Los 300 de Termópilas

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Segunda de cuatro entregas en las que se narran las cuatro grandes batallas que los griegos libraron contra los persas, en las denominadas Guerras Médicas. En nuestro número anterior, Esquilo, el dramaturgo, rememoraba el gran primer enfrentamiento entre ambos mundos, en “Las Arenas de Maratón”, junto a sus hermanos, Amínias y Cinégiro. Han pasado diez años, y ahora es Jerjes, el hijo de Darío, el que al frente de un formidable y descomunal ejército, como jamás el mundo había visto, se lanza sobre la Hélade, buscando vengar la derrota sufrida por su padre en Maratón. El primer intento de los griegos fue detenerlos, simultáneamente, por tierra y por mar, en Termópilas y Artemisio.

Por JULIO MURILLO

Un rey

El viento, racheado y de popa, nos empujó hacia Eubea. Las trirremes, bien ensambladas y marineras, cortaban las aguas como una manada de delfines. Desde el triple bancal de remeros, bajo cubierta, llegaba el resuello sincopado de los marineros, manteniendo una boga de crucero pausada pero constante. Recuerdo que uno de los cabos, que era pescador viejo y conocía nuestras costas como la palma de su mano, efectuó un cálculo de nuestro avance. Aseguró que de mantenerse el ritmo y persistir las buenas condiciones llegaríamos a Artemisio en tres jornadas.

Confesaré que me costó adaptarme al mar. Pasé largo tiempo indispuesto, yendo de un vahído a otro, sufriendo en mis carnes la chacota de Temístocles y del resto, que por alguna razón que no alcanzo a comprender soportaba con mayor dignidad la cabalgada de la quilla por las crestas y valles de las olas.

Reseguimos el litoral hasta internarnos en el canal que separa a Eubea del continente. Para mi asombro, así comenzamos a navegar por el estrecho, el viento nos favoreció aún más. Esa lengua de mar discurre entre dos costas escarpadas, llenas de promontorios, acantilados, ensenadas y arrecifes que, en algunos momentos, contemplados en lejanía, parecen abrazarse hasta imposibilitar el paso.

Durante la mañana del segundo día divisamos, por la borda de babor, la sagrada playa de Maratón. Reconocí su silueta inconfundible y los tres túmulos que habíamos levantado para nuestros muertos. Tras unos instantes de silencio reverente, las dotaciones de todas las naves unieron sus gargantas en un clamor orgulloso capaz de despertar a los dioses del letargo de la hora. A la algazara general vino a sumarse el sonido melifluo de los aulós y el redoblar airado de los tambores, el golpear de las astas de las sarisas contra las cubiertas y el restallido de las espadas contra las égidas. Apuntaron los remeros sus palas hacia lo alto, en un ritual espontáneo y hermoso, y por un momento, único e irrepetible, creí que las trirremes de Atenas, aladas, eran una bandada de cisnes planeando sobre la piel brillante y azul de Poseidón.

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Al atardecer del segundo día, la flota recaló en varias radas protegidas, allí donde la tierra firme y Eubea, a la altura de Calcis, se aproximan hasta casi tocarse. Los esquifes y chalupas, que llevábamos al arrastre, fueron acercados a la orilla, donde se hizo acopio de agua fresca. Se repartió pan, salazón y vino en abundancia, y, después de poner el estómago en paz, guerreros y tripulaciones nos entregamos al descanso. Hasta altas horas, bajo un cielo salpicado de estrellas, se escuchó el sonido evocador de una cítara, tañida con delicadeza, y la voz atiplada del músico, desgranando himnos órficos que invitaban a la placidez del sueño.

Pese al arrullo de la música y de las aguas, lamiendo los cascos de las trirremes, no pude dormir. Permanecí arrebujado en el manto, entretenido en mis pensamientos, que parecían sucederse como los diálogos de una obra, dándose réplica e inaugurando situaciones nuevas. El silencio era absoluto cuando me incorporé y pasé sigiloso entre los cuerpos de los maratonianos. Acabé acodado en la borda de estribor, allá donde la amura se prolonga dando paso al espolón.

Selene se alzaba pálida y amarilla, camino de lo alto.

–¿No puedes dormir, Esquilo? –murmuró una voz familiar en mi nuca.

Me volví. Temístocles parecía andar tan desvelado como yo. Se diría que sus ojos contenían la misma luz que aletea en la mirada de los búhos.

–No, no puedo… –susurré.

–¿Qué ocurre? ¿Te preocupa la guerra?

–No pensaba en la guerra. Pensaba en Eris…

–¿Eris? Juraría que esa mujer ha ido a clavar su daga en un punto que no tiene cura… –dijo ahogando una risilla.

Asentí. Le miré de soslayo. Su perfil, recortado sobre la débil luminiscencia de la noche, parecía el de un dios caído.

–Dime, Temístocles… –balbuceé–. Tú llevas muchos años casado y tienes hijos. ¿Es ése un estado feliz?

–¿Dirías que todo fue malo en tiempos de Hiparco?

–¿El rey?

–Sí…

–No lo sé… –repuse asombrado ante la comparación–. Hiparco, qué duda cabe, también hizo cosas buenas.

–Pues lo mismo ocurre con el matrimonio, Esquilo. Es una tiranía llena de cosas agradables y de otras que, claramente, no lo son. Pero es llevadero. Siempre y cuando te permitas ciertas licencias, ¿comprendes?… –indagó en un tono de voz cómplice.

–Comprendo…

–¿Sabes quién detenta el mayor poder de entre todos los griegos?

No supe qué responder ante una pregunta que se me antojaba claramente aviesa.

–No estoy para adivinanzas… –repuse divertido.

–Pues verás, es sencillo… –susurró–. Atenas detenta la prez, el honor, sobre el resto de los pueblos de la Hélade. Y los atenienses, a su vez, obedecen los dictados de la Bulé, a la que yo procuro controlar de cerca. A mí me domina mi mujer, a la que obedezco de buen grado en algunos momentos y de mala gana en otros. Y a ella, pese a todo su carácter, la gobierna el menor de mis hijos, que es un consentido. Ese mocoso, Esquilo, es el más poderoso de entre todos los griegos. Ya ves: todos formamos parte de una cadena, en la que somos amos y siervos a un tiempo.

Y no pudo evitar echarse a reír.

