vendido a cambio de la sala del consejo de ministros. El porqué de esta inmensa traición, más allá de la razón inmediata de poder ocupar los sillones de esa sala, dará en todo caso para otro artículo. Pero tengamos claro que ahora estamos solos, más solos que nunca, absolutamente solos. Y así no podemos ganar. Así estamos condenados a la derrota.

Antonio Jaumandreu Abogado

Autor - Antonio Jaumandreu

Puedes seguir a Antonio Jaumandreu en Twitter y en su blog personal “Los árboles y el bosque” en este enlace.

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