El túnel del tiempo

Desde su nacimiento en los años cincuenta, el género cinematográfico de la ciencia ficción tuvo un impulso formidable, dejando verdaderas obras maestras y afrontando dilemas políticos y filosóficos

“No le ocurre nada a su televisor. No intente ajustar la imagen. Ahora somos nosotros quienes controlamos la transmisión. Controlamos la horizontalidad y la verticalidad. Podemos abrumarle con miles de canales o hacer que una simple imagen alcance una claridad cristalina, y aún más. Podemos hacer que vea cualquier cosa que conciba nuestra imaginación. Durante la próxima hora controlaremos todo lo que vea y oiga. Está usted a punto de experimentar el asombro y el misterio que se extiende desde lo más profundo de la mente, hasta más allá del límite”. 

Locución de presentación de The Outer Limits (Rumbo a lo desconocido).

Durante los años cincuenta, la ciencia ficción –en inglés, sci-fi– experimentó, como género cinematográfico, un impulso formidable, asombroso. Hollywood descubrió un filón poco explotado, capaz de atrapar a la audiencia y competir en igualdad de condiciones con el popular western, el cine bélico, los monstruos de la Universal y las clásicas comedias, familiares y románticas. La sociedad estadounidense vivía su vicisitud diaria con el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial; las bombas volantes alemanas; las armas secretas nazis; el hongo atómico; y el denominado “Incidente de Roswell”, que supuso, visto en retrospectiva, el nacimiento de la ufología moderna. “¡Vigilad los cielos!”, alertaban en sus titulares los tabloides de mayor tirada de la época. Y vigilad también a la Unión Soviética, apostillaban los columnistas, apuntando a esa Guerra Fría con el bloque comunista que llegaría a su punto de máxima tensión con la Crisis de los Misiles, en 1962.

La sci-fi tenía todos los ingredientes necesarios para fascinar al gran público, porque se nutría de terror y angustia pretérita (la dramatización radiofónica de Orson Welles de La Guerra de los Mundos, la novela de H.G.Wells, había dejado una huella indeleble en una población que se sumió en una histeria colectiva sin precedentes), y de la incertidumbre ante un inexorable mundo futuro, que todos intuían dominado por una tecnología sobre la que se podía perder fácilmente el control. Destrucción y evolución, terror y éxtasis. La quintaesencia de la ciencia ficción.

Miedo a la tecnología

Entre 1951 y 1957 se estrenaron infinidad de películas de gran presupuesto, y también muchas de la denominada serie B, y todas ellas, por lo general, fueron grandes éxitos de taquilla; títulos que no venían sino a certificar la vulnerabilidad de una sociedad instada a poner toda su fe en un progreso y en un crecimiento económico que caminaba a remolque de la innovación tecnológica y la investigación fomentada por la industria militar.

Ultimátum a la tierra alertaba, en ese sentido, del riesgo de destrucción mutua asegurada (mutual assured destruction o MAD) que suponía la carrera armamentística; una hecatombe de la que ni seres superiores procedentes del espacio exterior nos podría salvar en caso de conflicto; El hombre del traje blanco transmitía, incluso con sus notas de humor, la inquietud ante el desplome industrial y bursátil que supondría descubrir un tejido eterno, impoluto, inalterable, que arruinara la industria textil; La invasión de los ladrones de cuerpos y El enigma de otro mundo –film del que John Carpenter efectuaría un remake: La Cosa, en 1982– incidían en el pánico a lo que pudiera venir desde lo profundo del espacio; El increíble hombre menguante relativizaba, casi desde un punto de vista filosófico, la importancia cósmica del Hombre como ser superior, dominante, relegándolo a lo microscópico en el seno de un Universo de magnitudes humillantes para el ego. Finalmente el magistral clásico Planeta prohibido proponía una extraordinaria reflexión sobre el auge y caída de las civilizaciones ultra tecnológicas, destruidas por el poder incontrolable que fueron capaces de desarrollar en su apogeo.