–¿Has decidido casarte con Eris? –indagó.

–Sí, cuando todo esto termine…

–Pues hazlo. Sin lamentos. Probablemente serás feliz. ¿Sabes? Yo era algo apocado de niño. Siempre tenía dudas. Pero mi padre, que era ante todo un hombre resolutivo, me hizo entender que no se debe pensar en las consecuencias de los actos en exceso, a riesgo de no hacer nada nunca. Tal vez he llevado su recomendación hasta el extremo…

–De eso no me cabe la menor duda. Si alguien tienta al destino, ése eres tú.

–Es posible, pero no sé hacerlo de otro modo… –adujo–. ¿Sabes por qué bauticé a esta nave con el nombre de La Égida de Tritea, El Escudo de Atenea?

–No…

–La Pitia, en Delfos, me dijo, en su vaticinio, que breve sería la gloria del escudo de Atenas… ¿recuerdas?

–Perfectamente.

–Yo soy ese escudo, Esquilo –afirmó–. Y bien poco me importa que la gloria sea efímera si lo es. Los hombres debemos brillar, como esas estrellas que brillan arriba, en lo alto. Con arrogancia y osadía, sin miedo, mientras podamos. No olvides que, con dioses o sin ellos, todos acabamos vencidos, derrumbados sobre la tierra, sepultados. El prudente y el audaz, el cuerdo y el loco, el piadoso y el sacrílego. Todos estamos condenados al polvo y al olvido… ¡Si debemos morir, hagamos nuestra voluntad primero! ¡Salgamos al paso del destino; el destino sólo merece nuestro desprecio! Cuando cargan las falanges en el campo de batalla, en el encontronazo, una embiste y la otra resiste. Yo elijo atacar…

–Tal vez esa pretendida libertad a la hora de decidir no sea tal… –razoné–. Dijo la Pitia que caminamos sobre nuestras propias huellas. Dormidos o despiertos… ¡Qué importa! Todo está escrito, arconte.

–¿Escrito? ¿Tú crees eso? ¡Muy bien! Supongamos que es así… –convino propinando un golpe a la borda–, supongamos que estaba escrito que yo, y también tú, a base de argucias llevaríamos los acontecimientos hasta este punto, y después hasta ése otro; empujándolos más y más, una y otra vez…

–No empujamos, Temístocles, sólo huimos; las Parcas pueden cortar el hilo de nuestras vidas en cualquier momento…

–¡Es igual! ¿Prefieres esperar a las Ceres sentado y temblando como un niño? No hay dignidad en la resignación, sólo impotencia. Sí la hay cuando uno recorre todo el camino, de principio a fin, aferrando la espada, sin importarle cómo o cuándo o dónde morirá…

–¿Entonces?

Temístocles calló. Dejó que su mirada se perdiera entre los incontables destellos plateados que Selene, en su tranquilo rielar, arrancaba al oscuro tapiz de las aguas.

–Entonces, Esquilo… –murmuró cordial tocándome en el hombro–, entonces, cásate con Eris. Si amas a esa mujer, cásate con ella; cásate aunque sepas que la felicidad será breve, que sólo durará una noche. Esa noche es el regalo al valor de un hoplita.

–Así lo entiendo, pero no puedo evitar sentir temor… –musité turbado–. Desde que toqué el Ómfalos, en Delfos, tengo sueños y premoniciones. Me asaltan durante la noche, o durante la vigilia. Muchas veces no logro entender su significado; otras veces, sí.

–Entiendo. Escucha, amigo mío: no importa que lo que entendemos por libertad sea, después de todo, una mera ilusión, un engaño. En cualquier caso es mejor que la aquiescencia…

–Supongo que tienes razón.

–Creo que sí…

Eso es todo cuanto Temístocles y yo hablamos esa noche. Después dormí sin que ninguna visión perturbara mi descanso.

Con el despuntar del día, la flota reemprendió su viaje a Artemisio, sin incidencias dignas de mención, más allá del hecho significativo de que tres águilas, majestuosas, sobrevolaron nuestra formación describiendo amplios círculos en el cielo. Después se perdieron como una avanzadilla victoriosa, como un heraldo, rumbo al Norte.

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A media tarde, La Égida de Tritea y otras dos naves se separaron del resto de la escuadra, que prosiguió su singladura. Se arriaron velas, y un puñado de hombres, entre los que estábamos todos los maratonianos y el propio Temístocles, abordamos las chalupas y remamos hasta la orilla.

Ya en tierra, caminamos resiguiendo el litoral, bajo el castigo de un sol plomizo que golpeaba nuestras corazas y yelmos hasta hacerlos arder, en dirección al paso de las Termópilas, un estrecho pasaje que discurre junto al mar, al pie de la vertiginosa estribación de la cordillera del Calídromo.

Tisias y Brisón comenzaron a silbar el peán de Maratón. Yo me uní a ellos. Al poco, todos avanzábamos ligeros al son eufórico del himno.

Al doblar un recodo de costa nos vimos rodeados por una veintena de espartanos. Surgieron de entre la maleza y los arbustos, con gesto hostil, blandiendo las espadas. Temístocles se identificó y pidió ser conducido ante la presencia de Leónidas. Ellos formaron a ambos lados de nuestra columna, y nos escoltaron hasta el punto en que el Monte Eta se desploma casi a tajo sobre el angosto desfiladero que une Tesalia con la Grecia Central.

Mientras viva no olvidaré la imagen que se reveló para asombro de todos. Los espartanos, junto a otros contingentes llegados desde las inmediaciones, permanecían acampados tras un antiguo y derruido muro construido por los focenses muchos años atrás, en los días en que éstos peleaban con los tesalios. Los espartiatas trabajaban sin descanso, acarreando piedras, volviéndolo a levantar, hilada a hilada. Más allá de ese precario baluarte, la lengua de tierra crecía en amplitud y obligaba a la mirada a pasear todo el largo de un terreno irregular, formado por terrazas y campos de hierba agostada que declinaban suavemente hasta fundirse con las aguas del Golfo Malíaco.

A lo lejos, tras ese erial sin dueño, se divisaba el formidable campamento de Jerjes. Miles de tiendas, pabellones y toldillas, poblaban el horizonte hasta ocultar la tierra; escalaban por pendientes y altozanos y se acomodaban incluso entre los riscos. En medio de ese tapiz caótico de telas de vivos colores se movían decenas de miles de hombres. Eran tantos que me eché a temblar. No quiero alardear. Temblé como no lo había hecho en toda mi vida.

