Arderás en el infierno

Hugh Hefner interior

Tuve la oportunidad de conocer y conversar tranquilamente con Hugh Hefner una tarde de verano del año 2000, cuando me invitó a la célebre mansión Playboy de Los Angeles, junto a otros directores y colegas de las dieciséis ediciones internacionales que la revista estadounidense tenía por aquel entonces. Habíamos pasado todos una larga semana acuartelados en un lujosísimo hotel en Santa Mónica, alternando interminables sesiones de trabajo –en las que se discutían líneas editoriales para cada país, rediseños, objetivos y argumentario de marketing y publicidad– con turismo y momentos de ocio, entre los que recuerdo gratamente la extraordinaria velada de la XXI edición del Playboy Jazz Festival en el Hollywood Bowl, a cielo abierto.

A pesar de haber visto innumerables fotografías del imponente palacio de Hefner –el magnate lo adquirió por un millón de dólares, en 1971–, me quedé asombrado cuando se desplegó ante mis ojos. Se diría que por cualquier puerta de esa mole de estilo Tudor pudiera emerger de un momento a otro Tim Burton, seguido de cerca por Johnny Depp, discutiendo los detalles de alguna escena de Sombras tenebrosas o de Sleepy Hollow. Tal es el anacronismo trasnochado y kitsch que transmite el lugar y su atmósfera al visitante europeo. Frente al edificio, en medio de un jardín idílico, se halla una piscina de ensueño en forma de lago, presidida por un islote central de rocas y vegetación que alberga, en su interior, a the grotto, íntima y lujosa caverna, sancta sanctorum termal al que se accede desde el agua, atravesando a nado una liviana cascada. A lo largo de los años esa lujosa madriguera ha sido testigo de privadas orgías, reservadas sólo a artistas, cantantes, deportistas y políticos, la beautiful people vinculada al célebre editor. Por la gruta, o por las incontables habitaciones de la mansión, han pasado celebridades como Elvis Presley, que durmió –o no durmió…– con ocho bunnies; los crápulas de los Rolling Stones, o John Lennon, que en plena cogorza descolgó un Matisse de la pared a fin de apagar un cigarrillo en el lienzo, suscitando la ira de Hefner, que casi lo mata…

‘Playmates’

Mi obnuvilación casi fetichista ante ese entorno y su mítica historia se rompió cuando irrumpieron en el lugar un tropel de modelos y playmates bellísimas, esculturales –rusas, checas, italianas, suecas–, moviéndose con elegancia felina ante un enjambre de fotógrafos, aupadas sobre tacones de vértigo, luciendo escotes de infarto, bikínis ínfimos y vestidos vaporosos, sostenidos por apenas un par de fíbulas prendidas en los hombros, riendo con alborozo, compartiendo confidencias entre ellas y cazando copas a su paso.

Todas eran clones perfectos, mejorados, de Eva Herzigova, Barbara Carrera, Carmen Elektra, Farrah Fawcett, Kim Basinger, Jane Mansfield o Pamela Anderson; se deslizaban entre los invitados con absoluta sensualidad, derrochando simpatía y glamour, como plumas aventadas por el viento sobre el césped más inmaculado que he visto en toda mi vida; jugueteaban felices, dando trocitos de canapés a los faisanes dorados, pavos reales, ardillas y cervatillos que vivían en esa pradera de ensueño heteropatriarcal, y rodeaban con sus brazos bronceados a los invitados, posando solícitas en todas cuantas fotos les fueran requeridas.

Hefner

Al poco apareció Hefner, enfundado en su sempiterno pijama de seda azul marino, zapatillas y batín de terciopelo granate. Llegó sonriente. Su expresión jamás variaba ni un ápice: sonrisa congelada, pómulos elevados y ojos entrecerrados, porque la magnificencia del mundo que le había tocado en suerte no permite abrirlos de par de en par, a riesgo de quedar ciego por castigo divino. A Midas, el rey de Frigia, le pasaba lo mismo, seguro. Venía con dos rubias colgadas de cada uno de sus brazos, somnoliento tras la galbana que sucede al atiborre de comida y sexo. Su obsesión con las rubias siempre fue proverbial. Solía decir: “Picasso tuvo su época rosa y su época azul, ¿no? ¡Pues yo vivo mi época rubia!”.

