Hombre rico, hombre pobre

Cabecera-sección Yael Borkow

elecciones méxico interior

El 1 de julio se celebraron en México elecciones generales. Sucedió como estaba cantado; Andrés Manuel López Obrador, candidato del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) obtuvo 53% de los votos y se situó a 30 puntos del siguiente aspirante, Ricardo Anaya, del Partido Acción Nacional. Esta es la mayor victoria electoral que se haya visto en México y la tercera vez que AMLO (Andrés Manuel López Obrador) lo intentaba. Esta vez “la tercera era la vencida” o “la última y nos vamos”, y se quedó, además con una mayoría absolutísima en el Congreso.

El presidente electo encabeza un movimiento social que ha llevado por toda la República. Ha denunciado desde su candidatura la más que evidente corrupción de un sistema presidencialista con gravísimas disfunciones, abusos de poder, desigualdades, pobreza, clientelismo, violencia en algunas regiones que viven en estado de guerra, con el ejército haciendo funciones que no corresponden y miles de “daños colaterales”.

México necesita cambiar si pretende algo más que seguir sobreviviendo a los sexenios, a los cientos de miles de muertos y desaparecidos (treinta y dos mil el último año), a las arcas vacías cada seis años y a lo que la naturaleza pueda añadir. Hace falta mucha pedagogía de lo público desde hace décadas a todos los niveles.

Anda a explicarle a un empresario que lleva toda la vida comprando descapotables de tres en tres para deducir impuestos o al dueño del negocio de las facturas falsas que los mexicanos necesitan que paguen impuestos ellos, sus empleados, los maestros, los académicos, los quiosqueros, los dueños de los puestos del mercadillo de los jueves, las multinacionales, el de la fonda, los actores, el presidente de la República y la madre que los parió a todos. Anda a explicarles a los miles que subsisten a duras penas tirando de creatividad que si no quieren que las autopistas tengan baches peligrosos, de los de pasar y matarse, que si no quieren que la falta de oportunidades debida a la poca educación se convierta en precariedad laboral y haga de algunos presas de mafias del narco quizás algo ayudaría que cada uno dedicase parte de lo que produce para construir un país en condiciones que no se ahogue en su deuda pública y donde no haya que ir mirando atrás o salir corriendo para buscarse la vida.

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En parte, la campaña de López Obrador ha sabido capitalizar el desgaste de gran parte de la sociedad mexicana y les ha prometido, ofrecido y a menudo también premiado por ser parte de un movimiento que exige que suceda algo distinto. AMLO representa a la izquierda radical de “sí se puede”. No voy a colgar aquí el vídeo de sus loas a Fidel Castro porque seguro que os basta que os cuente que existe y nos ahorramos todos el disgusto. También es verdad que, por otra parte, es un burócrata de los de siempre que ha pasado por otros partidos empezando por el PRI (Partido Revolucionario Institucional, el que gobernó 70 años seguidos) y que conoce perfectamente las limitaciones de su propio discurso de campaña y las supuestas reglas del juego; el oficial, legal, legítimo y constitucional y el otro también. Nunca es igual ir de viaje mil veces a un sitio que mudarse para siempre y cuando él mude en presidente ya veremos cuánto y cómo puede y quiere cumplir todo lo que promete.

La noche del 1 de Julio en cuanto supo que había ganado hizo dos discursos. Los podéis leer aquí:  https://www.animalpolitico.com/2018/07/discursos-lopez-obrador/

El primero, en el Hotel Hilton en tono serio y oficial, claramente dirigido a los Mercados que llevaban meses temblando, a los empresarios, al capital temeroso de perder libertades y dispuesto a salir corriendo. El otro, en el Zócalo, corazón de la ciudad de México, rodeado de quienes lo esperaban al son de ¡Sí se pudo! para celebrar la llegada de la salvación.

La alocución del Hilton estaba claramente destinada a acallar conciencias y carteras. Sin calma sería imposible iniciar la larga transición de 5 meses entre gobiernos: “No apostamos por construir una dictadura abierta ni encubierta”, dijo y procedió a garantizar la libre asociación, la libertad de expresión y afirmó que el gobierno que comienza el 1 de diciembre observará disciplina fiscal y mantendrá los compromisos económicos del país.