La guardia espartana nos condujo hasta el mismo muro. Allí, en una zona sombreada, al pie de dos árboles secos y retorcidos, se encontraba Leónidas.

El rey lacedemonio y Temístocles se dispensaron un cordial y emocionado saludo. Se aferraron por los brazos y permanecieron unos instantes sosteniéndose la mirada. Una mirada llena de orgullo y lealtad.

–¡Apolo y Artemisa os acompañen, rey Leónidas!

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Busto de Temístocles

–¡Me alegro de volver a veros, Temístocles! –correspondió el espartano–. Como podréis comprobar estamos disponiendo la defensa del paso…

–Nos hemos separado de la flota, que navega hacia Artemisio, con Euribíades al frente, para desearos suerte en la batalla… –aseguró nuestro estratego echando un rápido vistazo a la febril actividad que eran las inmediaciones–. ¿Dónde habéis apostado al grueso de vuestro ejército? No veo demasiados hombres…

–Trescientos han venido conmigo. Toda mi guardia personal.

–¿Trescientos? –el rostro de Temístocles se llenó de estupor.

–Ya sabéis que los espartanos jamás contamos nuestro número al entrar en combate… –ironizó el rey. Y viendo que la perplejidad no hacía sino crecer en el semblante del arconte, añadió–: Lacedemonia está celebrando su festival religioso, las Carneas, en honor de Apolo. Ya sabéis que nuestras leyes nos prohíben salir de Laconia antes de su conclusión. Pero otros se sumarán a nosotros en breve, no temáis…

Yo, que conocí a Temístocles como pocos le conocieron en vida, puedo asegurar que jamás había visto en la expresión de su rostro tanta contrariedad y tanta rabia mal contenida. Para sus adentros, a buen seguro maldecía las Carneas, esa festividad religiosa que, por segunda vez, tras Maratón, nos privaba del concurso decisivo de todo el ejército de Esparta. Leónidas entendió la desazón que pesaba en su ánimo.

–Tranquilizaos. Si sumamos los contingentes de tegeatas, mantineos, tespios, tebanos, locrios y focenses a nuestras fuerzas, somos casi cinco mil.

–Entiendo…, cinco mil –masculló turbado–. Cinco mil contra quinientos mil…

–Resistiremos a cualquier precio. Hasta el fin de ser preciso. No retrocederemos un solo paso –anunció el espartano resuelto–. Ahora deberéis disculparme. Debo atender algunos asuntos que me requieren. No disponemos de mucho tiempo antes de que vengan contra nosotros.

El lacedemonio, seguido por varios de los suyos, se alejó dejándonos solos. El semblante de los maratonianos, que habían asistido a la conversación desde un segundo plano, reflejaba toda la incertidumbre del momento.

Temístocles me tomó por el hombro y me condujo, sin disimulos, a un aparte.

–Escucha, Esquilo, esto será un desastre…

–La posición es absolutamente favorable, arconte… –aduje intentando insuflarle convicción–. El paso es muy estrecho, apenas permite que los carros persas pasen uno tras otro, lentamente, en fila. No quisiera estar en el pellejo de los bárbaros cuando choquen contra el muro de acero de Esparta. Esos hombres son verdaderos titanes.

–Sólo un milagro impedirá que Jerjes atraviese Termópilas… ¿es que no lo ves? –increpó con acritud–. Y si lo hace, de poco o de nada servirá que Atenas sacrifique en Artemisio sus naves.

–¿Qué debemos hacer? –pregunté resignado, entendiendo que tenía razón.

–Atiende a lo que te voy a decir. Voy a reemprender viaje al Norte, tras la flota. Y tú, con un pequeño retén y una de las trieras, al mando de Abrónico, que es hombre en el que confío plenamente, permanecerás aquí.

–¿Aquí? ¿Pretendes que me quede aquí?

–Sí, aquí, en las Termópilas.

–¡Maldita sea! ¿Con qué objeto? –gruñí rabioso, al entender que, una vez más, Temístocles se proponía utilizarme a su antojo.

–Debes quedarte aquí, sin intervenir, observando todo lo que ocurre…, y así tengas certeza de que la defensa de este paso va a ser quebrada deberás navegar hasta nuestra posición en Artemisio e informarme. Si eso sucede no nos quedará más remedio que poner proa a Atenas, sea cual sea la vicisitud del combate en el mar.

De poco sirvieron mis quejas y objeciones. Temístocles, algo más tarde, tras inspeccionar las obras de reparación del muro y despedirse de Leónidas, deshizo camino hasta el punto en el que habíamos varado nuestras chalupas. Los maratonianos, al partir, me miraron con expresión condolida y echaron mano a sus habituales y pesadas bromas a guisa de despedida.

–¡No te lamentes, Esquilo, que ahora podrás disfrutar del caldo negro de los lacedemonios! –zahirió Coridón carcajeándose.

–¡Qué Zeus te fulmine, maldito bastardo! –rugí crispando el puño.

Me quedé solo. Solo a pesar de la compañía de los ocho atenienses encargados de gobernar mi esquife. Les ordené que lo acercaran aún más a nuestra posición. Quedó fondeado, al final del día, en una pequeña cala, en la retaguardia, a unos treinta codos de distancia.

Al atardecer, tanto en nuestro campo como en el del enemigo, se encendieron infinidad de fuegos. Pese al sofocante calor de la estación, la humedad del mar calaba poco a poco en los huesos y entumecía el espíritu. Los espartanos hicieron piña alrededor de sus hogueras, lejos de las camarillas formadas por beocios y focenses entorno a las suyas. Pude observarles con detenimiento, a la luz de las llamas, envueltos en sus capas rojas, de las que no se desprendían jamás. En todos sus rostros aparecía impreso el mismo rictus impasible, el mismo ademán fiero y despiadado. No pude evitar recordar las muchas historias que mi abuelo solía contarme de los lacedemonios durante mi infancia. Todas ellas referidas a la forja lenta que templaba su carácter indómito. Eran apartados de sus familias e instruidos en el uso de las armas desde temprana edad; se les obligaba a sobrevivir en la espesura o en las montañas, solos, sin recursos, buscando su alimento entre lo poco que la tierra pudiera ofrecer; incitándoles incluso a robar para subsistir, siempre y cuando el hurto no fuera descubierto, ya que cuando eso ocurría eran castigados con severidad. La dureza de su entrenamiento y la obediencia absoluta a las leyes de su patria les convertía en adversarios temibles. Jamás retrocedían en la batalla, antes preferían morir que ser tildados por los suyos de temblorosos.