David Walker, el responsable editorial de las ediciones internacionales de Playboy me susurró entre risas: “Está insoportable, querido Julio: desde que empezó a tomar Viagra y comprobó que le funciona de maravilla, ha vuelto a la adolescencia ¡Y ya tiene setenta y cuatro!”. Asentí divertido. No se me escapaba en absoluto el hecho de que la plana mayor de Playboy Chicago –las oficinas centrales están en esa ciudad– lo odiaba fraternalmente. Hugh era el papá de la criatura, el papá del conejito, el papá del invento. Y se resistía enconadamente a cualquier cambio editorial drástico que pudiera desvirtuar su hallazgo, su fórmula perfecta. El éxito arrollador de la edición estadounidense –cuyas ventas mensuales se mantuvieron alrededor de los 7 millones de ejemplares mensuales durante muchos años– comenzaba a ser cosa del pasado, inmersos ya en una era digital en la que internet brindaba erotismo gratuito y mucho más explícito a golpe de click, y la competencia despiadada de revistas masculinas, de estilo de vida, más acordes con el cambio de milenio, como GQ, Maxim, FHM o Men’s Health…

¿Pero quién en su sano juicio aceptaría modificar un invento capaz de revolucionar el mundo editorial durante más de medio siglo? Hugh Hefner había hallado la fórmula perfecta, magistral, ésa que reza: “Inventa algo único, algo que todos deseen, algo a lo que todos aspiren, y échate a dormir”. Tras abandonar su idea de dedicarse al mundo de la ilustración y las viñetas gráficas, trabajó en Squire, y poco después, en 1953, tras sablear a parientes y amigos 8.000 dólares, escribió en la cocina de casa los contenidos de un primer número de Playboy –cuyos ejemplares en perfecto estado cotizan alrededor de los 12.000 euros entre coleccionistas– del que vendió 50.000 copias, gracias a la adquisición de unas fotos icónicas de una vieja sesión de Marilyn Monroe.

Hefner, el sátiro intelectual, supo ver con claridad que la América de los cincuenta, mojigata y feliz, necesitaba un revulsivo, una sacudida, una revolución libertaria, basada en el sexo, los sueños, las aspiraciones, la cultura y la visión crítica. Esos fueron los ingredientes de un cóctel jamás superado. Entendió que sus compatriotas –al igual que Kevin Spacey en “American Beauty”– renunciarían a sus vidas “en serie” por un beso y una sonrisa cómplice de la girl next door, la vecinita pícara y rebelde a la que desnudaban en sueños cada día al coger el coche o cortar el césped. El erotismo light, artístico, exquisito –a Playboy la pornografía le horrorizaba conceptualmente–, aderezado con glamour, coches, lujo, estilo de vida, cócteles, política y artículos excelentes, resultaba simplemente irresistible.

¿En qué revista uno podía disfrutar de la belleza y curvas de Bo Derek, Rachel Welch, Ursula Andress, Cindy Crawford, Halle Berry o Charlize Theron –inmortalizadas por los mejores fotógrafos del mundo– y hallar, al tiempo, entrevistas in deep con Ray Bradbury, Stanley Kubrick, Miles Davies, Nabokov o Steve Jobs, o evadirse con los relatos y ensayos exclusivos de Norman Mailer, Murakami, Kerouac, Gore Vidal o Ian Fleming? Sólo en Playboy. A ese nivel el impecable slogan «I read the articles» funcionó como insuperable coartada para todos aquellos a los que adquirir la revista pudiera suscitar, desde un punto de vista social, el más mínimo sonrojo.

Hefner construyó sobre el éxito de la publicación un rutilante imperio de lujo y hedonismo: casinos, complejos vacacionales, hoteles y sus célebres clubs, diseminados por todo el mundo, hasta un total de 23. Fueron años de vino y rosas. En 2010 entró en el Libro Guinness detentando el honor de ser el editor que más años había permanecido al frente de una publicación. Playboy, la marca gráfica más célebre del mundo junto a Coca Cola, es sin duda la mejor enciclopedia impresa de la Historia de los Estados Unidos: en sus páginas se hacina la Guerra de Vietnam; la revolución sexual; la llegada a la luna; la Crisis de los Misiles y la Guerra Fría; Woodstock y la generación lisérgica; el asesinato de Kennedy; el Watergate; la innovación tecnológica; la publicidad de otros tiempos y el sentir y la visión de la primera potencia mundial.

Hugh Hefner falleció el pasado 27 de septiembre, a los 91 años de edad, y fue enterrado –en una tumba adquirida en 1992, por 75.000 euros–, al lado de su adorada Marilyn Monroe, la culpable de su fabuloso éxito. Nadie en su funeral se atrevió a hacer los consabidos y tópicos comentarios “Dios lo tenga en su gloria”, “ya ha dejado de sufrir” o “ahora está en un mundo mejor”… Si existe algún tipo de ley universal de compensación o algo parecido al karma, Hugh Hefner arde ahora mismo en el infierno. No lo duden.

Autor- Julio Murillo

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