La guerra secreta de los sexos

Condesa Campo Alange-interior OK

Un concienzudo estudio sobre la condición de la mujer, el discutido concepto de “lo esencialmente femenino”, y un repaso cronológico de su lucha emancipatoria. Un libro lleno de intuiciones felices y constataciones dolorosas.

 

Hace mucho tiempo que le tenía echado el ojo a este librito valiente, y seguro que polémico en nuestros días, de la condesa de Campo Alange, título que ostentó por su matrimonio con José Salamanca y con el que firmó algunas de sus obras, aunque a ella los apellidos no le vienen de anteayer, precisamente: María Lafitte y Pérez del Pulgar, nada menos. Estamos en presencia de una mujer que parecía destinada a convertirse en la madre de los hijos de su marido —¡3 tenía ya a los 24 años!— , absorta en sus tareas domésticas de cuidadora, pero su autodidactismo la llevó a interesarse por la condición de la mujer y a escribir sobre ello, a pesar de no tener una formación académica homologada.

Su curiosidad innata, su buen juicio y su despejado intelecto le permitieron sobresalir enseguida en una sociedad, la de la República y la de la España de la posguerra, en la que se codeó con nombres señeros de nuestra intelectualidad como Ortega y Gasset, Eugenio D’Ors y el Doctor Marañón, por poner ejemplos conocidos por todos. Su activismo feminista, aunque ella cuestiona la palabra en su famoso ensayo, fue incansable y le ocupó casi toda su existencia: «A través de la Edad Media y el Renacimiento se inicia una larga época de transición (Para el decaimiento del patriarcado) …/… No hay sino que esperar unos siglos -estas evoluciones son lentas- y se producirá, con la pérdida de la autoridad paternal, la emancipación de la mujer y eso que llamamos, en forma tan convencional, el “Feminismo”».

Y ya que desembocamos de golpe en la actualidad y tropezamos con esta antipática palabra empleada hasta la saciedad en nuestros días, creo oportuno traer aquí a cuento la definición que de ella hace un profesor de sociología —Gaston Richard, en “La femme dans l’Histoire”—; dice así: “El término feminismo ha sido improvisado y ha llegado a ser de uso corriente sin haber sido sometido jamás a la prueba científica. Es una expresión sentimental que no puede ni debe entrar en la terminología de las ciencias sociales; peca, en efecto, por una extrema impropiedad. Se ve sobradamente a qué impresión han obedecido aquellos que lo han creado. Han estado alimentados por los prejuicios literarios, morales y jurídicos, que hacen de la desigualdad de los sexos el fundamento mismo del orden social. Extraños a la sociología comparada, atribuyen a la familia patriarcal una antigüedad y una duración que no ha tenido”.  

Como su primera obra de envergadura, una biografía de María Blanchard, no “encajaba” en editoriales que rechazaban su imposible nombradía, decidió editarla por su cuenta, una decisión valiente que consiguió, después, abrirle no pocas puertas. Haber escogido a la enigmática y contrahecha artista española de vanguardia supone toda una declaración de principios, porque la vida de Blanchard es una vida de superación, nada fácil, en la que consigue ir abriéndose paso por su mérito, por su esfuerzo y por la calidad intrínseca de su obra, todo ello sin apenas contar nunca con una presencia varonil en la que poder apoyarse en sus muchos momentos de dificultad. Poco a poco, María Lafitte consiguió introducirse en el mundo cultural de su época, y sus actividades la llevaron incluso a ser Vicepresidenta del Ateneo de Madrid y miembro de la Academia de Buenas Letras de Sevilla. En la época del desarrollismo, a partir de los años 60, fundó y financió el SESM, Seminario de Estudios Sobre la Mujer, que sobrevivió hasta su muerte en 1986.