Me entretenía en esos pensamientos cuando uno de los criados de Leónidas se acercó hasta donde yo estaba. Me comunicó que el rey me invitaba a reunirme con él, junto al fuego. Me envolví en el manto y le seguí. El espartano comía en compañía de un hombre de edad indefinida pese a lo cano de sus cabellos. Supuse, en primera instancia, que se trataba de algún asesor o confidente. Enseguida supe que era Megistias, el mago que acompañaba a los laconios, famoso por su certeza a la hora de interpretar signos y presagios.

Leónidas señaló el espacio frente a él y sugirió que me acomodara. Me recosté contra un gran pedrusco y extendí las palmas hacia el fuego.

–¿Eres amigo de Temístocles? –preguntó con voz recia. Hablaba con la boca llena.

–Sí.

–¿Cómo te llamas?

–Esquilo…

–Bien. Siendo así, también eres nuestro amigo. Vamos, come con nosotros…

Y diciendo eso me tendió una escudilla llena de un caldo oscuro y sanguinolento en el que flotaban unos trozos de carne de cerdo. Intenté rehusar, pero él insistió. Al sorber ese brebaje entendí la guasa de Coridón al partir. El guiso negro que comen los espartanos se me antojó repugnante. Hice un esfuerzo por disimular la náusea que me provocaba.

–Tu amigo…, Temístocles, se ha marchado un tanto contrariado –apuntó Leónidas aparentemente absorto en la refacción–. No parece confiar mucho en nosotros. Seguramente te habrá pedido que permanezcas aquí a la espera de acontecimientos… ¿me equivoco?

–Él cree plenamente en ti, rey Leónidas. Piensa, no obstante, que por mucho arrojo que mostréis en el combate difícilmente podréis contener a esa muchedumbre… –aduje yo.

–Podremos… –murmuró–. ¿Ves a todos estos hombres?

Señaló a su guardia, hacinada junto a las fogatas. A la luz de las llamas parecían antorchas humanas.

–Sí.

–Al salir de Esparta me aseguré de que todos ellos tienen hijos –anunció en tono grave–. Ningún lacedemonio sin descendencia que asegure la continuidad de su estirpe debe morir en el campo de batalla. Nuestros linajes no deben perderse.

Asentí. Todos los hoplitas espartanos, salvo unos pocos, rondaban la cincuentena. Ese detalle me había llamado poderosamente la atención. Ahora, tras la aclaración del rey, se me antojaba claro.

–¿Estás casado, Esquilo?

–No. Pero si sobrevivo pienso casarme tras la guerra.

Sonrió levemente. Dejó el cuenco a un lado y limpió sus labios con la punta de la capa. Después me encaró sin ambages.

–Harás bien. Ten hijos, busca a una mujer que te los dé. Ningún hombre está completo ni ha cumplido con su propósito sin un heredero. Te contaré algo… –dijo a media voz, en un tono confesional–. Mi mujer, la reina Gorgo, la noche previa a nuestra marcha, se deshizo en lágrimas. Las mujeres siempre lloran. Las ausencias y pérdidas las afectan en mayor medida que a nosotros. Se abrazó a mí y me dijo que temía por mi vida. Se preguntaba qué sería de ella de morir yo en la batalla…, con voz trémula me interpeló: ¿qué he de hacer, esposo, si no vuelves? ¿Sabes qué le contesté?

–No tengo modo alguno de saber eso.

–Escucha bien. Le dije: si muero vuelve a casarte; elige a un espartano digno de mi recuerdo y cásate y dale hijos fuertes que aseguren su estirpe y la gloria futura de Esparta.

–¿Por qué me contáis todo esto, rey Leónidas?

–Para que entiendas la férrea voluntad que nos ha traído hasta aquí, Esquilo… –sentenció–. Detendremos en Termópilas al invasor o moriremos sobre esta tierra, según dicta nuestra ley, con la espada en la mano, sabiendo que nuestras mujeres e hijos se sentirán orgullosos de nuestros actos y que nuestros nombres no caerán nunca en el olvido.

La convicción con que el rey de los Espartanos pronunció esas palabras me hizo sumir en un estado taciturno. Clavé mis ojos en las llamas, y me abstraje hasta tal punto en sus formas sinuosas que no me di cuenta de que Leónidas, tras arreglar su capa, se erguía para perderse, con el mismo sigilo que un gato montés, entre la penumbra del campamento.

Entonces habló Megistias, el mago. Había olvidado su presencia.

–Todos vamos a morir aquí… –vaticinó con un hilo de voz.

–¿Cómo podéis afirmar eso…, sois acaso capaz de ver lo que sucederá?

–Lo que sucederá ya está predicho. El Oráculo de Delfos ha sido muy claro al revelar el destino de Esparta…

Una violenta sacudida recorrió mi cuerpo de parte a parte. La sola mención del Oráculo me sustrajo de mi ánimo disperso.

–¿Qué os ha profetizado la Pitia?

–En esta ocasión ha sido menos críptica que de costumbre… –ironizó Megistias–. Parece que Apolo, magnánimo, nos concede el derecho a elegir…

El mago repitió, en tono lúgubre, el vaticinio que el dios les había comunicado a través de los labios de la sacerdotisa…

“Mirad, habitantes de la extensa Esparta: o bien vuestra poderosa y eximia ciudad es destruida por los descendientes de Perseo, o no lo es; pero, en tal caso, la tierra de Lacedemón llorará la muerte de un rey de la estirpe de Heracles. Pues al invasor no lo detendrá la fuerza de los toros o de los leones, ya que posee el poder de Zeus. Proclamo, en fin, que no se detendrá hasta haber devorado a una u otro hasta los huesos…”

–Como ves no hay muchas opciones. Sólo dos caminos posibles… –susurró Megistias tras referir el augurio–. O la destrucción de Esparta o la vida de un rey de Esparta.