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Y digo yo –después de tragar saliva…–: ¿Es necesario que un presidente elegido democráticamente en un país cuyas reglas democráticas están delimitadas por una Carta Magna anuncie que no va desmontar las estructuras del Estado? Excusatio non petita…

No negaré el talento de quien haya escrito el discurso en el que los periodistas que no estaban con él o le incomodaban con preguntas inconvenientes durante la campaña de pronto dejaron de ser “la prensa fifí(pija)” y se reconoció su libertad de expresión y donde algunos señores del dinero perdieron su mote de “mafia del poder”. Para ser justos hay que decir también que AMLO sí avisó que no se consentirá el delito y la corrupción y puso sobre aviso a quien quisiera escucharlo aún desde sus propias filas. Sin embargo, después de haber oído el discurso unas cuantas veces se sigue echando en falta alguna mención a la separación de poderes.

Al comparar ambas alocuciones llama poderosamente la atención el cambio de actitud de AMLO. En el Zócalo el sermón está provisto de una afectividad por su parte y por parte de la audiencia muy distinta a la del comunicado del Hilton. El discurso en el Zócalo comienza con la canción de campaña (no la oigan que se pega) y abrazos y se pronuncia a voz en grito entre vítores, con algún titubeo, con largas pausas para dejarse querer entre frase y frase; promesa va promesa viene.

“No les voy a fallar” dice AMLO y se compromete a subir las pensiones de los viejos   (los llama “adultos mayores” pero me da repelús tanta neolengua) AL DOBLE. En el minuto 7:52 del discurso del Zócalo AMLO hizo su promesa y fue vitoreado por “el pueblo soberano”.

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Cuando habla de pensiones no se refiere a las pensiones de la seguridad social basadas en cotizaciones sino a una prestación extra, que, por otro lado, es lo único que reciben algunos mayores. Se compromete a hacerlas universales, a aplicarlas a los discapacitados pobres y a dárselas también a los pensionistas que cobran del seguro social, desde el primer día de su mandato.

Tranquilos, que yo he pensado lo mismo…

Pues de ahí lo va a sacar, sí señores, de esos empresarios agradecidos que se van a dar con un canto en los dientes si el presidente electo cumple más o menos lo que prometió. Si, como dijo en el Hilton, no expropia, no propicia una crisis que hunda la economía y pueden seguir trabajando, creando empleos y produciendo riqueza para ellos y de paso para el país habrá para eso y para más si no se pierde por el camino. Y les digo más, ojalá que todo vaya estupendamente y se produzcan esos 7.660 millones de dólares de gasto en mayores, discapacitados y jóvenes que ya ha prometido AMLO.

Planes y costos

No le falta razón cuando dice que con lo que el Estado se ahorrará en corrupción no va a hacer falta endeudar más al país. Muchos quisiéramos creerle, si eso se cumpliera sería la salvación. Si no se cumple, entonces el gasto que tiene planeado hacer puede terminar en pan para hoy y hambre para mañana.

Yo no diría que el discurso hecho para los mercados y el pronunciado para la gente que lo apoyaba en las calles son diametralmente opuestos. De hecho, creo que son complementarios. AMLO se dirige a ambas audiencias adaptándose a ellas y en el “back stage” siempre está la otra. Parece un tanto esquizofrénico que el mismo día se pronuncien dos discursos en tan distinto tono y, salvo proponer la reconciliación, de tan distinto contenido. Pero no lo es. Para hablar de esquizofrenia alguna de las partes tendría que ignorar o al menos no tener en la conciencia la existencia de la otra. Los mexicanos nos tenemos muy vistos todos.

A estas alturas el Consejo Coordinador empresarial participa del compromiso, se reúnen con el presidente electo, pactan, hacen planes con él y él con ellos; ellos quieren trabajar y producir y él, a cambio, les ha prometido dejarlos hacerlo. Esta solución supone una buena cantidad de sufrimiento en forma de ansiedad, pero sin dejar el miedo en la recámara, aunque sea a ratos, al más puro estilo neurótico, es imposible funcionar. Ellos quieren confiar, algunos confían y otros actúan como si confiasen. No quiero irme por las ramas pero es un ritual de seducción de histeria de manual. Por otro lado, los “olvidados” no esconden que están a la espera de algo que ha de llegar de manos de alguien a quien creen obligado a satisfacer su demanda a cambio del apoyo prestado. Saben que el dinero no crece en los árboles, son pobres, no tontos, pero a ratos es fácil ignorarlo en aras de la esperanza. Ya se sabe que el discurso populista siembra los países de usuarios.