Los estudios reunidos bajo el título sugerente, y con intención polémica, de “La secreta guerra de los sexos” constituyen ciertamente un desafío a la sociedad española de 1948 y, como se indica en sus biografías, se adelantó a la publicación por parte de Simone de Beauvoir de su libro-manifiesto “El segundo sexo”, si bien formaba parte de la atmósfera cultural el hecho de que era necesario y urgente la reivindicación de una nueva concepción de la mujer en la Europa de la posguerra, cuando todo parecía posible para conformar una sociedad más igualitaria y más justa. Los progresos de la lucha de las mujeres por la igualdad con los hombres  no dependen ciertamente de la publicación de ciertos libros, por importantes que sean, sino de unas conquistas que se van arrancando al mundo cerrado del poder masculino casi con cuentagotas, y cuya obtención no son sino el peldaño que lleva a la siguiente reivindicación. Desde esta perspectiva, y desde una posición social acomodada como la de la autora, su reflexión sobre la condición de la mujer y todo lo relativo a la nueva concepción de ella y del papel que ha de jugar en la sociedad nos va a llevar a través de un recorrido que parte de la Historia, se adentra en la antropología, se nutre de la sociología y desemboca en la psicología.

No hay disciplina de la que María Lafitte no extraiga aquello que le conviene para construir su punto de vista acerca de la mujer. Los títulos de los breves ensayos nos dan a entender por dónde discurrirá la línea argumental de la autora: a) Dos tendencias en pugna; b) ¿Qué es lo femenino?; c) Maternidad física y maternidad psíquica; d) Judits, Salomés y Verónicas; e) Eva y María; f) Un ideal de mujer en el siglo XIV; g) El sexo débil ante el amor; h) Egoísmo productivo; i) La mujer después de la Segunda Guerra Mundial; j) La secreta guerra de los sexos. Como se advierte, estamos ante un ensayo muy en la línea de sus referentes, porque la autora se acerca al tema desde consideraciones muy plurales, que toman como motivo ya el arte, ya disciplinas académicas estrictas, como la Historia, o cualesquiera otros acercamientos, como de tipo costumbrista, por ejemplo, reparando en los hábitos y en las tradiciones para abordar, desde ese rico abanico de realidades, el sentido de la mujer a través de la Historia y específicamente en la España de 1948. ¡Nada que ver, desde luego, con el modelo de mujer que el Movimiento Nacional se empeñaba en fomentar! De todos modos, conviene aclarar que la autora deriva enseguida hacia terrenos de especulación que acaso busquen no entrar en conflicto con las prescripciones del Régimen, tan rígidas en aquellos años de la posguerra, pero sin ceder ni un ápice en su defensa de la mujer, sobre la que sus puntos de vista seguro que a más de una, y de uno,  pueden llegar a escandalizar, porque hay una suerte de  mística de la feminidad explícita en el libro que conviene reconocer en sus justos términos y, sobre todo, tener en cuenta el momento histórico en que fue formulada.

Siguiendo sus fuentes antropológicas la autora defiende que primero hubo un matriarcado que no tardó en ceder el puesto a un patriarcado que se extiende durante tantos siglos como hasta el XIX, cuando, como en realidad sucedió, el derecho familiar fue sustituido por el derecho individual y la mujer comenzó, simplemente comenzó, a no ser un objeto propiedad del padre o, mediante el intercambio comercial de la boda, del marido: «Al implantarse el patriarcado, la noción de parentesco va a sufrir una transformación lenta, pero profundísima. (…) El poder absoluto del padre sobre la hija es transmitido por este al marido. (…) Esa ruptura con la familia donde nació, para unirse a otra nueva, da origen a un pacto; el contrato de esponsales no es sino la fórmula de esta enajenación. Al romperse estos lazos, el clan paterno renuncia a uno de sus miembros, a un individuo que ha cuidado y mantenido desde su nacimiento. Por ello exige una indemnización. Esta indemnización resulta ser el precio de la desposada, y mediante este convenio, la mujer se convierte en un objeto de propiedad. El contrato se efectúa sin tener en cuenta el consentimiento de la interesada. Consultar con la hija la orientación de su porvenir es algo que el padre de entonces no concibe siquiera. Tal es la lógica del patriarcado.»  