–¿Entonces…? –balbuceé.

–Entonces, Esquilo, no te quepa la menor duda… –zanjó mortalmente serio–: Leónidas, del linaje de Heracles, ha venido hasta aquí para morir. Y nosotros con él. Este desfiladero será nuestra tumba.

Las palabras de Megistias devastaron mi espíritu. Una tristeza infinita, poderosa como la marea, me zarandeó hasta llenar mis ojos de lágrimas. En medio de ese desasosiego no pude sino evocar las consideraciones que Temístocles había hilvanado la noche anterior, sobre la cubierta de La Égida de Tritea, al referirse a nuestra actitud ante el destino.

Todos acabamos vencidos, derrumbados sobre la tierra, sepultados…

La dignidad reside en decidir cuándo, cómo y dónde.

 

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Los trescientos de Termópilas

 

Leónidas estaba convencido de que el ataque de los bárbaros sería inminente. Pero se equivocó. Pasaron cuatro días antes de que se decidieran a avanzar con todas sus fuerzas. A la mañana siguiente de lo que he contado, los restos de una gran tormenta que oscurecía el cielo por el Norte llegaron hasta nosotros. Cuando amainó el temporal, los persas adelantaron sus posiciones unos dos estadios, apostándose algo más allá del alcance que el mejor de los arqueros puede cubrir con sus flechas. Al atardecer de ese segundo día, varios carros de guerra incursionaron por las proximidades, inspeccionando el campo y nuestras fortificaciones. Entendimos que el déspota aqueménida quería conocer nuestros efectivos, y el rey de los espartanos no dudó en mostrárselos. Mandó que todos los espartiatas se dejaran ver. A tal fin, Los Trescientos se colocaron delante del muro y procedieron a entrenarse y a peinar y lavar sus cabellos con parsimonia, asunto que no se corresponde en absoluto con la veleidad propia con que lo hacen las mujeres, sino que es –y así me lo explicaron– costumbre vieja entre ellos. Siempre que se disponen a arriesgar su vida, o presienten que el fin es inminente, se acicalan de ese modo.

El tiempo pasó con exasperante lentitud. Me vino al recuerdo la larga espera que precedió a nuestra carga en Maratón. Parecía repetirse. Acaso el Rey de Reyes confiaba en que en la incertidumbre que nace de la dilación termináramos por abandonar, desmoralizados, el desfiladero. La descomunal exhibición de fuerza que era esa masa informe de cuerpos y lanzas poblando el horizonte no dejaba demasiados resquicios a la esperanza. Pero eso no sucedió.

Tan pronto liberó Poseidón al sol la mañana del cuarto día, un carro de guerra, seguido por una docena de jinetes desplegando las enseñas del bárbaro al viento, se aproximó hasta detenerse a un estadio del contrafuerte. Hidarnes, enviado por Mardonio, jefe supremo de la horda, venía a exigir nuestra rendición. Vestía la capa negra y dorada de los altos mandos, y lucía una coraza de cuero azabache de la que pendían escamas de oro.

Leónidas dejó su escudo y su lanza y le salió al encuentro con paso decidido.

–¡Es Hidarnes, general del ejército que contemplas, quien te habla! –proclamó a grito en pecho, tirando con fuerza de las riendas ante el piafar nervioso de los jacos.

–¡Y es Leónidas, hijo de Anaxándridas, de la estirpe de Heracles, rey de Esparta, quien te contesta!

–Jerjes me envía para haceros entrar en razón –anunció resiguiendo con la mirada la impecable marcialidad de los lacedemonios formados ante el muro–. Deponed las armas y permitid que nuestro ejército atraviese el paso. Si lo hacéis, todos salvaréis la vida.

–Eso no será posible. Dile a tu rey que defenderemos este desfiladero a cualquier precio.

Sobrevino un silencio tenso, irreal. Hasta el viento parecía adormecerse y tornarse sólido y opresivo.

–No os comportéis como sólo un loco haría… –advirtió Hidarnes señalando a Leónidas con la fusta–. ¿Acaso estáis ciegos? ¡Si ordeno a todos mis arqueros que disparen sus flechas, éstas serán tantas que ocultarán la luz del sol!

Y en un expresivo gesto apuntó hacia lo alto.

Sucedió entonces algo imprevisto. Un hoplita espartano que formaba en primera línea abandonó su posición y se adelantó unos pasos. Su nombre era Diéneces.

–¡Mejor que mejor, persa! –espetó sarcástico–. ¡Así combatiremos a la sombra!

Una abierta carcajada escapó de las gargantas de Los Trescientos.

Un rictus contrariado se dibujó en el rostro de Hidarnes.

–¡Lo repetiré sólo una vez más! –bramó–. ¡Entregad las armas!

Entonces, a la vista de todos, Leónidas extrajo la espada de su vaina y la blandió. Destelló en el aire durante un instante. Extendió sus brazos en cruz, retando al general y a todo su ejército, y en tono arrogante pronunció, con un chorro de voz gruesa, esas palabras que jamás he olvidado y que jamás nadie deberá olvidar.

–Molon labe! –dijo–. ¡Venid a por ellas!

Hidarnes arreó el tiro y la cuádriga se alejó en dirección a las filas bárbaras. La espera había terminado. Leónidas dispuso, pese a las protestas de los mandos tespios y beocios –que pretendían situar a sus hombres en el centro de la batalla–, que fueran los espartanos los que detuvieran la inminente carga.

–Los espartanos hemos sido los primeros en llegar a Termópilas –razonó–. Justo es, por tanto, que seamos los primeros en medirnos con el enemigo.

A su señal, los Trescientos, desplegados en doce filas de veinticinco hombres, adelantaron su posición, yendo a colocarse unos ocho o diez pletres más allá de la angostura que era la zona frente al muro. Después, se quedaron inmóviles como estatuas.

Sobre la masa informe de los persas se alzó, de súbito, un clamor que era mezcla de gritos enervados, arengas, rezos, cánticos, trompetas y tambores. Los medos se pusieron en marcha, al paso, en medio de un estrépito ensordecedor. Calculé que eran unos tres mil los que se disgregaron, en esa primera oleada, del grueso de la horda.

