Regresar a Pompeya

David gilmour-interior

David Gilmour, el legendario guitarrista de Pink Floyd, ha regresado después de 45 años a Pompeya, al lugar en el que todo comenzó, de un modo u otro. El músico ha vuelto a pisar la arena de su bellísimo anfiteatro romano, buscando acaso cerrar un ciclo vital, una experiencia, un viaje que ya dura casi medio siglo. Entre esas gradas, salpicadas por la sangre de los gladiadores, rescatadas de la lava del Vesubio, en los primeros días de un tórrido mes de octubre de 1971, protagonizó junto a sus compañeros Roger Waters, Rick Wright y Dave Mason –los psiconautas lisérgicos con los que compartió viaje al corazón del sol–, y el concurso de una veintena de ingenieros, técnicos, electricistas y cámaras bajo la dirección de Adrian Maben, un concierto​ destinado a pasar a la posteridad; un show caleidoscópico, catártico, inscrito en letras de oro en los anales de la historia del rock. Del mismo modo en que los Allman Brothers redujeron a cenizas el Fillmore East de Bill Graham, en Nueva York (At Fillmore East, 1971), o Deep Purple asombró al mundo con sus demoledores conciertos en el Festival Hall de Osaka, y en el Budokan de Tokio (“Made in Japan”, 1972), los cuatro miembros de Pink Floyd dejaron sin aliento a sus seguidores en un viaje sin retorno a la frontera final del cosmos.

Todo había empezado un día cualquiera, en diciembre de 1967, con una llamada telefónica. Al descolgar el auricular, David reconoció la voz enajenada de su amigo Syd Barrett. Parecía hablarle desde Andrómeda, o más allá. Seguramente estaba en pleno trip…

Eran los días de la psicodelia, de la revolución de la conciencia, del LSD. Tras el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles (1967), el pop había muerto conceptualmente.

Syd tocaba la guitarra con Pink Floyd, un grupo que había logrado hacerse un hueco en la escena de vanguardia del underground británico, a base de experimentación, ritmos hipnóticos, melopéyicos, luces estroboscópicas y mucho light-show. Eran los días de la psicodelia, de la revolución de la conciencia, del LSD. Tras el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles (1967), el pop había muerto conceptualmente. En Estados Unidos triunfaban Jefferson Airplane, Quicksilver, Grateful Dead y The Doors, y los gurús de los adolescentes eran Allen Ginsberg, William Burroughs, Alan Watts y Timothy Leary. Ya nada podía ser expresado, musicalmente, en sólo tres minutos, a 45 RPM…

En esa llamada David entendió que Syd estaba muy mal. El consumo continuado de ácido lisérgico había hecho mella en él, dejándolo tumbado, anulado, incapaz de hacer nada de forma coherente. Sus compañeros necesitaban a un guitarrista que pudiera reemplazarlo, temporal o definitivamente. Y él aceptó.

Icono cultural

El resto es historia de la gran música. Todos sabemos qué ocurrió después. Syd Barrett cayó en un agujero negro del que ya no saldría. Demente, colgado, convertido en un espectro, vivió el resto de su vida –murió en 2006– en la casa de sus padres. Y Pink Floyd, con un David Gilmour pletórico y plenamente integrado, evolucionó –Atom Heart Mother, 1970, Meddle, 1971– desde el rock espacial, desde la psicodelia oscura e introspectiva, al denominado rock progresivo, convirtiéndose en un icono cultural de nuestros tiempos, en una de las bandas más decisivas y trascendentes de la historia del rock.

Fue en esos días de exaltación y fama incipiente, entre finales de 1971 y comienzos de 1972, previos a la edición de Obscure by Clouds, mientras el cuarteto preparaba en los estudios Abbey Road de Londres, bajo la supervisión de un brillante ingeniero de sonido llamado Alan Parsons, las bases de la que estaba destinada a ser su obra maestra –The Dark Side of The Moon (1973)–, cuando se filmó Pink Floyd Live At Pompeii.

Entre el 4 y el 7 de octubre se registraron en el anfiteatro tres temas clásicos: One of these Days, A Saucerful Full Of Secrets y la célebre Echoes. El resto del concierto fue capturado en un estudio en París, proyectando imágenes de Pompeya tras el grupo. En el montaje final de la película se intercalaron entrevistas con Gilmour, Waters, Wright y Mason, ensayos, comentarios del director del film y pruebas de sonido de la grabación de The Dark Side Of The Moon.

El liderazgo de Gilmour

Ha llovido mucho, muchísimo, desde entonces. Eso ocurrió hace cuarenta y cinco años. Toda una vida. Pink Floyd se convirtió en mito. Tras visitar la cara oculta de la luna el éxito fue inenarrable, indescriptible… –Wish You Were Here, 1975; Animals, 1977, y la monumental The Wall, 1979–. Después llegarían las desavenencias, los pleitos y la enemistad entre Roger Waters y el resto de los miembros del grupo, los caminos separados y el liderazgo de David Gilmour, que mantuvo a Pink Floyd en activo en una etapa sensiblemente distinta, pero no menos brillante a nivel compositivo, alternando su trabajo con la banda con sus discos en solitario y sus proyectos personales.

Hoy, David Gilmour, uno de los guitarristas, multinstrumentistas y compositores más importantes de la historia del rock, disfruta trabajando sin presión alguna, grabando discos que, aunque espaciados en el tiempo, son verdaderas obras de arte. Se ha convertido en un abuelo venerable, tranquilo, pausado; disfruta componiendo y administrando el extraordinario legado del grupo, rindiendo homenaje a momentos que permanecen grabados de modo indeleble en el recuerdo colectivo de millones de personas.

Regresar a Pompeya

En julio de 2016, tras la edición de su último álbum en solitario –Rattle That Lock, 2015–, decidió regresar a las ruinas del anfiteatro de Pompeya, donde todo comenzó 45 años atrás. Arropado por su grupo habitual, conformado por auténticos maestros, y de la mano del director Gavin Elder, invitó a 2600 personas, una privilegiada audiencia que llenó las gradas y la arena del lugar. Fueron sólo dos noches de magia, sólo dos actuaciones inenarrables, capturadas en un alarde tecnológico de audio y vídeo como muy pocas veces se ha visto; un indescriptible delirio sensorial dedicado a celebrar y repasar su carrera como músico y a rendir homenaje a Pink Floyd.

Como adelanto de tan irrepetible acontecimiento, el día 13 de septiembre se estrenó la película David Gilmour at Pompeii, retransmitida en alta definición a cines seleccionados de las principales capitales de Europa, Asia y América. Y el día 29, los conciertos serán editados a nivel mundial, en todos los soportes habidos y por haber: caja de cuatro vinilos de excepcional calidad, doble CD, doble DVD, Blu-Ray, y edición de lujo para coleccionistas. Indudablemente se trata del acontecimiento musical más importante del año.

¿Es posible evocar las emociones y recuerdos de toda una vida en un concierto? Sí, en directo desde la milenaria Pompeya. Ya pueden todos ustedes morir tranquilos. Lo que venga después, será menor.

Autor- Julio Murillo

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