Ese momento auroral de la posibilidad de escoger marido marca un punto de no retorno en la liberación de la mujer. Desde ese punto de vista hasta podemos considerar “revolucionaria” la obra del ilustrado Moratín: “El sí de las niñas”. De ahí en adelante poco faltará para la irrupción combativa de los movimientos sufragistas, cuyas militantes están dispuestas incluso a sufrir la persecución y la cárcel para defender sus reivindicaciones. La percepción de la mujer ha aunado, desde siempre, el viejo prestigio del antiguo matriarcado, el respeto hacia ciertos “dones” singulares que elevan a la mujer incluso por encima de los hombres, como lo refleja la institución de las sibilas, de las que ha quedado eterna memoria: San Jerónimo alaba en sus escritos el don adivinatorio de estas enigmáticas mujeres —La Pérsica, la Líbica, la Délica, la Cimérica, la Cítrea, la Samia, la Elespóntica, la Frigia, la Pitia y la Terbentínica— (…) En el baptisterio de la catedral de Autun hay un bajorrelieve de 1520 representando doce sibilas que ostentan símbolos diversos relativos a la vida de Jesús, y el respeto hacia la maternidad como augurio de fecundidad, de tal manera que desde tiempos remotos la mujer fecunda ha sido asociada con la prosperidad, y la estéril con la carencia, de donde se seguía su marginación de la vida social: «La fecundidad es también transmitida a los animales que ella cuida; por ello, ya bajo el patriarcado, una mujer prolífera traerá la riqueza a la hacienda de su marido, mientras la estéril puede ser repudiada por presentar un elemento de ruina». Con todo, la autora nos recuerda enseguida que, junto a ese prestigio reconocido por el hombre, «en los principios de la historia encontramos, junto a unos restos de prestigio de la feminidad -que parecen venir de lejos- el máximo rigor y la esclavitud más cruel para la mujer». Nunca, en ningún momento, pierde la autora de vista que la historia de la mujer es exactamente eso, la historia de una esclavitud cruel, de un vasallaje ignominioso y de un menosprecio sin par que se remonta a la dualidad que analiza la autora en el capítulo cuarto, Eva y María, la gran pecadora y la madre de Dios. La liberación de esa condena terrible, sin embargo, se ha visto asociada a modificaciones en la conducta del varón que han contribuido decisivamente, del mismo modo que lo hiciera en su momento el rechazo de la poligamia en favor de la monogamia, auspiciado por el cristianismo, y la exigencia de fidelidad mutua entre los cónyuges, por ejemplo.

Desde esa perspectiva es desde donde ha de entenderse la diferencia entre patriarcado y sentimiento paternal —recordemos que mientras los hijos eran recibidos con el alborozo de quien recibe nueva fuerza de trabajo para la “empresa” que era cada hogar, las niñas se despreciaban e incluso se suprimían, llegado el caso, como ha sucedido en China hasta muy muy entrado el siglo XX—: «No debemos confundir el sentimiento paternal con el patriarcado. (…) El patriarcado es un hecho social que se produce tardíamente y mediante una lenta evolución. En el siglo XIX se discutió largamente entre los sociólogos este tema y parecer ser que las opiniones, después de bien pesadas, terminaron por aceptar que el hombre  es naturalmente inclinado al afecto paternal. Cosa que aun después de este fallo favorable, sigue pareciéndome dudosa. (…) El sentimiento de afecto del padre hacia sus hijos es, a mi modo de ver, obra del tiempo; nace al calor de la familia monogámica y está fortalecido por el cristianismo. Resulta sin embargo de un valor inapreciable para la mujer aunque surja en unas condiciones adversas para ella, y es, sin duda, un elemento que, unido a otras circunstancias, será indispensable en el logro de sus ideales de mujer y de madre».