Ante la proximidad de esa vanguardia, cerraron los espartiatas la greca inexpugnable de sus rodelas convirtiéndolas en un muro de metal; llevaron sus recias lanzas al ristre, creando un abigarrado bosque de púas aceradas, y, lejos de permanecer a la espera de la acometida del enemigo, cargaron contra él en un derroche de furia que haría palidecer las gestas de Aquiles frente a los muros de Troya. Desde la seguridad de mi posición contemplé, atónito y demudado, la monumental escaramuza que sucedió a partir de aquel momento. Cientos de medos cayeron traspasados de parte a parte en el primer encontronazo. De poco les servían sus frágiles escudos de mimbre ante la embestida sañuda de las sarisas, que se hincaban en sus pechos como arietes y les levantaban a más de un codo del suelo. Creí que sus gritos, gemidos y estertores me harían enloquecer. La cordillera del Calídromo amplificaba esa dolorosa batahola de forma natural. En Maratón yo no recordaba haber escuchado ese fragor de inclemencia, dolor y muerte que lo inundaba todo.

En Termópilas, sí. Aún resuena en mi cabeza.

Leonidas monument in Thermopylae, Greece

Como una avalancha de cuerpos precipitándose al vacío desde las alturas, más y más batallones de bárbaros arremetían contra los espartanos así caían los que les precedían en el ataque. Pateaban los cadáveres de los suyos, amontonados de un lado al otro, a lo largo del frente, y se arrojaban sobre Leónidas y sus hombres como una jauría de chacales enloquecida por el olor de la sangre. Tras lo que me pareció una eternidad de incertidumbre y angustia, los lacedemonios, obedeciendo a una señal imperceptible, acaso convenida de antemano, dieron la espalda al enemigo y emprendieron, sin romper la formación, una veloz carrera. Pensé que retrocedían ante una presión a todas luces sobrehumana, insostenible.

Me equivoqué. No huían. Era una más de las muchas tácticas de combate en las que los lacedemonios son maestros consumados. Así tuvieron certeza de que los medos, enardecidos y engañados, les iban a la zaga a toda velocidad, pisándoles los talones, se volvieron al unísono, como un solo cuerpo, como una sola voluntad, girando en el aire. Y en esa rabiosa revuelta, parecida al requiebro de la testuz de un toro salvaje, sembraron el pánico entre las tropas de Jerjes.

Los bárbaros, ante la aplastante superioridad de los lacedemonios, perdieron resuello y comenzaron a batirse en abierta retirada. Lejos de contentarse, estando como ya estaban ahítos de sangre enemiga, los hoplitas de Leónidas no les concedieron cuartel. Les acosaron sin tregua en un estrago como jamás se ha visto. Mataron a tantos persas en ese primer día en las Termópilas que cuando todo cesó, al atardecer, tras incontables escaramuzas, sus cuerpos despedazados alfombraban y teñían de rojo todos los campos.

Sólo siete espartanos perdieron la vida durante esa jornada. Unos treinta curaron y cauterizaron sus heridas de regreso al muro focense. Juro por Zeus que ni uno solo de ellos profirió la más leve queja así les iban aplicando sus camaradas los hierros candentes sobre los cortes de los brazos y las piernas. Su resistencia al dolor es infinita. No en vano, en su juventud, durante los interminables años de instrucción militar que reciben, se les flagela, en una ceremonia efectuada en el Limneo ante una imagen de Artemis Ortia sin que puedan proferir siquiera un gemido.

Agradecí a los dioses, tras todo lo visto, el hecho de que la guerra fuera contra Persia y no contra Esparta. Cualquier griego, individualmente, podría igualarles en valor y osadía, pero no hay en toda la Hélade falange o infantería pesada que pueda medirse con ellos cuando pelean juntos, ni existe sobre la faz de la tierra ejército que no tiemble a la sola mención de su nombre.

Desde lo alto del muro, cuando ya la noche estaba bien entrada, vimos a los persas recorrer el campo de batalla, a la luz de innumerables antorchas, y retirar a sus muertos. Parecían una miríada de luciérnagas revoloteando en el vacío. Cargaron no menos de veinte carretas largas con los despojos de los suyos.

Cuando desperté a la mañana siguiente pude observar cómo los espartanos y los beocios trabajaban con absoluto sigilo, moviéndose al amparo de la luz exigua y triste de la aclarada. Distribuían paja y brea a lo largo de una línea situada a unos quince o veinte pletres del muro. Y cuando eso quedó dispuesto según su conveniencia, segaron cuanta hierba alta encontraron y la esparcieron ocultando el tejemaneje. Aunque la finalidad de aquella maniobra se me escapaba por completo, no tardé en comprender la argucia.

El campo de los bárbaros recuperó su pulso no mucho más tarde, y aún no estaba el sol en lo alto cuando vinieron en tropel a ocupar las mismas posiciones de la víspera. En esta ocasión, los Inmortales formaron al frente. Todos habíamos oído hablar de ellos. Eran la elite de los ejércitos de Jerjes. Vestían de negro, se protegían con corazas doradas y cascos cónicos de recio cuero. Se decía que nunca cedían terreno en la batalla y que cuando uno era abatido, otro, al punto, ocupaba su lugar.

Yo había ido a situarme en un extremo del muro focense, junto al mar, deseando ver en cercanía la disposición de los bárbaros durante los preparativos de la batalla.

–Parece que por fin podremos medirnos con verdaderos guerreros… –dijo una voz a mis espaldas. La reconocí al instante. Era Leónidas.

–¡Que los dioses nos asistan! –mascullé con la mirada atrapada en la formidable gallardía de los persas.

–Sí…, que nos asistan. Pero que nos dejen el placer de la lucha a nosotros –replicó irónico.

Y por primera y última vez escuché su risa. Franca y fuerte. Sin despedirse, el rey descendió del baluarte. Le vi intercambiar algunas frases con los mandos del contingente beocio; acto seguido, tras recoger su larga cabellera y colocarse el yelmo, enfiló la estrecha abertura que se abría en el centro de la muralla.

Los espartanos, seguidos por unos quinientos beocios bien pertrechados, se desplegaron en medio de la tierra de nadie. Una vez más, los lacedemonios se arrogaron el derecho a ocupar las posiciones más comprometidas. Yo me vi obligado a retirarme del baluarte, ya que una treintena de arqueros focenses se encaramaron al pequeño adarve de la almena, disponiendo, de forma regular, manojos de flechas recubiertas de estopa y ollas con brasas.

