Pasión analógica

Pasión analógica-interior

Recuerdo con absoluta claridad el día en que tuve la oportunidad de escuchar por vez primera, en una estancia utilizada como banco de pruebas de equipos de audio, dotada de unas soberbias pantallas acústicas de tres vías y de un amplificador de alta gama, un disco compacto. Esa nueva tecnología digital que se anunciaba como una revolución en el mundo del sonido había sido desarrollada por Philips y Sony, en paralelo, y presentada en sociedad en 1979. Reconozco que no me esperaba algo así. Albert Cuesta, responsable en aquellos días de la revista de audio Hifimania, ejerciendo como ingeniero de sonido, nos mostró ufano el CD, un sampler con varios temas que reflejaba la luz del lugar, descomponiéndola en una miríada de colores. Ni el más hermoso arcoiris podía hacer sombra a ese objeto, absolutamente extraterrestre. Cuando lo depositó en la bandeja y pulsó play, los presentes nos caímos literalmente de espaldas. El tema que sonó era I’ll Find My Way Home, del álbum The Friends of Mr. Cairo (1981), grabado a dúo por Jon Anderson, la voz de Yes, y el teclista griego Vangelis, miembro original de los clásicos Aphrodite’s Child.

Fue asombroso. Yo conocía perfectamente el disco, editado en vinilo pocos meses antes por Polydor. En mi plato sonaba de fábula, pero aquello… aquello parecía La Guerra de las Galaxias: el brillo, la dinámica, los agudos, la respuesta, el color general. Todo era brutal y desmedido.

El fin de una época

En los siguientes años todos nos arrojamos en los brazos de ese engendro demoníaco que invadía el mundo bajo la promesa de una vida eterna; inmune al deterioro y a la servidumbre que supone el polvo; sin ruido de fondo ni distorsión; portátil y almacenable. Además los cedés resultaban modernos a más no poder, porque dispuestos en impecable formación decoraban de maravilla cualquier sala. Y así, de este modo, los vinilos y su exquisita liturgia, celebración de un modo de vida slow motion, objeto de culto durante decenios, mimados por melómanos y coleccionistas, cayeron paulatinamente en el olvido. En menos de diez años el nuevo formato consiguió relegar al altillo de los armarios a los preciosos discos analógicos –los queridos elepés–, con sus fascinantes portadas, dobles y triples, diseñadas por Hipgnosis (Pink Floyd, Genesis, Renaissance, Peter Gabriel) o por el gran Roger Dean (Yes, Uriah Heep, Asia, Greenslade, Gentle Giant, Magna Carta, Osibisa), estudio y artista que elevaron la gráfica de las carátulas a la categoría de obra de arte en los años setenta.

Alrededor de 1990 cerró la última fábrica de prensado de discos en Japón, todas las de Europa y más de la mitad de las que existían en USA. Las tiendas eliminaron los vinilos de sus lineales, substituidos por las jewel casesde poliestireno de los CD.  Desde entonces, encontrar una buena aguja, o cambiar la correa del plato, supuso todo un quebradero de cabeza. Paulatinamente también dejaron de comercializarse pletinas y magnetófonos de 4 pistas –Teac, Tascam, Revox, Akai– porque parte de la razón de ser del cassette y de las bobinas era la de servir de soporte vital al vinilo. Éramos muchos los que al comprar un LP adquiríamos una cinta, para transferir la música, en una primera y muchas veces única audición, antes de almacenar el vinilo en la estantería.

 

Los platos acabaron durmiendo el sueño de los justos y miles de coleccionistas vendieron sus tesoros. Personalmente conservé una pequeña parte de ellos. Durante años –muchísimos años–, de tarde en tarde, sacaba de sus fundas los álbumes de King Crimson, de Frank Zappa, de Jefferson Airplane, de la Incredible String Band o de Sandy Denny y Fairport Convention y me extasiaba ante su belleza, profanada, denostada, en esas ridículas carátulas mal impresas de los discos compactos.

 

Pero tal y como afirmaba refiriéndose al Universo Johannes Kepler, el astrónomo y matemático alemán, en la Primera Causa generadora ya late la semilla, el gen de su consunción futura, de su fin inexorable. Y esto es aplicable al caso que nos ocupa.

Porque la fiebre digital, unida al auge de la informática y a la era de internet y las comunicaciones, no tardaría en convertirse en un virus incontrolable, nefasto. Duplicar un CD, convertirlo en un archivo informático, transferirlo, compartirlo, se convirtió en algo sumamente sencillo. Las discográficas empezaron a ver cómo el negocio se desplomaba ante sus narices, año tras año, incapaces de combatir una piratería de carácter universal. La hegemonía de los reproductores de archivos mp3, la posibilidad de escuchar música en un iPod o en un smartphone, y los servicios y plataformas de pago dedicadas a la reproducción de música vía streaming –como la popular Spotify– han hecho el resto. Hoy el negocio se ha desplomado estrepitosamente. Y no es eso lo peor de todo, porque tres lustros de música enlatada, comprimida, maltratada, escuchada con mini auriculares de ínfima calidad, han contribuido a atrofiar los oídos de las nuevas generaciones, llevándolas al convencimiento de que las cerdas de un arco acariciando las cuerdas de un cello en un concierto de Samuel Barber, o la exquisita delicadeza y sutilidad de un solo de guitarra de Jeff Beck –Cause We’ ve Ended As Lovers– debe sonar con la misma  insoportable estridencia que las trompetas del Juicio Final.