Sí, han leído bien: “sus ideales de mujer y de madre”. Para María Lafitte está claro que la reivindicación de la maternidad como lo específicamente femenino también ha sido una lucha contra el patriarcado, aunque parezca inverosímil, porque como bien se expresa Apolo en Las Euménides, de Esquilo: “No es la madre engendradora del que llaman su hijo, sino nodriza del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el que engendra. La mujer es como huéspeda que recibe en hospedaje el germen de otro y lo guarda, si el cielo no dispone otra cosa”. «Tal convencimiento —dice la autora poco después— se me antoja que fue la causa de una curiosa costumbre extendida por los lugares más diversos del mapa: la que los sociólogos designan con el nombre de Covada». Costumbre que los historiadores antiguos dicen propia, en España, de los vascones. Consistía la covada en que la mujer, nada más acabar de parir, se incorporaba a las faenas agrícolas y ganaderas propias de la “empresa” familiar —en la que ella también era fuerza de trabajo no retribuida— y el hombre se acostaba en la cama esperando a familiares y amigos que venían a honrarlo y felicitarlo por el “feliz” acontecimiento. O sea, que incluso por el protagonismo en la maternidad ha tenido que luchar la mujer a lo largo de la Historia, de ahí que María Lafitte la coloque en el centro de su concepción de “lo femenino”, una definición que aún hoy está sometida a no poca polémica —«su forma psicológica está llena de cicatrices deformativas»—, aunque, y eso me parece uno de los grandes aciertos conceptuales del libro, dice Lafitte que lo específicamente femenino tardaremos mucho en saberlo reconocer, y sobre todo la propia mujer, porque su definición ha venido mediatizada por la visión masculina y la institución del patriarcado: «Recluida, ignorante, atemorizada, en unas condiciones evidentes de inferioridad, todo lo que emana de ella está como impregnado de un carácter especial, de un temor, de una desconfianza en sí misma, de una ingenuidad que se prolonga hasta la vejez y presta a sus manifestaciones un tono especialmente característico, clasificado, sin más análisis, de “femenino”. Si hoy este carácter empieza a borrarse, decimos que la mujer se “masculiniza”, sin pensar que en gran parte es que va adquiriendo una expresión más consciente y, por lo tanto, más parecida a la de los seres conscientes que ya lo eran con anterioridad».

El camino para descubrir lo esencialmente “femenino” es un camino de jungla, no un sendero campestre que serpentea por valles idílicos. El esfuerzo de la mujer por liberarse de la tutela masculina llevó, desde los inicios del sufragismo, a cierta imitación de los valores masculinos dominantes, y de ahí el remoquete de masculinización de la mujer con que se despreciaban los loables intentos de conseguir la igualdad con el hombre. Ello supuso que… «Estos polizones femeninos se vieron obligados a disfrazarse exteriormente —y hasta mentalmente— de varones para introducirse en la Cultura sin despertar la desconfianza. (…) Agnodicia se vistió de hombre para oír las lecciones de medicina de Herófilo. (…) Paulina Hortensia de Castro (muerta en 1595), portuguesa cultísima, estudió en la Universidad de Cimbra, ataviada con prendas masculinas, en compañía de sus hermanos varones. (…) Feliciana Enríquez de Guzmán, distinguida escritora española (…) reseñada por Lope de Vega en el Laurel, fue estudiante en Salamanca. (…) Y, por último, nuestra Concepción Arenal se vistió de hombre para entrar en la Universidad madrileña. (…) Cuando por ser un requisito indispensable para entrar en la Universidad se ve obligada a adoptar el porte masculino, lo acepta sin gazmoñería, sin escrúpulos, sin titubeos. Y allá va dentro de su levita, envuelta en su capa, la más honesta y exquisita feminidad de su siglo. (…) Si una de las potencias maternales más fuertes que conocemos tuvo que enmascararse así, ¿nos extraña que un poco más tarde otras mujeres, quizás menos definidas, usen el traje sastre, el pelo liso y los zapatos planos cuando quieren aparecer como inteligentes?» 