Cuando los Inmortales se pusieron en marcha me asaltaron las dudas; entendí que la suerte del combate no se dirimiría con tanta facilidad como había sucedido la jornada anterior. Al menos dos mil de ellos, desgajados del resto, cayeron como una tromba sobre los espartiatas. Cruzaron sus lanzas cortas con las recias sarisas de los hoplitas y se entregaron a un furioso entrechocar de metal y madera.

Confieso que se me formó un nudo en la garganta cuando en la tremenda confusión que era el corazón de la batalla vi a Leónidas ordenar a los suyos retroceder. Lo hicieron sin dar la espalda, en orden, paso a paso, sin dejar de combatir. Recularon, aparentemente incapaces de soportar el tremendo empuje de los persas, hasta ir a situarse a escasos pletres de la fortificación.

Entonces, lo comprendí todo.

Los arqueros focenses, desde la muralla, prendieron sus dardos, los calzaron y dispararon. Las flechas trazaron un arco humeante en el aire, sobrevolando la masa de combatientes, y fueron a clavarse, con increíble precisión, a lo largo de la línea de paja y arbustos dispuesta al principio del día más allá de la retaguardia de los Inmortales.

Una pared de fuego se alzó a sus espaldas. Las llamas se propagaron por todo el reseco matorral y el arbolado de la zona, dejando a los hombres de Hidarnes completamente aislados del resto. Ésa era la taimada zalagarda que los espartanos habían ideado para recibir a las mejores tropas del Rey de Reyes. Nada más verlos cercados y sin salida, arremetieron contra ellos como una tormenta, con tanta saña que muchas astas se quebraron en el envite, y del combate distante se pasó, así, a una lucha en cercanía en la que Leónidas y sus trescientos sojuzgaron sin piedad, codo a codo, a los bárbaros. Con indecible crueldad les condujeron hasta el punto sin retorno en el que sólo podían elegir entre morir despedazados por la tajadera de sus espadas –que cercenaban brazos, hendían cascos y cráneos y segaban cuellos–, o atravesar la cortina infernal que les cortaba la retirada.

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Les vi correr, a cientos, aullando, convertidos en antorchas humanas, buscando una salvación imposible, desorientados, incapaces de llegar hasta la orilla del mar.

Ni un solo Inmortal sobrevivió aquella mañana de verano en Termópilas. Entre los que murieron se contaban dos hermanos del rey persa.

El incendio no se extinguió hasta bien entrada la tarde, cuando ya poco o nada quedaba por quemar. Los bárbaros volvieron entonces a intentarlo. Vinieron a estrellarse contra nuestro muro en gran número, sorteando el escorzo carbonizado y grotesco que eran los cuerpos de Los Inmortales. Los arqueros beocios les diezmaron. Apenas un millar de ellos llegó hasta la base de la almena y pugnó por encaramarse a lo alto. Los espartanos les aguijonearon el cuello y la cerviz, del mismo modo en que se arponea a los escualos en el mar, y los arrojaron sobre los que venían detrás.

No osaron repetir carga semejante en lo que restó de día. Huyeron con el terror en la mirada, abandonando buena parte de sus armas en la desbandada; antes dispuestos a enfrentar el restallido de los latigos de la guardia del rey –que les azuzaba e impelía al ataque– que a perder la vida a manos de un enemigo que se mostraba, una y otra vez, invulnerable y despiadado.

Pensé, ante la magnitud del descalabro sufrido por los bárbaros, que Jerjes, en lo más alto de su campamento, a buen seguro barritaba como un elefante con las jarretas cortadas, herido de muerte. En dos días había perdido a veinte mil de sus hombres.

Pero el tiempo de Termópilas se agotaba. Como el agua de una clepsidra al verterse. El tercero de los días que vi nacer en la angostura de aquel lugar sería el último para todos sus defensores.

Un vocerío alarmado me arrancó del sueño. Me incorporé y empuñé las armas. A mi alrededor todo eran carreras, idas y venidas, un continuo tráfago de sombras en busca de corazas y escudos. Intenté averiguar qué estaba ocurriendo, pero nadie supo darme razón de los motivos que habían desencadenado tan súbito ajetreo en nuestro campo. Topé finalmente con Leónidas y Megistias. Hablaban pausadamente, a media voz.

–Escucha, Megistias, debes marcharte… –oí decir al rey–. Regresa a tu tierra…

–No lo haré. No lo haré aunque me lo ordenéis.

–No tiene objeto que mueras aquí. No eres hombre de armas.

–En eso tenéis razón. Sólo soy un vidente, pero soy arcaniano. Y siempre nos hemos jactado de ser tan valerosos como el espartano más valeroso.

Temblando al intuir que un trágico desenlace sobrevendría en breve, me decidí a interrumpir lo que no era sino una clara despedida.

–¿Qué ocurre? –balbuceé.

–¿Esquilo? –interpeló Leónidas entrecerrando los ojos.

–Sí. Soy yo… ¿qué está pasando?

–Los persas…, los persas nos han rodeado –anunció el monarca en un susurro–. Alguien les ha conducido a través de una trocha, un viejo sendero de pastores, que permite sortear la cadena del Calídromo y salir a nuestras espaldas. Tenemos al grueso de los Inmortales agrupándose en nuestra retaguardia.

Y de forma inequívoca señaló la estribación más lejana de las montañas que se alzaban sobre nuestras cabezas.

–Pero… ¿no dijisteis que en previsión de que algo así pudiera suceder habíais dispuesto que un buen número de focenses custodiara la salida de ese paso?

Leónidas esbozó una sonrisa circunstancial.

–Los focenses, amigo mío, han corrido montaña arriba a la que han visto aproximarse a Los Inmortales. Sólo unos pocos han tenido arrestos para llegar hasta aquí y avisarnos de la que se avecina.

–Eso quiere decir…

–Eso quiere decir que la suerte está echada. Acabo de dar orden a todas las fuerzas aliadas de que se retiren de inmediato, mientras aún haya tiempo.

Le miré con incredulidad.

–También los hoplitas de Esparta deben ponerse a salvo. El desfiladero está perdido. Seguir luchando aquí no tiene objeto. Es una locura… –argüí.