 

El regreso del vinilo

Del mismo modo en que he rememorado la perplejidad que experimenté al escuchar por primera vez un CD, confieso en que maldije mi estupidez al volver a reproducir mis vinilos casi veinte años después. Lo que ocurrió, pensé y sentí ese día no puedo convertirlo en palabras. Simplemente me caí del caballo camino de Damasco. Maldije la música en conserva, el estereotipado sonido prêt-à-porter sin matiz, sin calidez, sin alma, ante el que todos habíamos sucumbido. Desde hace unos siete años, afortunadamente, el amor por esas maravillas negras, aterciopeladas, analógicas, esos objetos de absoluto culto, han vuelto. Y lo hacen para quedarse. Reabren fábricas de prensado de vinilos en todo el planeta –las de Europa trabajan sin descanso, 24 horas al día–, el volumen de ventas crece de modo extraordinario, superando de modo constante, en más de un asombroso 50%, la marca batida el año anterior –en 2017 la cifra ha superado los 1.000 millones de dólares, según la consultora Deloitte– y todas las tiendas de discos admiten sin ambages que sobreviven y siguen abiertas gracias a la venta de elepés. Barcelona, como la gran ciudad que es, no podía ser menos, y se ha convertido, gracias a la inmensa afluencia de turistas, en una de las mecas de coleccionistas de todo el mundo.

Los soportes que utilizamos para disfrutar de la mejor música​ están condenados a convivir. Ninguna logrará absoluta preeminencia sobre las demás. La tecnología actual permite registrar y editar sublimes grabaciones digitales de autores clásicos. Claude Debussy, Maurice Ravel, o el inefable Bill Evans, siempre reinarán en el mundo digital, porque ese es su ámbito natural, aséptico, impoluto, respetuoso con los silencios y la delicadeza de sus partituras. Pero los Stones, Led Zeppelin, The Beatles, Allman Brothers, Pink Floyd, Yes, Traffic, Dylan, Dire Straits, Tom Waits, Neil Young, y mil más, nacieron para ser escuchados y venerados en el ámbito analógico, pasional, negro, envolvente, incomparable, del bendito vinilo.

Consejos para neófitos
 

La excelencia a la hora de disfrutar de un vinilo depende de la calidad de tres elementos vitales de la cadena hi-fi: la cápsula/aguja que monte el plato, la amplificación y las pantallas acústicas. Es recomendable invertir en estos tres elementos. Marcas como Teac o Thorens comercializan platos que van desde los 250 ó 350 euros en gamas medias, de muy buena calidad y presencia, a lujos sólo aptos para algunos bolsillos que pueden superar los 2.000 ó 3.000 euros. El mundo del buen audio no es barato, pero sólo un snob se gastará innecesariamente el dinero en un amplificador de válvulas.

El prensado actual de vinilos está recuperando poco a poco la calidad de antaño. No debemos dejarnos engañar por el hecho de que ahora los discos se fabriquen con un peso de 180 gramos. En los años 70 y 80 eran finos debido al precio del petróleo, pero de excepcional acabado. El precio medio de los discos recién editados ronda los 18 ó 20 euros pero los buenos coleccionistas prefieren buscar en el mercado de segunda mano –en Barcelona: Discos Revólver, Discos Impacto, Wah-Wah Records– las ediciones de época editadas por RCA, CBS, EMI o WEA. Es posible comprar verdaderas joyas en impecable estado desde 6 u 8 euros hasta 10 ó 12.

El principal enemigo del vinilo es el polvo. Nunca deben estar expuestos al sol directo o cerca de fuentes de calor. Deben almacenarse en vertical, de forma holgada, protegidos con fundas de plástico, para evitar rozamiento y desgaste. Es mejor que las fundas interiores sean de plástico, ya que el papel se deshace con el paso del tiempo, desprendiendo muchas micropartículas.

Personalmente jamás limpiaría un vinilo con spray antiestático. El polvo superficial se elimina con un cepillo de terciopelo. Y una limpieza más a fondo implica humedecerlos con una solución tan efectiva como sencilla, compuesta por 2/3 de agua destilada más 1/3 de alcohol isopropílico (farmacias) y 3/4 gotas de jabón neutro de manos por cada 1/2 litro de preparado.

 

Este artículo se publicó originalmente en Crónica Global el 19/1/2018

Autor- Julio Murillo

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