Ser capaces no solo de reconocer, sino también de aceptar una intuición de lo propiamente femenino supone renegar, en primer lugar, de la concepción dominante de “femenino” como concepto cargado de connotaciones negativas, aun a pesar de que vengan envueltas en pretendidos elogios, como el de Carl Jung: «El eros es, para el hombre, un país de sombras, que le enreda en lo inconsciente femenino, en lo anímico, y, a su vez, el logos es, para la mujer, un razonamiento mortalmente aburrido, cuando no terriblemente aborrecible», que no abundan sino en el prejuicio machista de que el Logos es sólo “cosa de hombres”; supuestos elogios, ya digo, que, junto a otras como las siguientes: “Il veut comprendre. Elle veut vivre. Il explique la vie, la femme la donne”, dice Marcelle Tynaire con clara y bella expresión. Y Simmel, por otro lado, dice: “La mujer es, mientras el hombre va siendo”, nos llevan a la vieja concepción del apego terrenal de la mujer, de su condición telúrica, frente a la ctónica del varón, según Frobenius, como lo recoge la autora:  «la forma matriarcal —a la que llama cultura telúrica— y la patriarcal —a la que llama ctónica— se distinguen y se caracterizan por su relación con la tierra. La primera se dirige al interior de esta, como las raíces de la plantas; la segunda se levanta y “se orienta hacia una vida de raíz gramínea», lo que, traducido, nos habla de esos dos mundos separados y casi siempre opuestos del sedentarismo asociado al hogar en el que la mujer gobierna, frente al nomadismo belicoso del varón. En esa lucha para la identificación de lo propiamente femenino, recuerda la autora que el dominio social masculino ha generado, como no podía ser de otro modo, unos valores de los que se ha apropiado como si per se fueran exclusivos del varón: «Parece evidente que así como existe una feminidad tipo, obra del hombre, este formó también el tipo varonil, reservando para sí cualidades que patentó como masculinas, persiguiendo con ánimo vigilante toda extralimitación y condenando biológicamente a lo patológico a toda mujer que, poseyendo alguna de estas cualidades clasificadas como “varoniles”, hiciese uso de ella en vez de ahogarlas con un sentimientos vergonzoso».

Nada vergonzoso le parece a Lafitte que la mujer haya de haberse sometido a ese travestismo masculino para abrir brecha en un mundo tan sólidamente amurallado, frente a la invasión de su territorio que la liberación de la mujer tarde o temprano iba a depararles: «Una mano demasiado blanca, demasiado débil, no hubiera podido nunca abrir tantas y tan pesadas puertas como se encontraban cerradas para ella». Y lucha con todas sus fuerzas para desetiquetar de “femenino” la connotación de “limitación” que el hombre le ha adjudicado: «El carácter de “femenino” disculpa sin duda muchas deficiencias; por eso se acogen a él talentos vacilantes, sin disciplina técnica, que temen la lucha abierta. Tenemos tan profundamente arraigado el sentimiento de inferioridad del “bello sexo”, que todo esfuerzo que nos llega de él, por pequeño que sea, nos parece suficiente y hasta sobrado. Convencimiento tal hace que se disculpen cosas que en el campo más exigente de la producción masculina hubieran resultado inadmisibles. (…) Yo creo que la obra de arte perfecta, o al menos sobresaliente, es asexuada en su estructura como en su ejecución». Dice esto Lafitte a propósito, sobre todo, de esas “hirientes” clasificaciones, tan masculinas, sobre la Literatura femenina, la Pintura femenina, etc., que son tan ridículas, para ella, como si habláramos, a propósito de Marie Curie, de la Ciencia femenina…

Decíamos que la maternidad es para Lafitte el concepto axial de lo femenino y es bueno que leamos, en sus propias palabras, lo que quiere decir exactamente: «La maternidad es la forma primordial y magnífica de la feminidad, es cierto. Será preciso que la mujer de ahora —antes de ir más lejos— se afirme en esta creencia, de la que ya ha empezado a dudar. La maternidad física, consciente y deseada; la maternidad psíquica, que puede concretarse a los hijos —caso de existir estos— o extenderse, los tenga o no, a la humanidad entera». Esa dualidad, maternidad física y psíquica, permite salvar el obstáculo que, para la definición, supone la existencia de mujeres que no responden al atávico instinto maternal ni a su prescripción masculina: “Creced y multiplicaos…” Y aquí empieza la parte más polémica del ensayo de la condesa de Campo Alange, porque la aceptación de la maternidad como hecho decisivo en la vida de la mujer va a condicionar su presencia social, vehiculando a través de la acción del marido y de la influencia que la propia mujer puede ejercer sobre él: «La mujer no es ni más ni menos inteligente, ni más ni menos apta para el estudio, ni más ni menos ambiciosa en principio, ni más ni menos decidida, etc., que el hombre. Pero, pasada su niñez y al llegar a la edad adulta, se produce en ella una crisis anímica que puede variar en intensidad y en duración, pero cuyo origen es siempre el mismo. Se trata de una especie de estupor o pasmo que la invade totalmente y la paraliza, dejando como en suspenso todas sus facultades. Sin duda esto se debe al asombro que la mujer experimenta, en un recóndito lugar de su alma, ante la anunciación angélica de la maternidad». No es casual el adjetivo “angélica”, porque la dualidad Eva/María en la concepción de lo femenino, y aun siendo obra del hombre, está tan arraigada en la sociedad que luchar contra ella forma parte del proceso de liberación de la mujer. A nadie le es extraña la sacralización de la madre en este país nuestro. Todas las madres, desde la perspectiva de los hijos, son unas “santas, y ninguna mujer les llega a la suela de los zapatos, aunque todas ellas o puedan serlo o lo sean, madres, como la propia esposa, llegado el caso del matrimonio.