–No. Los espartanos vamos a quedarnos en Termópilas. Contendremos a los bárbaros mientras podamos; eso concederá algo más de tiempo al resto. Demófilo, que está al frente de los tespios, me ha comunicado que ellos también se quedan. Y algunos tebanos…

–¡Es un sacrificio inútil! –exclamé al entender el obcecado propósito de Leónidas–. ¡Toda el Ática ha sido evacuada y Esparta y Grecia os van a necesitar en el futuro!

–Los bárbaros no se detendrán hasta haber devorado a un pueblo o a un rey… ¿recuerdas? ¡Sé que Megistias te lo explicó! –dijo en un reniego–. Yo soy ese rey. Si yo muero aquí, en las Termópilas, Esparta vivirá.

–Pero…

–Basta de palabras, Esquilo. Las usas a espuertas. Nosotros odiamos malgastarlas. Debes marcharte ahora. Informa a Temístocles de que la defensa está a punto de ceder. Él y Euribíades sabrán tomar la mejor decisión –ordenó–. ¡Vamos, vete ya!

Retrocedí dos pasos, sin darle la espalda, tambaleándome, consciente de que la fatalidad extendía su negra mano sobre nuestro destino. Megistias me miró durante un instante. Luego me volví y comencé a caminar.

Pero la voz de Leónidas me detuvo. Le vi encarar a sus hombres, que se habían ido congregando en las inmediaciones, y darles instrucciones.

–¡Espartanos, estamos rodeados! –anunció sin ambages–. No podemos defender este muro por más tiempo. Preparaos para la batalla… ¡Vamos a atacar a los bárbaros y a matar a Jerjes! ¡Espartanos, esta noche cenaremos todos en el Hades!

En el claroscuro de la hora, con los ojos arrasados por las lágrimas, corrí en dirección a la chalupa. Llegué sin resuello y desperté a los marineros. Arrastraron la embarcación hasta las aguas. Ocuparon los bancales y la espadilla y comenzaron a remar con el desconcierto en el rostro. A pocos metros de la orilla desplegamos la pequeña vela y pusimos proa a la triera, fondeada en una rada algo más al Sur. La abordamos cuando el horizonte se tiznaba de un halo ambarino y seres y objetos salían de las fauces de la oscuridad.

Distinguí a Abrónico en cubierta. Le soprendió verme aparecer de forma tan repentina.

–¿Qué ocurre, Esquilo? –preguntó con voz somnolienta.

–¡Las Termópilas se hunden, los nuestros están rodeados! –farfullé yo–. ¡Da las órdenes oportunas y salgamos de aquí!

Disponerlo todo para la navegación no resultó tan sencillo como yo presuponía. Cuando la marinería aferró los remos fue preciso encarar la nave hacia mar abierto, en una maniobra lenta que Abrónico denominó ciaboga.

Cuando eso estuvo hecho se largó la vela. Pero flameó indecisa ante la ausencia de viento y cayó a peso en medio de una calma irreal. A fuerza de brazos reseguimos la costa, a menos de un estadio de distancia de la orilla. Pudimos ver, desde la cubierta, cómo se retiraban, en un sálvese quien pueda, los últimos locrios y focenses. También buena parte de los destacamentos beocios. Y cuando todavía se daban a la fuga y se perdían por la arboleda los más rezagados, emergieron Los Inmortales de la espesura que ocultaba la senda Anopea bloqueando el paso como un cerrojo.

Formaron en poderosa columna y se pusieron en marcha, avanzando paralelos a la derrota de nuestra nave, buscando caer sobre la retaguardia de los espartanos.

Abrónico ordenó que nuestros arqueros dispararan contra ellos, pero la distancia era excesiva y las flechas se hundían en el mar.

–¡Maldita sea, Abrónico! –rezongué–. ¿Es que no puedes maniobrar y acercarte a los bajíos?

–¿Has perdido el juicio? –reprochó él con acritud–. ¿Quieres que embarranquemos? ¡Las cuadernas no resistirán!

Hizo entonces señal al piloto para que moviera el timón. Nos apartamos varios pletres de los arrecifes.

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Cuando llegamos, casi al unísono, al campo de batalla, Leónidas ya había dispuesto a sus hombres en terreno abierto. Les seguían varios cientos de tespios y tebanos. Parecían una gota de sangre sobre el negro hollín de la tierra quemada. Enfrentaban, imperturbables, al grueso del ejército de Jerjes, que avanzaba al paso, ordenado en incontables filas. Los espartanos formaron en punta de lanza, en un afilado vértice de acero, con su rey al frente, dispuestos a penetrar en el pecho del enemigo y alcanzar su corazón.

Resonó en el aire la orden de ataque. Y al punto un grito arrogante brotó de sus pechos y gargantas. Los restos de Los Trescientos se precipitaron como una tromba de diablos, en una carga tan desesperada y frenética como postrera, dispuestos a trasponer el umbral del valor. Traspasaron, en lo desmedido de su asalto, una línea, y otra, y otra más, como heraldos liberados por las Ceres, abriendo brecha en las entrañas del bárbaro, sembrando un reguero de agonía y muerte en su acometida.

Al poco, agotada la inercia, fueron engullidos. Los persas cerraron la herida abierta en su cuerpo y les envolvieron. Yo caí de rodillas sobre la cubierta de la nave, crispé mis puños y comencé a golpear mi cabeza y mi pecho, roto por el dolor, al borde de la locura. Cuando logré incorporarme, asistí, convertido en una sombra, al acto final de la tragedia de las Termópilas.

Los bárbaros, tras diezmar a los espartiatas, habían reculado hasta formar un inmenso círculo a su alrededor. En el centro de aquel calvero hostil una treintena de lacedemonios, quebrados y malheridos, pugnaba por mantenerse en pie. Apuntalaban su voluntad los unos contra los otros, y parecían gritar, en medio del lacerante silencio que preludia a la muerte…

Molon labe!

¡Venid a por nuestras armas! ¡Venid y cogedlas!

Los arqueros de Jerjes calzaron los dardos en las cuerdas. Tensaron. Dispararon apuntando al cielo. Sus flechas, como una plaga de cuervos surgida del Hades, eclipsaron el sol. Las lanzaron hasta que el último de Los Trescientos cayó de bruces, traspasado de parte a parte.

Aferrando el escudo.

Camino de la leyenda.

6111

 

Autor- Julio Murillo

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