Dilemas políticos y filosóficos

La ciencia ficción de los cincuenta evolucionó durante los sesenta en una doble vertiente, en absoluto divergente o incompatible, porque el entretenimiento seguía siendo común denominador indispensable. Siguió siendo, en la primera de esas dos facetas, vehículo idóneo a la hora de abordar dilemas y asuntos científicos, sociales, políticos y filosóficos, centrados en la evolución y destino de la especie –2001 Una odisea del espacio de Stanley Kubrick, y El planeta de los simios, ambas de 1968–; en la posibilidad de viajar en el tiempo –El tiempo en sus manos–; en la dictadura fascista –Farenheit 451, basada en la novela de Ray Bradbury–; o en la extinción y colapso final de la civilización, bien por virus o mutación, o bien por superpoblación –El último hombre sobre la Tierra, con Vincent Price, objeto de remakes futuros a cargo de Charlton Heston y Will Smith, y Cuando el destino nos alcance, de Richard Fleischer, con un excelente Edward G. Robinson en el último papel de su vida–.

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 Imagen promocional de la serie ‘Perdidos en el espacio’

Series de televisión

En la otra vertiente, la más lúdica y popular, la ciencia ficción apostó por llegar hasta el último rincón del planeta, entrando en todos los hogares. De eso se encargarían las grandes cadenas de televisión, que se lanzaron a producir series de éxito, de gran presupuesto, que triunfaron durante muchísimos años y que hoy son auténtico objeto de culto por parte de los aficionados al género. Productores irrepetibles como Irwin Allen se centraron en las series de TV antes de dedicarse, ya entrados los setenta, al cine de catástrofes (La aventura del Poseidón, en 1972, y El coloso en llamas, en 1974, que le supusieron ser bautizado como el “maestro del desastre”, honor que en la actualidad detenta Roland Emmerich). De su ingenio e incomparable buen hacer nacieron, entre 1964 y 1970, cientos de capítulos de productos tan impecables y recordados en la historia de la televisión como Viaje al fondo del mar –que en nuestro país se emitía en la sobremesa de los sábados–, Perdidos en el espacio, El túnel del tiempo y Tierra de gigantes.

Junto a esas series, cuatro más permanecen grabadas en la memoria colectiva como grandes hitos de la sci-fi televisiva: Star Treck / La conquista del espacio, que no requiere comentario alguno dado su inmenso éxito, popularidad y secuelas; Doctor Who, serie británica absolutamente original, sorprendente y rupturista, y la más longeva de todas las mencionadas (se mantuvo en antena desde 1963 a 1989), y por último dos joyas similares que todos ustedes recordarán: The Twilight Zone (en algunos países, La dimensión desconocida o En los límites de la realidad), cuyas cinco temporadas fueron producidas por Rod Serling –autor también de los guiones de 92 de los 156 capítulos de la serie, emitida entre 1959 y 1964– y The Outer Limits (Rumbo a lo desconocido), que nació como respuesta de la cadena ABC ante el espectacular éxito de The Twilight Zone. En estas dos series, los elementos propios de la ciencia ficción se enriquecían con tramas y temática basada en lo paranormal, la fantasía y el terror. En las dos, sobre todo en la primera, participaron numerosos actores clásicos como artistas invitados. Sin duda alguna esas series son la fuente de inspiración de la célebre The X-Files (Expediente X), emitida en los años noventa.

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Imagen promocional de la serie ‘The Twilight Zone’

Obras de arte de la imaginación

Todos los títulos mencionados, y muchísimos más que se quedan en el tintero, fueron concebidos y producidos en una época en la que cualquier efecto especial debía realizarse de modo artesanal, frame by frame, a base de espectaculares maquetas y el concurso de los mejores retocadores y profesionales de la época. Todas, con su irresistible atmósfera vintage, ocupan un lugar de honor en la historia del cine y de la televisión, y permanecen en el recuerdo de millones de espectadores. Son obras de arte de la ciencia ficción, perdidas en el túnel del tiempo, que adelantaron ideas y conceptos que hoy son realidades tecnológicas a las que casi no prestamos atención: campos de fuerza, comunicación inalámbrica, armas de destrucción selectiva, puertas automáticas, robótica, estaciones espaciales, ciudades aéreas y submarinas, cirugía láser, ordenadores en red, videoconferencias, aviones invisibles.

La ciencia ficción, pasada, presente y futura, se basa en una idea tan simple como esotérica; en un principio que ya apuntaron los antiguos egipcios hace veinticinco siglos en sus textos herméticos, principio que hoy empieza a ser considerado seriamente por la física o mecánica cuántica: siendo como es el Universo una creación mental, cualquier cosa que pueda ser concebida, imaginada o visualizada, puede ser, sin duda alguna, realizada, materializada… porque lo imposible es, simplemente, inimaginable.

Postdata: La cadena de televisión CBS anuncia que está preparando una nueva versión de la mítica serie The Twilight Zone.

Autor- Julio Murillo

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