Es cosa común de nuestro propio presente la renuncia que muchas veces hace la mujer en aras de la maternidad, algo que a la autora le parece totalmente apropiado, dado su concepto de lo específicamente femenino: «Es evidente que la mujer, como tal, siente necesidad de influir en la vida pública, de tomar parte en el conjunto de inquietudes humanas. Esto es lo que generalmente nos empeñamos en ignorar. Sin embargo, esta necesidad no llega a ser en ella, de ordinario, tan apremiante como lo es su instinto maternal. Por eso, generalmente, cede ante él cualquier otra ambición que pasa discretamente a un lugar secundario de su existencia. Desde allí, no obstante, esta ambición busca su cauce de salida calladamente, y encuentra por fin su expansión dentro de la sociedad pasando precisamente a través del hombre»; y sobre todo, dada la sociedad y la época en el seno de las cuales desarrolla su pensamiento. Y en ello podemos observar los enormes progresos que ha hecho la mujer en el camino de sus aspiraciones igualitarias. A fuer de justos, hemos de decir, sin embargo, que ese papel que parece “subordinado” al varón, a juzgar por lo que hemos leído, se matiza enormemente cuando la aceptación de la maternidad se convierte en una suerte de nuevo “contrato social” de la vida en pareja, y ahí intuye mi menda leyenda que la autora aporta una dimensión autobiográfica al estudio, aunque lo desconozco todo sobre su vida matrimonial, por supuesto: «Hay toda una gradación en estas formas de influencia que la mujer puede ejercer a través del hombre, que va desde el encanto provocativo de la hembra hasta la abnegada colaboración de la mujer superior. Llegar a un acuerdo, en este punto, entre la pareja humana, es quizá una de las más bellas formas del amor, y me atrevería a decir que el amor verdadero solo tiene lugar cuando se realiza este milagro. El hombre que se refugia en la vida de hogar, contacto directo con la misteriosa noche de la feminidad, cálida relación entre las almas (esfera de la mujer). La mujer que se libera de su centro, hondo, envolvente, y se ensancha y prolonga fuera de él, por medio del varón, en un interés objetivo por las cosas (esfera del hombre). ¡Qué grande la diferencia, sin embargo, cuando de lo que se trata es de que el hombre asuma un rol paternal equivalente al maternal y se proyecte a través de la obra intelectual de una mujer!

Para la autora es evidente que una obra intelectual o artística requiere de un egoísmo primario que garantice su desarrollo, y supongo que ahí también habla en primera persona: «Nos damos cuenta de que existe un egoísmo legítimo cuando trae como consecuencia la justificación de una obra; es decir, cuando es productivo. (…) Ciertamente que no todos los artistas ni todos los científicos han de verse obligados a romper bárbaramente con sus deberes familiares o con sus compromisos sociales, pero sí han de ser lo bastante fuertes para situarse en la vida en forma adecuada y saber imponer en torno suyo a las personas que les rodean, ciertas normas sin las cuales se haría imposible su trabajo de elaboración mental. (…) En cambio, si una mujer prueba a introducir en su vida de hogar cualquier trabajo de índole intelectual que requiera la soledad y la calma durante algunas horas seguidas, se dará cuenta inmediatamente de las dificultades que obstaculizan su labor. Pensemos, por ejemplo, en el caso paradigmático de María Moliner y su cocina/oficina, o en el agobio que supuso para Blanchard, la biografiada por Lafitte, agasajar a su familia en París, a la que había de mantener de su peculio. Esa diferencia de criterio social la señala la autora con una estupenda anécdota de dos investigadoras que hablan sobre sus dificultades para desarrollar sus tareas: «¡Hay que desengañarse, amiga mía —dice una de ellas—: a usted y a mí lo que nos haría falta es una buena esposa!» 