La lucha contra las mafias del poder ha sido uno de los caballos de batalla de la campaña. Los que ahora se sientan a negociar con AMLO lo saben de sobra. Y ¡cuidado! que no quiero decir que éstas no existan, son parte de un engranaje podrido engrasado con muchos billetes y sangre. Y ojalá me equivoque mucho pero no estoy segura de que algunas no estén más cerca de AMLO de lo que él mismo admite públicamente. Los que tienen ojos para ver saben que detrás de la piel de cordero está el político que no tolera que se le lleve la contraria, el mismo que calla a los periodistas que representan a la prensa que a él no le cae nada bien. Ahora contemporizan todos (y que dure) y se miran de cerca con cuidado. Hay que decir también que hay grupos de empresarios, entre ellos la dirección de Bimbo o Kimberly Clark que lo apoyaron y apostaron porque le vaya bien para que le vaya bien a México. No sé si esto no es más bien un estar a verlas venir que otra cosa.

AMLO conoce las reglas y se ha tomado la molestia de recordarle a los mexicanos asustados que es así: “Los cambios serán profundos, pero se darán con apego al orden legal establecido.Habrá libertad empresarial; libertad de expresión, de asociación y de creencias; se garantizarán todas las libertades individuales y sociales, así como los derechos ciudadanos y políticos consagrados en nuestra Constitución.

Como discurso y para evitar una devaluación de las de cada 6 años y una desbandada general no está mal, pero conocer las reglas también es útil para saber torcerlas. Por eso algunos a partir de ahora confían con un ojo y vigilan con el otro y con las orejas.

El final del discurso en el Zócalo es una abierta declaración de amor: “el amor con amor se paga” a los que, para él, son el pueblo. El pueblo no es mi madre que lleva trabajando toda la vida, ni el catedrático de economía del ITAM, ni la directora del colegio donde estudié y no se diga ya los que lo escucharon en el Hilton. El pueblo son aquellos que a los que no va a tener más remedio que fallarles. Nunca será igual predicar que dar trigo. Aquí la prédica oficial con la que ningún mexicano de buena voluntad puede no comulgar…

«Todo lo ahorrado por el combate a la corrupción y por abolir los privilegios, se destinará a impulsar el desarrollo del país. No habrá necesidad de aumentar impuestos en términos reales ni endeudar al país. Tampoco habrá gasolinazos. Bajará el gasto corriente y aumentará la inversión pública para impulsar actividades productivas y crear empleos. El propósito es fortalecer el mercado interno, tratar de producir en el país lo que consumimos y que el mexicano pueda trabajar y ser feliz donde nació, donde están sus familiares, sus costumbres, sus culturas; quien desee emigrar, que lo haga por gusto y no por necesidad.

El Estado dejará de ser un comité al servicio de una minoría y representará a todos los mexicanos: a ricos y pobres; a pobladores del campo y de la ciudad; a migrantes, a creyentes y no creyentes, a seres humanos de todas las corrientes de pensamiento y de todas las preferencias sexuales.

Escucharemos a todos, atenderemos a todos, respetaremos a todos, pero daremos preferencia a los más humildes y olvidados; en especial, a los pueblos indígenas de México. Por el bien de todos, primero los pobres.

Cambiará la estrategia fallida de combate a la inseguridad y a la violencia. Más que el uso de la fuerza, atenderemos las causas que originan la inseguridad y la violencia. Estoy convencido de que la forma más eficaz y más humana de enfrentar estos males exige, necesariamente, del combate a la desigualdad y a la pobreza. La paz y la tranquilidad son frutos de la justicia.»

Yo temo. No temo que México sea Venezuela.

Temo que no cambie nada. No hace falta ser Venezuela para acumular muertos y secuestrados, ni para tener al ejército en las calles. Eso ya pasa. Temo que no haya quien lo pare. El poder de quienes han sembrado miedo y muerte no se puede menospreciar y el Status Quo ya no es admisible.

Temo que AMLO sea otra “mafia de poder”, temo que no aspire a la pedagogía de lo público y que cree un gobierno de suministradores de cosas para colectivos que también deberían ser parte de los que alimentan al país para que no se quede seco. Sin proyecto común y sin impuestos que sirvan para lo que deben la clase media tiende a seguir desapareciendo. Los abrazos no van a ser suficientes para cumplir con las exigencias del plan económico.

Quedan 6 meses para la toma de posesión y prefiero no plantearme si la calma chicha de estos días es obra del discurso de reconciliación, de la mano del Banco de México o del apaciguamiento. No en vano hay voces que le suplican al presidente electo que se deje proteger por escoltas del Estado Mayor.

México no debería seguir tal como está pero la solución no es una y no es fácil. AMLO no viene con un pan bajo el brazo y lo saben muchos que se agarran al clavo ardiendo.

Autor- Yael Borkow-NuevaPuedes seguir a Yael Borkow en su blog personal “Ideas Sueltas de una afortunada”

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