Miénteme, bandido

Cabecera Carmen Álvarez

Sánchez, principal interior

 

Corría el año 2014 de nuestro Señor, año de elecciones europeas, en las que el PSOE, con Pérez Rubalcaba al frente, obtenía unos resultados manifiestamente mejorables. Este hecho —según los usos de la época— precipitó la dimisión de Rubalcaba, abocando al centenario partido a unas inminentes primarias.

Fue en esos primeros meses del año cuando empezamos a ver con bastante frecuencia en los telediarios a un hombre alto, guapo, con el cutis un tanto maltratado, pero aún así, tremendamente atractivo, gracias también a una perfecta percha. Hablaba poco —o al menos no ocupaba minutos de televisión todavía, cosa que ahora veo que le favoreció en su momento— y cuando lo hacía, se mostraba moderado, tranquilo, lleno de sentido común y mesura; virtudes que nos trasladaba a través de una voz grave y perfecta —soy admiradora de voces—. No exagero si digo que cuando supimos que sería candidato en las primarias socialistas algunas, que jamás habíamos votado al PSOE, nos replanteamos nuestra vida de nuevo, nuestra ideología —si la hubiere— y nuestros más sólidos —de tenerlos— para ir a Ferraz como alma que lleva el diablo a afiliarnos.

La competencia que tenía en 2014, Eduardo Madina y Pérez Tapias, todavía realzaba más su apolínea presencia. No descarto que con el tiempo yo haya idealizado en demasía al, por entonces, desconocido Sánchez. Pedro era una absoluta incógnita fuera del partido, pero era evidente que se había trabajado a las bases. Cuando pregunté por él dentro de la formación socialista —pensando que no tenía ninguna posibilidad— me dijeron que Madina era mediático, conocido del público, pero Sánchez llevaba dos años recorriendo las federaciones y hablando con los afiliados; no era un desembarco casual.

Como la cabellera para Sansón, fue la militancia para Sánchez. Su fuerza, su base, su trampolín, su compañía en la soledad y la que le volvió a aupar al éxito. Tan sólo había algo que no me cuadraba: si tenía tanto sentido común como parecía, y era un constitucionalista sin mácula, ¿cómo era posible que tuviera tanto apoyo entre la militancia socialista? Y es que mesura, constitucionalismo y moderación, no son palabras con las que yo hubiese definido nunca al afiliado medio del PSOE. Menos aún en aquellos meses de apogeo de Podemos, movimiento que observaban los jóvenes desde Ferraz con auténtica envidia: “eso sí que es izquierda”, se decían. No pocos cogieron los bártulos ideológicos y se mudaron de partido.

Efectivamente, no me habían mentido. El día 13 de julio de ese mismo año se proclamaba contundente ganador de las primarias socialistas, y los días 26 y 27 julio se convertía en sucesor de Rubalcaba, cuando el Congreso Extraordinario del partido ratificó los resultados.

Desde aquel momento, Pedro, ahora presidente por accidente, se dedicó en cuerpo —cosa que le agradecemos— y alma a darse a conocer. Fue a todos los programas de todas las televisiones, exceptuando la Santa Misa de la 2; expuso sus ideas —las que tenía o le convenían en ese momento— y, sobre todo, se propuso recuperar a los socialistas “podemizados” como fuera. Pese a tanto esfuerzo, en las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, obtuvo el resultado más bajo en la historia del partido fundado por Pablo Iglesias, el de verdad.

Fue entonces cuando empezamos a conocer más del carácter de nuestro adonis. Por un lado, supimos que era hombre de mensaje simple, repetitivo y fácil de entender: “NO ES NO, Sr. Rajoy”, y más adelante aprendimos de él que el que la persigue, la consigue.

Después de aquella fatídica tarde de sábado del 1 de octubre en la calle Ferraz, de llantos, gritos y pérdida de nervios, nuestro hombre dimitía y salía de su santa sede humillado y derrotado. Los tertulianos se apresuraron a certificar su muerte política, afirmando que en un mes nadie se acordaría de él, pero Pedro Sánchez Castejón, el hombre inasequible al desaliento, se dijo lo que en su día afirmara el general MacArthur: “¡Volveré!”.

Y volvió. Lo hacía en mayo de 2017, aupado otra vez por las bases y dispuesto a todo; este “todo” lo podemos aplicar stricto sensu.

En un año, Sánchez ha apoyado al gobierno del PP, junto con Ciudadanos, en la aplicación del artículo 155 en Cataluña; cuando Ciudadanos estaba a punto de reventar las encuestas hace dos meses, el ahora presidente por accidente se comportó como el constitucionalista más constitucionalista del arco parlamentario, pidiendo, con santa indignación, que se endureciera el 155. Se empleó a fondo con Quim Torra y compañía, y, no faltando a la verdad en este caso, lo calificó de supremacista, xenófobo y racista.

Quién iba a pensar que menos de dos meses después de pronunciar estas duras palabras que llenaron de tranquilidad a los más crédulos —a estas alturas ya más que injustificadamente crédulos— la sentencia del caso Gürtel le daría la oportunidad de su vida y nos la arrebataría a los españoles.

Contra todo pronóstico, en cinco días mal contados, prometía su cargo de presidente del gobierno con el apoyo del PNV —que había ido y vuelto varias veces—, con Podemos —los populistas de los que había renegado en repetidas ocasiones—, con los separatistas catalanes —que en ningún momento han desistido de su voluntad rebelde y sediciosa— y con Bildu —mostrando una cercanía que revolvía las tripas—.

En menos de un mes, Sánchez ha asumido su rol presidencial de manera soberbia; parece haber nacido para ello. Determinado a encandilar a propios y extraños cual Kennedy redivivo, lleno de juventud y modernidad, mirando el mundo a través de sus gafas de sol —graduadas o no— en un lugar más bien oscuro, en un avión. Todavía no ha dado una rueda de prensa, pero sabemos que corre por los jardines de La Moncloa para conservar ese cuerpo que no merece, y juega con su perro —hemos de suponer que es suyo— como si fuera Obama desteñido.

Ha puesto España cual mercadillo en jardín de casa americana, a la venta, mientras Iván Redondo se dedica a ganarle las próximas elecciones desde el despacho. Lógico, los comicios —que jamás hubiera ganado en otras condiciones— se afrontan mucho mejor desde La Moncloa que desde la opacidad de tu casa. Desde entonces, Torra, que ya no es xenófobo, ni se apellida de segundo Le Pen, le lleva regalos del pueblo a La Moncloa; Iglesias ya no es populista y yo soy Rita La Cantaora.

Pedro, mientes, sin pudor y con soltura. Nos humillas y nos arruinarás como país en todos los sentidos. Eres como un mal actor que hace el papel de presidente de un país imaginario. Pero eso sí, eres guapo, moderno y feminista.

Como decía el otro día mi querida Eva Prats —@pratseva—: ¡Miénteme, bandido!

Autor - Carmen ÁlvarezPuedes seguir a Carmen Álvarez en Twitter y también en su blog personal, en este enlace

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