Que la realidad nos dice que la guerra de los sexos no ha acabado es una obviedad, algo que en nuestro siglo XXI aún somos capaces de constatar diariamente en el rosario inacabable de discriminaciones de todo tipo que sufre la mujer por el hecho de serlo, lo cual, sin embargo, no nos puede cegar ante los avances espectaculares que podemos constatar, porque no de otra manera podemos entender que sea un auténtico escándalo social el descubrimiento de cualquiera de esas discriminaciones que ahora los hombres tratan de esconder, avergonzados, y ahí está el nombramiento de la famosa comisión judicial para revisar el supuesto penal de violación en el que no se había incluido a ninguna jurista… La autora, partidaria del buen entendimiento entre los sexos, está convencida de que el camino de la lucha feminista será siempre más corto si esa lucha es una lucha común de hombres y mujeres que establecen nuevas relaciones igualitarias a la luz de la razón: «El hombre ha perdido la sencilla firmeza de sus convicciones primitivas. Ya está dentro de la ciudad, de la gran ciudad. Sus ideas se han hecho vacilantes. Anda entre calles que se entrecruzan como un laberinto —como el laberinto de sus propias experiencias seculares, de sus ideas, de sus conocimientos—, entre enormes edificios que recuerdan las colmenas. Entra en ellas y se sienta, cansado de tan largo camino. Llama al lado suyo a su antigua adversaria y la hace sentarse junto a él. Ya no lo teme: su obra está terminada. La hora del descanso es también la hora de los placeres, y entre ellos, ¿por qué no gozar de algo que indudablemente debe de ser delicioso y de lo cual se vio privado el hombre hasta entonces por un instintivo temor, por una especie de interna disciplina castrense? ¿Por qué, en fin, no tratar a la mujer como a un amigo? 

No se trata, solamente, de que la claudicación del hombre provenga del cansancio por el ejercicio represivo tan continuado sobre la mujer, sino de que esta, gracias a su lucha, ha logrado que aquel reconozca el sinsentido de su dominio y explotación y haya cedido ante semejante empuje: «La esposa aspira a una fidelidad espiritual, a una comunión entre las almas que al hombre no se le había ocurrido nunca plantearse. Hace tiempo ya que surgió la ibseniana Nora, y su crisis espiritual, que delató por entonces un sentir tan nuevo, dentro de lo viejo, prendió más tarde en cada corazón femenino, transformándolo. Es la misma Nora la que a su entrada en los Parlamentos pide la ley del divorcio como solución a ese conflicto anímico, que, de surgir, le resulta insoportable. (…) La figura espiritual de Nora le resulta positivamente antipática y antinatural y prefiere a la mujer toda ella instinto, incapaz de analizar sus propios sentimientos. Pero esta mujer sencilla, guiada únicamente por su intuición; tímida, ignorante y sumisa, ha desaparecido de la vida moderna». De ahí lo patético de la actitud de aquel catedrático de Oxford o de Cambridge, no recuerda bien la autora, que comenzaba sus clases dirigiéndose a los alumnos con el tradicional gentlemen y que, a pesar de la entrada de alumnas en las aulas, siguió utilizándolo. Cuando en una de sus clases, todas eran mujeres, con la excepción de un hombre, comenzó así: Sir

 

Autor- Juan Poz

Juan Poz forma parte del elenco de escritores que da forma semanalmente a Ataraxia Magazine. Puedes seguirle en Twitter como @JuanPoz9 y también en su excelente blog de crítica cinematográfica «El Ojo Cosmológico de Juan Poz»

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